20.8.09

Make up


Comida express y conversación encendida. Mirar el techo para enfriar las cosas. Levantarse de la mesa y fumar un cigarrillo en la cocina. El puzzle de Picasso es un excelente pretexto para encerrarse en el estudio. Colocas una docena de piezas en su lugar y luego te quedas dormido en una posición incómoda. Por la noche, le dices que te explota la cabeza y que ni tú mismo te aguantas. Intentas explicárselo; le cuentas que odias tu nuevo corte de cabello, la peluquería, los peines, los tintes, los espejos y las tijeras; que tu nuevo tú no se reconoce, que extrañas tu viejo yo; le cuentas que ésta mañana, te sorprendiste espiando la nueva forma de tu cabeza en el reflejo del vidrio ahumado de una camioneta. Ahora ya lo sabe, eres un hombre distinto incapaz de determinar si cambió para bien o para mal. Puedes decirle también que el día de hoy se te hizo muy parecido a la tarde de ayer y que, aunque no puedas ver el futuro, el mañana no te sorprende. Para terminar la conversación, le confiesas que, a diferencia de otros días, no pensaste en ella ni una sola vez. Volver a casa, abrir un cajón y quemar fotos viejas en las que tu propia imagen te resulta desconocida. ¿Qué ha pasado contigo? ...intentas hacer el ejercicio mental y acabas resolviendo la ecuación simple que flotaba en tu inconsciente desde hacía semanas. ¿En qué te has convertido? ...piensas demasiado y solo obtienes conclusiones equivocadas. ¡No soy yo! ¡Es mi alrededor! ...y, de repente, encuentras nuevas respuestas a viejas preguntas. Tus gustos han cambiado y nada será como solía ser. Ahora sabes que todo terminó pero no se lo quieres confesar a nadie. Todos, al igual que ella, se marcharán cuando lo consideren oportuno. Una palmadita en la espalda hará las veces de una palabra dulce o de una sonrisa.

18.8.09

Huelga de baile


Un colectivo de seguidores de la movida electrónica se reunió este viernes en una radio de la capital. Una reconocida productora presentaba un grupo de nuevos dj´s a la comunidad. La última de las artistas invitadas demostró su categoría e hizo de las suyas con un set de casi cinco horas. Las instalaciones de la radiodifusora se llenaron de gente y se armó una farra sin precedentes. La fiesta se extendió hasta las diez de la mañana del día siguiente, pero al parecer, este hecho no bastó para algunos. Por las numerosas pérdidas materiales -desde un florero hasta los vinilos originales de los primeros discos de Michael Jackson- y por los múltiples escándalos provocados por varios de los participantes en la orgía de licor, tanto el locutor como el equipo de seguridad de la radio fueron despedidos esta mañana por el vicepresidente de la compañía que, para mala suerte de los fiesteros, escuchaba el programa acompañado de su señora esposa. La reacción fue inmediata. La movida electrónica, en asociación con el sindicato de guardias de seguridad, tomaron el edificio de la radiodifusora por la fuerza, y amenazaron con no parar de bailar hasta que se les devuelva el trabajo a los perjudicados. Esperamos que la situación se normalice dentro de las próximas horas ya que algunos de los participantes ya no pueden con los calambres. Hasta entonces les deseamos mucha suerte y ¡Arriba la movida electrónica!

Experimento humano


Cuando esté en una cancha de fútbol, o cerca de alguna, intente a realizar el siguiente experimento. Si dispone de una cámara de fotos, asegúrese de que está encendida y lista para disparar. Sitúese a unos cinco metro de las futuras víctimas. Tome aire. De manera coordinada, lleve las manos hasta su cabeza y grite —¡Cuidado¡ (...) Luego, usted hará la foto, pero le anticipo esto; captar el momento exacto, el gesto sumo del escenario toma muchos intentos fallidos. Sin embargo, usted tiene a favor dos cartas para jugar. La primera es que por más que se repita el chiste —dejando un tiempo medio de quince minutos entre intervenciones— la gente siempre reacciona. El instinto actúa y no pregunta y ése no es solo uno de los puntos a favor. Si se reprime la reacción, en vez de reprimir la acción —que básicamente es un mensaje de alerta— los sujetos de experiencia están en el peligro de ser golpeados por una pelota bajo previo aviso; como Juanito y el Lobo... ¡Que digo como...! ¡Exactamente igual! ...lograr inmortalizar el momento en una fotografía es un entretenimiento de expertos. Y bueno, veamos que sucede con el Deportivo OVNI ésta semana antes de lanzarnos al próximo experimento. ¡Pero eso sí! cámara no ha de faltar.

El comedido (parte cuatro)


Tomamos un taxi dos calles arriba. No hablamos durante el trayecto. El auto se detuvo frente a un gran arco de piedra que servía de ingreso a una zona residencial. La mujer preguntó en inglés por un tal Mr. W. El guardia ingresó en su cabina y unos segundos después, la barrera de seguridad se levantó. Tras un breve trayecto, la calle terminó en una pequeña cuchara; la imponente construcción, adornada con estatuas y efigies de animales, me provocó cierto nerviosismo. La mujer hizo un gesto para que me baje; tomé aire y le dije que no con la cabeza. Había decidido quedarme en el taxi y pensar que hacer; tal vez regresar a mi casa y ver si habían moros en la costa; con buena suerte, hasta podría sacarle algo de dinero. Entrar con una mujer buscada por la mafia china a la casa de un desconocido no me daba buena espina. —Please! you need to see this people— Dijo; y, una vez mas, sus ojos me convencieron. Nunca me habían visto de esa forma. Me di cuenta de que estaba asustado y que necesitaba calmarme. Miré el taxi alejarse preguntándome si estaba haciendo lo correcto, luego volteé y la seguí, sin dejar de mirarla, hasta la puerta de la mansión en donde me coloqué junta a ella. —¿Qué hacemos aquí?— Pregunté. Como no me contestó, y haciendo uso del poco de dignidad que me quedaba, hice un ademán de marcharme, y ella, con un reflejo felino, me agarró del brazo —como lo haría una mujer con su marido— y me susurró al oído —Es demasiado tarde cariño.— La puerta se abrió con violencia. Un hombre asiático con una bata blanca apareció detrás; miró a la mujer de arriba abajo con preocupación, luego me miró extrañado y finalmente, la abrazó. —¿Quién es?— Le preguntó. —Es una nueva adquisición, luego te lo explico. Primero necesito que me prestes uno de tus juguetes, algo terrible está por suceder—.

5.8.09

Yellow 7.5


El cumpleaños número quince de la menor de mis hermanas cayó en un tranquilo período de bonanza económica; mi familia, fieles a la tradición y conscientes de que cumplir quince años solo sucede una vez, decidió celebrar la ocasión con todas las de ley. No recuerdo cuantas personas se invitaron, pero nos vimos en la necesidad de alquilar un semi-lujoso local de recepciones. Las invitaciones venían dentro de vistosos sobres de color rosa que, invariablemente, debían ser entregados en persona. Decían algo como: —La familia H tiene el honor y el gusto de invitar a sus distinguidas personalidades para el evento en cuestión; (...) ...se ofrecerá un brindis de honor antes de la cena; (...) ...Habrá servicio de bar—. Bajo supervisión expresa, pude invitar a mis amigos del barrio y a unos cuantos compañeros de la universidad. Uno de estos últimos, R, —para ser más exactos— acababa de llegar a la ciudad y no disponía de traje para la ocasión. Comprar uno habría sido innecesario —al menos, dentro de sus prioridades— así que decidimos escuchar el consejo —ya que yo me ofrecí acompañarlo— de comprar uno de segunda mano, en el extremo centro sur de la ciudad. Salimos temprano y rápidamente encontramos un local en una imponente esquina de una pequeña zona comercial, de su fachada, colgaba una bandera americana con grandes letras blancas que decían: ROPA y USA. Justo lo que necesitábamos, R tardó tres minutos en encontrar algo a su gusto y cinco más en encontrar algo a su medida. Al enterarse del precio de los artículos, me dijo sonriendo; —Coja algo si le gusta marica, yo invito—. Agradecido, por tan generosa muestra de solidaridad, empecé a revisar una percha de chaquetas. Entonces la vi. Su color me llamó la atención. Cuero teñido al amarillo más puro, solapas atrevidas y botones dorados. R cumplió con su palabra y regresé a mi casa, vistiendo orgulloso mi nueva/vieja chaqueta. Esa noche fue la fiesta de mi hermana. Del evento, poco se recuerda. R bailó con A, y, E fue el encargado de quitarle la liga a la quinceañera, en las fotos, aparece reclinado, con su largo cabello recogido con una liga blanca, dejando ver, en sus botas, unas espuelas parecidas a las de Chuck Norris; mientras mi hermana sonriente, levanta su falda rosa hasta la rodilla. Esa chaqueta me acompañó por los más insospechados caminos, situaciones e historias de las cuales no logro acordarme —la memoria puede ser un tanto caprichosa— pero gracias a mi hermana, pude recordar que con esa chaqueta puesta, ella conoció al que llegara a ser su marido. En diferentes ocasiones, se comparó a esa chaqueta con la que usara el músico norteamericano Beck en uno de sus videos más promocionados; lejos de ser una fina chaqueta de diseñador, mi chaqueta amarilla solo costó 7500 sucres. Para terminar, he de contaros, que en una de tantas —tan común como extrema— temporadas de escasez y/o pobreza, terminé cambiándola por una libra de marihuana prensada, que bien o mal, me proporcionó una larga temporada de quietud e independencia.