23.5.10


—No creo que se pueda no creer en nada, o sí?

—La explicación a la ilusión sigue oculta. Tengo la creencia de que existe algo por descubrir y la esperanza de que no soy el único que se ha dado cuenta.

—Escribes para dar fe de tus progresos?

—Escribir es un atrevimiento, nunca encontré un buen pretexto.

—Si lo que dices es cierto, por qué escribes?

Escribo para ordenar mis ideas y primordialmente a modo de registro, sin embargo, la necesidad de escribir llegó a mí disfrazada de miedo a la muerte.

—Es difícil sumergirse en lo abstracto y me da la impresión de que tienes todo muy claro. Suerte en la música, señor escritor, oh, espera, cómo te puedo decir?

—Me gusta señor escritor.

—Entonces, señor escritor, póngase a escribir.

7.5.10

El agua no se resiente


El otro día perdí las llaves de mi casa. El guardia de seguridad, observador y comedido como el resto de mis vecinos, se acercó cuando me disponía a romper la ventana de la cocina. Sin pensarlo mucho, le dije lo que había estado esperando y acto seguido voló escaleras abajo en busca de la dueña del condominio. Saqué mis tabacos y me sentí espiado desde la casa de enfrente. Una gota del tamaño de un capulí me cayó en la nariz y maldije en voz alta; si no hacía algo tendría que escoger de entre lo sucio y lo húmedo algo decente para vestir. La doña miraba el cielo y a mi azotea. Bajé corriendo y de un momento a otro, me encontré en medio de la peor granizada que haya metrallado estos suelos, debajo del portal de una ausente Manuelita. Pensé en mi ropa y luego en mi novia, luego pensé en cruzar el pasaje para buscar un mejor lugar pero lo pensé mejor, estaba mojado hasta las rodillas y la cabeza, que de alguna manera se mantenía seca, no se dejó convencer de recibir tingazos a cambio de un poco de comodidad para las extremidades. La noche cayó de repente y el granizo fue reemplazado por lluvia, el viento cambió y me estampó su furia. Salté de mi escondite sin rumbo fijo, pasé por casa de los Valiente pero no me atreví a entrar, doblé la esquina y pasé de largo a los Díaz y luego a la antipática de la casa bonita, la tienda del sargentillo estaba cerrada y maldije por tercera vez mirando vomitar a mis zapatos siendo visto con pena por la hija del ingeniero. Entonces regresé mis pasos hasta mi casa y usé el codo con la estúpida ventana de la cocina. Una hora después, cuando ya me encontraba parcialmente seco, —la mente no se olvida tan fácil como el cuerpo— asomó el conserje acompañado de la patrona que no escatimó en palabras para reprobar mi conducta. Con mucha delicadeza, es decir, sin levantar la voz, le dije que se vaya a la mierda e invité al conserje a que la acompañara; antes de cerrar la puerta, le hice dedo a la vieja del frente que seguramente estaría mirando.