24.10.16

pseudo-rich nonsense



Cualquier cosa que pueda escribir sobre ellas, o sobre lo que hacen, siempre será impreciso, ya que como sucede a nivel subatómico, al sentirse observadas, cambian de curso o desaparecen; al instante en que intento detallarlas, ya se han pintado el pelo o han perdido las gafas. A fin de mes, desde el fondo de la fosa, alguien abre una escotilla y todo se inunda de luz, y yo, cual principito con dos planetas, y con dos flores, planeo, alucino y sueño con un punto intermedio entre lo que me toca y lo que se supone que hay que alcanzar. Entonces rebobino y alucino para ver si de tanto darle forma a la idea se termina por decorar un poco la sobriedad, no corriente, del que no llega a aspirar a nada mejor que encontrar una caldera de oro a la mitad de un camino sin arcoíris; y contrariamente, sentirse vigilado en el pozo ciego de la neurosis, o saltando del avión de la cordura al vacío de la paranoia. ¿De dónde proviene el odio hacia la mano que nos alimenta? Hace unos minutos acabé de saludar al nuevo de la empresa; venía un poco arrugado y despeinado de La Troncal (quizás más lejos). Pártame un rayo pero para mí que viéndole lo gordito buena-gente, ella lo fue a saludar con ojos de amor, como viendo en sus no-divinas proporciones el volumen de aumento a las aspas de su negocio. A la gente la cambia el clima; no se diga el poder del dinero que aclimata el gusto del más inestable de los termo-sensibles. Las curvas en movimiento lo estupidizan. Si pasa en la carretera, pasa en la vida. Con frecuencia nos dejamos arremeter, atropellar, trasquilar y presumimos en la bohemia de nuestras cicatrices, de nuestros tatuajes, de nuestras heridas abiertas, como si sufrir fuera el propósito y ser desdichado el acto final de esta puesta en escena. Este lugar, en cambio, se ha ido llenando de gente, la mayoría extranjeros. Un buen número de costeños y dos que tres serranos. In-patriados blancos, altos y guapos ¿y los negros? Por aquí nos se ve ninguno. No, miento, hay uno; pero es americano. La horas pasan con la cabeza abajo, como si el futuro no fuese un destino cierto. Los días son eternos, el fin de mes es un espejismo, un oasis que se aleja en la medida en la que se avanza. Y las noches son cortas y el espacio se dilata y el cerebro se olvida de lo que alguna vez fue vital y referente. El ego se abraza a sí mismo y de tanto auto censurarse ahora no es más que una bolita que de tierna engaña lo madura. La edad desaparece a la voz de mando del instructor: Atentos niños, que viene el jefe! Y los viejos son tratados sin respeto ya que sus ollas son cada vez más costosas de llenar porque el tiempo pasa y la necesidad se multiplica. Y todos esos raros, precoces talentos, no son garantía de devolución de los auspicios y patrocinios, porque a medida que les da un tanto, les niegan buen pedazo, y por eso, mientras más obtienen, menor agradecimiento sienten. Sí, porque para “los otros” se permite la mediocridad; y (cosa graciosa) contrario a lo que debería suceder; se promueve al fulanito de tal por ser tal y no por otra cosa, ya que a veces, para subir, no basta con trabajar de sol a sol ni con tener la boca cerrada. Como la palabra ante la inmensidad se fatigan los males en las jaulas de oro, modestos condominios que por ser modestos no se privan de tener piscina, gimnasio, área social, juegos infantiles y cancha de soccer. Insuflado de falsa felicidad (algo parecido al orgullo) camino por las “piazas” y los “moles” y miro con timidez hacia donde ayer no me atrevía a mirar. Camino con un rostro nuevo. Desayunar bien siempre ayuda.

# 3

Llegamos tarde los dos,
a esta cita de ojo abierto
y corazón blindado.
Llegamos tarde los dos,
y siendo otros…
yo, piedra alisada por la corriente,
tú, ancestral mariposa gástrica,
habitante enquistado en mi encéfalo.
Llegamos tarde los dos,
y no hay remedio,
nuestras esencias partidas
y repartidas,
nunca fueron tripulantes
de un mismo vuelo.
Nuestras ganas fueron 
pura ansiedad y enfriamiento
mírame y no me toques!
tócame y no me mires!
Llegamos tarde los dos,
habiendo aprendido a golpes
las coces de la verdad
en escenarios de permanentes pérdidas
y substituciones,
haciendo honor a la mala reputación,
y habiendo decidido renunciar,
antes que caer en el abismo,
con las tripas infladas de malos versos.
Llegamos tarde los dos y lo confieso,
más acá o más allá,
seguiré escarbando,
seguiré olisqueando el trazo que dejas.
Llegamos tarde, lo sé,
aunque mis ojos que ahora te ven,
me sigan empujando a las fuerzas
de tus aguas profundas.
Llegamos tarde los dos,
a este futuro infectado de memorias,
memorias que cargamos como cadáveres,
como alfombras viejas
pisadas una vez
y otra vez,
en donde los símbolos
de nuestros encuentros únicos
se oxidaron,
como se oxida todo bajo sol.
Llegamos tarde los dos,
demasiado tarde,
tarde para reanimar esa sensación
que no flotará a mi presente ni al tuyo,
tarde para recuperar esa carpeta borrada,
esas líneas de código,
perdidas en lo profundo
de un directorio sin nombre.
Instantes preciosos
tú, subiendo por las escaleras,
tú, recostada con la blusa abierta.
Llegamos tarde y aún no es natural,
vernos de un lado al otro lado del puente.
Llegamos tarde los dos,
ahora que los sueños se han fugado a nuevos futuros,
ahora que la arena se ha convertido en piedra,
ahora que la piedra se ha convertido en arena.
Llegamos tarde los dos,
demasiado tarde para buscar un disfraz,
o para desaparecer.
Llegamos tarde los dos
y por eso ya estoy de regreso,
dibujando con mi egoismo un porvenir
en donde la felicidad es mi propio aliento,
en donde la poesía nunca se apaga.

15.10.16

Pleamar


Para Víctor Velasco

Era ligero como un tronco de balsa, y muy elástico, aunque no tanto como un buen calcetín. Cuando fuera sometido a presión, aguantó como los grandes, y es que, frecuentemente, tuvo que soportar esfuerzos que a cualquier fortachón le habrían hecho llorar. Repetidas fueron las veces en que la torpeza de algún que otro animal, que no escasean, le provocaran deformaciones que él temiera irreversibles, y que, so pena de exhaustivas jornadas de algo parecido a un soplar de botellas, pudo finalmente remediar. En una ocasión, el daño fue tal, que tuvo que esperar meses antes de ser pasado por una licuadora para ser vuelto a armar. Desde entonces, su mayor temor era ese ser frío y retorcido que fuera responsable, no solo de su desgracia sino de la de muchos de su semejantes. Frecuentemente, entre borrachera y resaca, entre resaca y borrachera, abría hasta el ultimo poro de su alma y confesaba sus anhelos a su mejor y único amigo (ese que nunca le supo ocultar nada) Su mayor sueño, su mayor alegría, era echarse, o ser echado, daba igual, a la mar. Quiero, decía, perderme en el horizonte, en dónde el azul del mar se funde con el azul del cielo; pero su amigo no le entendía, porque para él, el mar era verde, como lo era la tierra y el cielo. No quiero ser penetrado, decía, no quiero ser partido, quiero ser tratado con cuidado. Acaso es mucho pedir? y su amigo no le entendía porque sentía miedo de morir ahogado, de recibir malos huéspedes, de romperse contra un acantilado. Sin ti, le decía su amigo, no duraría ni un día en el mar, en cambio tú… Cierto día un amable hombre de manos delicadas, rascó y rascó hasta hacerlo volar por los aires, dejando tras de sí, la boca bien abierta de su viejo camarada. Cuánto tiempo mirando la puerta sin saber que iba a usar la ventana, pensó. Y volteó a mirar, y supo que, finalmente, había escapado de su aciago, como cíclico, como perpétuo destino. Y es que… cómo es la cosa por aquí? preguntó, ante la mirada curiosa de plásticos de todos los colores y de uno que otro vegetal. Pues nada, le dijeron, seguramente nos van a llevar a dar un chapuzón. Oh, oh, de veras?. De veritas, le respondieron todos con caras largas como recibos del súper; …y tras numerosas semanas de alegre oscuridad, de amable suciedad, y de dulces zarandeos, pudo sentir finalmente en sus fibras, el aliento salino del mar.

7.4.14

Honduras


Sin contar las veces que escucho su nombre en los centros comerciales o en las paradas de bus (para mi mala suerte, su nombre es el más berreado de la ciudad), me encuentro con su recuerdo a diario en las crónicas de los diarios baratos, en frascos de perfume, en cajas de cosméticos, en letreros de tiendas y supermercados, en vallas de urbanizaciones, en stickers de camionetas y taxis; en tatuajes de tinta verde, en grafitis pintados en paredes inmundas o en cortezas de árbol (también inmundas).

Todo me recuerda a ella. Desde una pareja de mandriles sacándose las pulgas hasta una estúpida canción de regetón (perdón por la redundancia). Todo lo tonto y cursi de este planeta me remite irremediablemente a su recuerdo, un recuerdo que viene por partes: (empieza en su rostro y termina en su generoso trasero) como un grupo de instantáneas que en su develamiento progresivo ganan en intensidad (pero sobre todo en dimensión).

Nunca pude conseguir una hembra igual. A unas les faltaba porte, a otras gracia. Todas, sin excepción fueron más listas, pero ese factor nunca sirvió para más que para complicar las cosas. Sí. Todas cayeron en cuenta de una forma o de otra: No pasaba un día sin orbitar la misma idea recurrente (de pensar en arreglar, de creer que se va a volver) y la subsecuente imposibilidad (ya sea por un pretexto estúpido o por culpa de orgullo aún más estúpido) de tener el coraje de llamarla, o de buscarla, y de agachar la cabeza y decir "pegue (no más) mamacita!"

Han pasado doscientas semanas desde que (con un buen portazo) dio por terminada la relación, una relación cuya profundidad aún desconozco (a pesar de nunca haber perdido de vista el fondo).

Como si lo nombrado (por el mundo) no fuera poco, todavía encuentro las huellas de sus enormes pasos por (sobre) mi vida. Si no es una vieja carta; es una piedra; si se me ocurre releer algo, encuentro el separador que me trajo de honduras; si hurgo en un cajón: encuentro un mechón envuelto en un pañuelo que nunca me puse.

7.3.14

Auto-desk


La letra en el cuaderno me dice todo lo que la gente calla, me ayuda a aceptar lo que intuyo y que no termino de reconocer. Su imperfección me resulta ajena, sus rasgos no reconocibles. Mi letra dice lo que todos me censuran (amigos que prefieren callar antes que meter la cara y dar la talla para criticar): críticos autosilenciados en pompas de jabón, náufragos a quien nadie busca, extraviados también de sí mismos, en cuyos cuerpos como playas calculan el costo de la vida que no tienen, arrecifes como límites y en cuyo seno han decidido hacer patria. Esos, que somos nosotros y que vivimos el día, agotados de ir y venir de ninguna parte sin más más obligación que la de seguir en el camino, sin perro al que ladrar ni alambique que ordeñar. La virtud abandonó el barco al primer grito de alerta; en cubierta quedaron sus pequeños hijos bastardos (flacuchentos engendros con el abdomen hinchado por el parásito del orgullo y la maladopción), entes perezosos curtidos al sol de mediodía, afiebrados de besos y autoabrazos en sordos colapsos mentales; delirantes en la inmensidad del mar abierto: sin viento que les sople o corriente alguna que les empuje (despertados por el olor del yogurt rancio, reanimados por el olor agrio de una ensalada de frutas tropicales que otro se comió, asediados por necios mosquitos suicidas, atacados por hongos como impuestos mutantes, linces para una mitosis y fieles como el mal aliento). Mi amiga, la de la buena letra, se marchó diciéndome que no la veré de nuevo. Su tristeza quedó en el aire como pesadas partículas que nunca se disipan y que de vez cuando veces se ponen de acuerdo para entrar al cuerpo en bocanadas. El recuerdo evoluciona como un elemento pesado de núcleo inestable y órbita incompleta, siempre ansioso de enlazar nuevas partículas. Un olor que empuja desde atrás hasta dejarte frente a la ventanilla de los mil y un depósitos; depósito de agujeros sin rellenar, de reclamos de piezas faltantes, de letras mal cambiadas, de cheques sin firmar. Vivo el momento, pero también espero. Cuando esto sucede, la letra acusa a la falta de ánimo, al famélico estado del presente. La letra transparenta la piel y pone en bochornosa evidencia las costillas del hambre a pesar de los rasgos de fábrica que despistan como vestiduras (letra que no es estúpida y que se sabe, inevitablemente y sin otra opción, en la tarea de tener que juzgar a la mano que le da forma); letra que se desconoce y que trata de meter reversa para ser como en algún momento sintió orgullo de ser; letra que se desdobla y se observa a sí misma: infaliblemente torcida, travestida, fachosa y estúpida. Es entonces que se recae en el mal ánimo, asumiendo la escasez, la falta de atmósfera que sufren los de a pie, reconociendo el espejismo de unas ruinas venidas del futuro para decir lo que no se termina de tragar. La gasolina de la incertidumbre presta sus ojos a los que no quieren ver y antes de que se enfríe la noche, manadas de orcos con ojos de elfos se toman las calles como espíritus. Se recae entonces, en viejos hábitos, y con la ayuda de una red que no tejió araña alguna se establecen las viejas empresas (tontas pero efectivas) desordenadas y superficiales, en un desesperado intento de acelerar la partitura de las circunstancias, o para sortear la vida haciendo una elipsis que pase por alto lo que no se necesita ver (que no es poco). A veces, es imperativo catapultar las corazonadas a nuevas instancias. En ciertos puntos del camino (generalmente en períodos de sequía; extrañamente en los de abundancia) eclipsan los infinitos ojos de la cautela ante astronómicas cifras, los malos pensamientos, (como barcos a los ojos del náufrago) sucumben ante la precariedad de la moral, dejando el pasado enfundado en la acera sin darse la molestia de separar lo que se puede reciclar de lo que no. Y se hacen chocar contra el suelo las esperanzas para desprender el piso flotante de la cotidianidad (como regar cloro en el rubor de lo establecido). En busca, quizás, de un retorno buscado (pero siempre inesperado) a viejas prácticas (sabotaje, alquimia en reversa), escondiendo las ganas, jugando a ser Tarzán con un cordón umbilical que luego se echará a los perros del disimulo; siempre del otro lado de la calle, o más allá; el caso es no hacer ni caso. No hacer ni puto caso y soltar la lengua en la letra, y hablar de lo que a nadie le gusta (sobras, migajas, descosidos); y aunque sea sobre el papel, vengar el mal hábito de conseguirse un pato, ponerlo como un Ekeko de tareas y mandados y cuando no pueda más: echarlo a patadas, pero eso sí, elegantemente. Siempre adelante, como burro, o como cabra, pero siempre hacia adelante: reír y olvidar lo malo, porque claro, la memoria siempre va a preferir agarrarse de lo que le conviene a la vida: `los finales felices´ (que no son finales ni son felices); memoria que se aferra a la vida funcionando como una aguja que sólo toca lo que conviene; memoria como un buscador inservible para lo fallido, para lo inacabado, para lo viciado o lo eminentemente ridículo en donde el mar de lo negativo se evapora hasta dejar charcos que rara vez se pisan; memoria que colecciona infinitos errores de búsqueda o marcado, recuerdos como extensos directorios sacados de sus carpetas y enviados al más allá de la papelera de reciclaje en acciones que no pueden deshacerse. Una dinámica fantasma que termina cuando los archivos despiertan y reaparecen frente a nuestras narices cuando menos lo esperamos; hecho ante el cual no queda más que observar y esperar (como en un sueño) hasta que les de la gana de desactivarse para poder confinarnos (nuevamente y con desconfianza) en las inútiles cárceles de las que ya se escaparon. Los cucos de la memoria gustan dar de coces cada vez que nos damos la vuelta para pensar en el futuro. Ahora sé que ellos tienen una mansión allá afuera (calle desconocida; número incierto). Sólo el cochero de los malos recuerdos o el barquero del río del olvido conocen el camino; sólo ellos deciden si llevan o traen, si cruzan y llegan o si vuelcan y se hunden. Sin la caprichosa convocatoria a la que asisten los recuerdos de los que nos valemos como plastilina para modelar nuestro yo; en la sombra, en fantasmales espacios inhabitados: inmateriales; la vida detona en su ahogado mutismo: otras vidas. Instancias paralelas en las que se celebra la ignorancia y se sufre el orgullo, atmósferas en las que destellan los agujeros negros de la conciencia, en donde el ser se yergue con cada cabello perdido (con cada caries); en donde los bocetos de la mujer embellecen a la par que conmueven y nunca envejecen ante los ojos de quien las alimenta.

18.12.13

Auster recalentado


Por más de treinta años, Auster creyó que las mujeres malvadas (todas menos su madre). El bueno de Auster, contrario a lo que suele a decir la gente (y que tienden a bien creer algunas damitas en apuros) no nació con pan alguno sobre o bajo el brazo. Auster no tuvo un hermano con quien jugar, ni primos que visitar. La vida, hasta casi entrada su mediana edad, solo le dio migajas. La influencia de su madre, fue determinante. Ella supo disfrutar de avergonzarlo frente a las chicas cuando no se encargó de espantarlas. Porque, deba decirse, Auster no era feo, algo que no lo hacía guapo, pero sí muy atractivo para las feas. Auster era además, al igual que su padre debió ser, un pequeño volcán listo para hacer erupción. Al menos, eso pensaba su madre y no se equivocaba. Así, veía en cada niña una enemiga, en cada mujer un potencial, en cada personaje un gélido como fértil valle en inestable alerta naranja. Y es que para mala fortuna de su madre, Auster era copia viva (aunque un tanto mejorada con sus genes) del galán de poca monta que hubiera sido su padre. A la vieja le gustaba tenerlo a la vista porque Auster era un niño muy inquieto: «Auster no te comas los mocos», «Auster sácate el dedo de la oreja». No obstante, y a pesar la constante atención, Auster desarrolló un sinnúmero de singularidades para engañar a la ansiedad, manías que despertaban a la sombra de la vista de su madre. Auster, sin saber bien por qué, odió a su padre con el mismo coraje con el que lo odiara su madre. A pesar de su lucha interior, Auster nunca supo controlar del todo lo que la sangre y los genes le dictaban, y frecuentemente se veía haciendo lo que su madre más detestaba; actitudes que no le trajeron más que palazos, bofetadas y pellizcos; escarmientos que no sólo le hicieron arrepentirse de sus acciones sino que llegaron a hacerle odiar su misma naturaleza. Nada se supo con certeza del antes ni del después del sujeto que fue a pasar vacaciones en la fatídica Vilcabamba. Fatídicas para Auster, que nunca conocería a su padre, pero sobre todo para la vieja, que a pesar de no haber conocido lo suficiente al sujeto como pare darse cuenta de la clase de la que procedía, coqueteó y conspiró hasta lograr su atención, para luego, sin permiso de dios ni protección, acceder a sus tontos caprichos. Pero, ¿qué hacía Auster que tanto enfadaba a su madre? En realidad, nada en especial, cosas de niños, como: aburrirse e impacientarse, perderse de vista, tropezarse, encapricharse con el juguete de otro niño, o simplemente: llorar. Y así, la cansina responsabilidad y cuidado del infante, sumado a la inevitable asociación con que sus rasgos y actitudes traían del pasado al hombre ausente, hicieron de la madre de Auster, algo peor que una bruja. La bruja no siempre fue bruja ni fue una bruja con todos. Las personas que la conocían desde pequeña aseguraban que algo tenía que haberle pasado. Es cierto que ella también había sufrido de violencia familiar, pero de sus hermanos, ella fue la única en cuyo breviario de control y educación de menores, mantuvo vigente el uso del palo de escoba, del cable de plancha y de la chancleta de doble suela, entre un sinnúmero de métodos de escarmiento: como el baño de agua fría; que le funcionaba a la perfección y que lo hacía temblar del arrepentimiento con la misma cara de pollo asustado que habría puesto su taita de haber tenido la oportunidad de contarle lo que se le venía. Auster nunca contempló una vida sin su madre, por eso, tras su irremediable pérdida se quedó miope ante la posibilidad. Auster no se lo creyó cuando le mandaron un mensaje con la noticia, tampoco cuando reconoció el cuerpo ante el forense. –¡Ya no se haga la muerta! ¡Vieja infeliz!, ni piense que me puede dejar aquí solo–. –Se dijo. No reconoció que su madre estaba muerta cuando bajaron el cofre ni cuando llenaron el foso de arena. En la mitad de la ceremonia (justo cuando Ricardo Perotti arrugaba su cara para dar la última nota): en parte por no haber desayunado, en parte por el sol, alucinó ver salir de la tierra la mano arrugada de la vieja, pidiendo socorro. No lo aceptó esa noche ni el día después ni el siguiente, en el que, apenas consciente de su propia locura, se dirigió al cementerio para asegurarse que la señora que fuera su madre siguiera en el lugar en el que la habían dejado. Auster estaba demasiado acostumbrado a hacer lo que su madre le ordenaba. Es por eso que asintió sin protestar, a todos los que le pidieron algo por esas fechas. El empleado de pompas fúnebres supo sacar provecho de la situación, no así el abogado que se culpó por no haber olisqueado un posible fraude. Desde que Auster tenía memoria, las chicas le habían parecido insoportables. La primera mujer en la vida de y que lastimó a Auster se llamó Rebeca. Auster recuerda levemente a esta niña del jardín de niños, pálida y pecosa muñeca de oscura melena y mirada letal. La recuerda subida a una malla a la que Auster quería subir. Para sostenerse en la cornisa Rebeca debía sostenerse con sus manos a las mallas. La cara de Auster estaba a la altura de sus rodillas. Auster insistió y cuando se cansó de pedirle que se mueva para poder subir, empezó a tirar de su falda para que se baje. La niña lo golpeó con lo que tenía a mano, que en este caso era el pie, y fue más letal que su mirada el poderoso taco de la bota ortopédica que descargó con furia contra la nariz del pobre Auster. Auster contemplaba sin reaccionar el sonriente y semi-diabólico rostro de Rebeca mientras su sangre se desparramaba como un tributo a la tierra. En la escuela lo sentaron junto a otra pecosa, pero pelirroja; una muñequita inquieta y terriblemente competitiva a la que no le gustaba nada, que el tonto de Auster se le adelante en los dictados o que le haga preguntas a la profesora. Simbólicamente, fue la primera novia de Auster y la segunda en darle de pellizcos. Muy pocas mujeres podían permanecer cordiales ante la presencia de Auster, pocas fueron también las que no se sintieron incómodas por al trato áspero con que el tonto de Auster las trataba. Sacaba lo peor de ellas. Encontraba brujas con la misma facilidad con la que otro (más simplón y con distinta suerte) encontraba reinas. Auster despierta solo pero despierta segundo, antes de poner un pie en la alfombra, piensa en lo que le repitió su madre hasta el cansancio. –Pie izquierdo Auster. No querrás arruinarnos el día–. Auster se lleva a sí mismo al baño. Frente a frente con su reflejo, la voz en su cabeza le dice: –Primero los dientes Auster–. Auster reencuentra a su reflejo con la pasta de dientes y el cepillo en la mano. Auster abre la boca y apoya el cepillo en los dientes. Retira el cepillo y se observa sin mover un solo músculo de su cara, y el reflejo se ve a sí mismo como a un perfecto imbécil. Relaja el rostro y por más que persiste en su intento, no logra cambiar de opinión. Es un idiota para el que no cabe disimulo. Los que se burlaban de él, lo hacían con justa razón. Se sacude. Se moja la cara y vuelve a mirar. Sus ojos no aceptan lo que ven hasta que finalmente luego de otro largo rato de mirar y mirar y por primera vez en treinta y pico de años, se le prendió el foco. Auster suelta de golpe lo que tiene entre manos, y en vez de cepillarse los dientes, como todos los días, decide cagar primero. Sentado en el llamado trono de los pobres, Auster se atreve a reflexionar sobre su futuro y decide hacer lo contrario a lo que había venido haciendo, por lo menos, hasta ver qué mismo. Lo que antes fuera bueno ahora sería malo y viceversa. Auster recibió golpes a casi a diario hasta la muerte de su madre. El último moretón no desapareció por completo de su brazo hasta una semana después del entierro. Tiempo para el que entonces, Auster ya no era Auster (o era Auster al fin, eso nunca lo sabremos). El caso es que una vez sepultada la fuente de su comportamiento misógino, Auster volvió a nacer; y, como un delantero que luego del primer silbatazo corre impaciente a buscar el balón, Auster se puso a perseguir, cual esférico, a cuanta chica se cruzara en su camino; como si en todas y cada una de ellas se disputase, el último minuto de la gran final de su vida. Si me preguntan ¿qué sucedió después? Pues no lo sé. Pero un amigo que sí logró verlo en su nueva forma (porque Auster ya no jugaba solo) lo visitó hace poco. –¿Oiga Auster, y cómo es la cosa con la Pandora? Me contó que usted se la llevó para el Aguijón y luego a comer y que terminaron en el Epicentro. Hasta ahí todo bien mi brauster. Está del putas que la lleves de farra, que le pegues las muchas, que la chumes hasta que no sepa cómo se llama y que te la folles por donde te dé la gana. Pero ¿pedirle que se case contigo? ¿Así, de la nada? ¿y en la primera cita? ¡eso sí es de locos! Especialmente con la loca de la Pandora que ya va por los cuarenta. Bueno, al menos se ve que te estima… pero ese es otro tema. No entiendo cómo puedes tomarte cosas tan serias a la ligera. No quiero exagerar ni menospreciar a Pandora pero tienes mucha suerte de que ya no pueda tener hijos. ¡Es que hay que ver para creer! ¡Anda, Auster! ¡Cuéntame qué pasa por tu cabeza, por el amor del hombre con la tierra! Final Alternativo: El sol traspasa las ventanas sin cortinas y calcina la cara de Auster. Un Auster rojo como un tomate es llevado al hospital, pero muere en el camino. Sus últimas palabras fueron dedicadas a la paramédica bizca que lo socorrió, y fueron: –Sus ojos me mueven el piso. No. Es en serio. Sus ojos me mueven el piso ¿Se casa usted conmigo?–. El segundo paramédico no pudo contener la risa y sintiéndose mal consigo, ofrece disculpas y convence a su asombrada colega de: 'darle al pobre hombre lo que pide'. La mujer de ochenta kilos no lo entendió al principio, pero finalmente y con un poco de asco por la cara que Auster traía (que sería la última), se acercó al ají que tenía por oreja y le respondió: –Sí. Me casaré usted–. ¿Tendremos hijos? –preguntó él. –Claro que sí–. –Respondió ella. –En ese caso –añadió el gracioso– ...por el poder que el Club de Paramédicos de Pichincha me ha dado... Los declaro marido y mujer. Ahora puede besar a la novia… ¡Un momento! Creo que ya se murió… ¡Oh! lo siento mucho Estelita, pero creo que eres viuda de nuevo ¿Qué se siente?–. –Se siente…–Contestó ella, muy seria. –Se siente como que lo llevamos directo a la morgue: así se siente–.