17.4.17

Chapat





Chapat ya trae esa mirada. Agobiado en su propio territorio y a merced de su incontrolable necesidad de fisgonear. Chapat podría quedarse quieto, y ahorrarse una que otra paliza, pero algo se lo impide. Como cualquier persona sensible, me alarmé mucho cuando le descubrí la hilera de mordiscos que le propinó un rival: algunos muy profundos. Quien haya bañado un gato se dará cuenta la dificultad que supone curarlo. Por esas cosas de la vida, en ese momento no estaba en la ciudad y me enteré de las heridas del felino por los informes que me hicieran de las primeras curaciones. El caso es que para cuando llegué ya lo habían venido curando algunas veces. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que de manera sistemática, también me lo venían siguiendo casacando. Quién más podría ser sino ese gato blanco, cabezón, de manchas plomas que de vez en cuando se aparecía, erguido y altanero, por un lado como por otro de la casa. Sin duda un gato más viejo y experimentado. El asustado Chapat otrora era un gato dinámico y atrevido. Cuando era más pequeño y flaco le hacía correr a la Sukini de aquí para allá; a la Sukini que ya vivía con miedo desde que se cayó desde el tercero y se quedó bizca. Pobre suki también. Las visitas siempre coincidieron en que el Chapatio era súper veloz en sus acrobacias y veíamos los largos saltos que daba con sus largas patas y decíamos: “este cabrón, tarde o temprano, va a ser el puto amo de este territorio”. Pero no. Hoy estos gatos viven asustados hasta de sus sombras; entrando y saliendo con el pecho a tierra para pasar por la puerta que se abre al descanso. Mirando nerviosamente de un lado a otro como sintiendo el acecho perpétuo de un demonio invisible o hasta de la misma muerte. Qué pasará por sus cabezas, yo no lo sé. La única costumbre que Chapat no ha perdido (antes se subía a la piedra más alta a tomar el sol) es la de saltarle a la Sukini por la espalda para luego perseguirle hasta los matorrales. Y es en estos actos que parece que entonces, sintiéndose de repente tan macho y tan temido, busca repetir acción similar con quien no debe, ya que su vecino Freezer sabe muy bien cómo cuidarse las espaldas. Pobre Chapat, ahora trae esa mirada que lo refleja todo: mitad curiosidad, mitad dolor. Las vendas caen en los lugares más insospechados del patio, viejas heridas cicatrizan mientras nuevas se abren como bocas. Pobre, pobre Chapatio, mientras no deje de perseguir así la vida, la brisa de una nueva tunda seguirá soplándole los bigotes.

24.10.16

pseudo-rich nonsense



Cualquier cosa que pueda escribir sobre ellas, o sobre lo que hacen, siempre será impreciso, ya que como sucede a nivel subatómico, al sentirse observadas, cambian de curso o desaparecen; al instante en que intento detallarlas, ya se han pintado el pelo o han perdido las gafas. A fin de mes, desde el fondo de la fosa, alguien abre una escotilla y todo se inunda de luz, y yo, cual principito con dos planetas, y con dos flores, planeo, alucino y sueño con un punto intermedio entre lo que me toca y lo que se supone que hay que alcanzar. Entonces rebobino y alucino para ver si de tanto darle forma a la idea se termina por decorar un poco la sobriedad, no corriente, del que no llega a aspirar a nada mejor que encontrar una caldera de oro a la mitad de un camino sin arcoíris; y contrariamente, sentirse vigilado en el pozo ciego de la neurosis, o saltando del avión de la cordura al vacío de la paranoia. ¿De dónde proviene el odio hacia la mano que nos alimenta? Hace unos minutos acabé de saludar al nuevo de la empresa; venía un poco arrugado y despeinado de La Troncal (quizás más lejos). Pártame un rayo pero para mí que viéndole lo gordito buena-gente, ella lo fue a saludar con ojos de amor, como viendo en sus no-divinas proporciones el volumen de aumento a las aspas de su negocio. A la gente la cambia el clima; no se diga el poder del dinero que aclimata el gusto del más inestable de los termo-sensibles. Las curvas en movimiento lo estupidizan. Si pasa en la carretera, pasa en la vida. Con frecuencia nos dejamos arremeter, atropellar, trasquilar y presumimos en la bohemia de nuestras cicatrices, de nuestros tatuajes, de nuestras heridas abiertas, como si sufrir fuera el propósito y ser desdichado el acto final de esta puesta en escena. Este lugar, en cambio, se ha ido llenando de gente, la mayoría extranjeros. Un buen número de costeños y dos que tres serranos. In-patriados blancos, altos y guapos ¿y los negros? Por aquí nos se ve ninguno. No, miento, hay uno; pero es americano. La horas pasan con la cabeza abajo, como si el futuro no fuese un destino cierto. Los días son eternos, el fin de mes es un espejismo, un oasis que se aleja en la medida en la que se avanza. Y las noches son cortas y el espacio se dilata y el cerebro se olvida de lo que alguna vez fue vital y referente. El ego se abraza a sí mismo y de tanto auto censurarse ahora no es más que una bolita que de tierna engaña lo madura. La edad desaparece a la voz de mando del instructor: Atentos niños, que viene el jefe! Y los viejos son tratados sin respeto ya que sus ollas son cada vez más costosas de llenar porque el tiempo pasa y la necesidad se multiplica. Y todos esos raros, precoces talentos, no son garantía de devolución de los auspicios y patrocinios, porque a medida que les da un tanto, les niegan buen pedazo, y por eso, mientras más obtienen, menor agradecimiento sienten. Sí, porque para “los otros” se permite la mediocridad; y (cosa graciosa) contrario a lo que debería suceder; se promueve al fulanito de tal por ser tal y no por otra cosa, ya que a veces, para subir, no basta con trabajar de sol a sol ni con tener la boca cerrada. Como la palabra ante la inmensidad se fatigan los males en las jaulas de oro, modestos condominios que por ser modestos no se privan de tener piscina, gimnasio, área social, juegos infantiles y cancha de soccer. Insuflado de falsa felicidad (algo parecido al orgullo) camino por las “piazas” y los “moles” y miro con timidez hacia donde ayer no me atrevía a mirar. Camino con un rostro nuevo. Desayunar bien siempre ayuda.

# 3

Llegamos tarde los dos,
a esta cita de ojo abierto
y corazón blindado.
Llegamos tarde los dos,
y siendo otros…
yo, piedra alisada por la corriente,
tú, ancestral mariposa gástrica,
habitante enquistado en mi encéfalo.
Llegamos tarde los dos,
y no hay remedio,
nuestras esencias partidas
y repartidas,
nunca fueron tripulantes
de un mismo vuelo.
Nuestras ganas fueron 
pura ansiedad y enfriamiento
mírame y no me toques!
tócame y no me mires!
Llegamos tarde los dos,
habiendo aprendido a golpes
las coces de la verdad
en escenarios de permanentes pérdidas
y substituciones,
haciendo honor a la mala reputación,
y habiendo decidido renunciar,
antes que caer en el abismo,
con las tripas infladas de malos versos.
Llegamos tarde los dos y lo confieso,
más acá o más allá,
seguiré escarbando,
seguiré olisqueando el trazo que dejas.
Llegamos tarde, lo sé,
aunque mis ojos que ahora te ven,
me sigan empujando a las fuerzas
de tus aguas profundas.
Llegamos tarde los dos,
a este futuro infectado de memorias,
memorias que cargamos como cadáveres,
como alfombras viejas
pisadas una vez
y otra vez,
en donde los símbolos
de nuestros encuentros únicos
se oxidaron,
como se oxida todo bajo sol.
Llegamos tarde los dos,
demasiado tarde,
tarde para reanimar esa sensación
que no flotará a mi presente ni al tuyo,
tarde para recuperar esa carpeta borrada,
esas líneas de código,
perdidas en lo profundo
de un directorio sin nombre.
Instantes preciosos
tú, subiendo por las escaleras,
tú, recostada con la blusa abierta.
Llegamos tarde y aún no es natural,
vernos de un lado al otro lado del puente.
Llegamos tarde los dos,
ahora que los sueños se han fugado a nuevos futuros,
ahora que la arena se ha convertido en piedra,
ahora que la piedra se ha convertido en arena.
Llegamos tarde los dos,
demasiado tarde para buscar un disfraz,
o para desaparecer.
Llegamos tarde los dos
y por eso ya estoy de regreso,
dibujando con mi egoismo un porvenir
en donde la felicidad es mi propio aliento,
en donde la poesía nunca se apaga.

15.10.16

Pleamar


Para Víctor Velasco

Era ligero como un tronco de balsa, y muy elástico, aunque no tanto como un buen calcetín. Cuando fuera sometido a presión, aguantó como los grandes, y es que, frecuentemente, tuvo que soportar esfuerzos que a cualquier fortachón le habrían hecho llorar. Repetidas fueron las veces en que la torpeza de algún que otro animal, que no escasean, le provocaran deformaciones que él temiera irreversibles, y que, so pena de exhaustivas jornadas de algo parecido a un soplar de botellas, pudo finalmente remediar. En una ocasión, el daño fue tal, que tuvo que esperar meses antes de ser pasado por una licuadora para ser vuelto a armar. Desde entonces, su mayor temor era ese ser frío y retorcido que fuera responsable, no solo de su desgracia sino de la de muchos de su semejantes. Frecuentemente, entre borrachera y resaca, entre resaca y borrachera, abría hasta el ultimo poro de su alma y confesaba sus anhelos a su mejor y único amigo (ese que nunca le supo ocultar nada) Su mayor sueño, su mayor alegría, era echarse, o ser echado, daba igual, a la mar. Quiero, decía, perderme en el horizonte, en dónde el azul del mar se funde con el azul del cielo; pero su amigo no le entendía, porque para él, el mar era verde, como lo era la tierra y el cielo. No quiero ser penetrado, decía, no quiero ser partido, quiero ser tratado con cuidado. Acaso es mucho pedir? y su amigo no le entendía porque sentía miedo de morir ahogado, de recibir malos huéspedes, de romperse contra un acantilado. Sin ti, le decía su amigo, no duraría ni un día en el mar, en cambio tú… Cierto día un amable hombre de manos delicadas, rascó y rascó hasta hacerlo volar por los aires, dejando tras de sí, la boca bien abierta de su viejo camarada. Cuánto tiempo mirando la puerta sin saber que iba a usar la ventana, pensó. Y volteó a mirar, y supo que, finalmente, había escapado de su aciago, como cíclico, como perpétuo destino. Y es que… cómo es la cosa por aquí? preguntó, ante la mirada curiosa de plásticos de todos los colores y de uno que otro vegetal. Pues nada, le dijeron, seguramente nos van a llevar a dar un chapuzón. Oh, oh, de veras?. De veritas, le respondieron todos con caras largas como recibos del súper; …y tras numerosas semanas de alegre oscuridad, de amable suciedad, y de dulces zarandeos, pudo sentir finalmente en sus fibras, el aliento salino del mar.

7.4.14

Honduras


Sin contar las veces que escucho su nombre en los centros comerciales o en las paradas de bus (para mi mala suerte, su nombre es el más berreado de la ciudad), me encuentro con su recuerdo a diario en las crónicas de los diarios baratos, en frascos de perfume, en cajas de cosméticos, en letreros de tiendas y supermercados, en vallas de urbanizaciones, en stickers de camionetas y taxis; en tatuajes de tinta verde, en grafitis pintados en paredes inmundas o en cortezas de árbol (también inmundas).

Todo me recuerda a ella. Desde una pareja de mandriles sacándose las pulgas hasta una estúpida canción de regetón (perdón por la redundancia). Todo lo tonto y cursi de este planeta me remite irremediablemente a su recuerdo, un recuerdo que viene por partes: (empieza en su rostro y termina en su generoso trasero) como un grupo de instantáneas que en su develamiento progresivo ganan en intensidad (pero sobre todo en dimensión).

Nunca pude conseguir una hembra igual. A unas les faltaba porte, a otras gracia. Todas, sin excepción fueron más listas, pero ese factor nunca sirvió para más que para complicar las cosas. Sí. Todas cayeron en cuenta de una forma o de otra: No pasaba un día sin orbitar la misma idea recurrente (de pensar en arreglar, de creer que se va a volver) y la subsecuente imposibilidad (ya sea por un pretexto estúpido o por culpa de orgullo aún más estúpido) de tener el coraje de llamarla, o de buscarla, y de agachar la cabeza y decir "pegue (no más) mamacita!"

Han pasado doscientas semanas desde que (con un buen portazo) dio por terminada la relación, una relación cuya profundidad aún desconozco (a pesar de nunca haber perdido de vista el fondo).

Como si lo nombrado (por el mundo) no fuera poco, todavía encuentro las huellas de sus enormes pasos por (sobre) mi vida. Si no es una vieja carta; es una piedra; si se me ocurre releer algo, encuentro el separador que me trajo de honduras; si hurgo en un cajón: encuentro un mechón envuelto en un pañuelo que nunca me puse.

7.3.14

Auto-desk


La letra en el cuaderno me dice todo lo que la gente calla, me ayuda a aceptar lo que intuyo y que no termino de reconocer. Su imperfección me resulta ajena, sus rasgos no reconocibles. Mi letra dice lo que todos me censuran (amigos que prefieren callar antes que meter la cara y dar la talla para criticar): críticos autosilenciados en pompas de jabón, náufragos a quien nadie busca, extraviados también de sí mismos, en cuyos cuerpos como playas calculan el costo de la vida que no tienen, arrecifes como límites y en cuyo seno han decidido hacer patria. Esos, que somos nosotros y que vivimos el día, agotados de ir y venir de ninguna parte sin más más obligación que la de seguir en el camino, sin perro al que ladrar ni alambique que ordeñar. La virtud abandonó el barco al primer grito de alerta; en cubierta quedaron sus pequeños hijos bastardos (flacuchentos engendros con el abdomen hinchado por el parásito del orgullo y la maladopción), entes perezosos curtidos al sol de mediodía, afiebrados de besos y autoabrazos en sordos colapsos mentales; delirantes en la inmensidad del mar abierto: sin viento que les sople o corriente alguna que les empuje (despertados por el olor del yogurt rancio, reanimados por el olor agrio de una ensalada de frutas tropicales que otro se comió, asediados por necios mosquitos suicidas, atacados por hongos como impuestos mutantes, linces para una mitosis y fieles como el mal aliento). Mi amiga, la de la buena letra, se marchó diciéndome que no la veré de nuevo. Su tristeza quedó en el aire como pesadas partículas que nunca se disipan y que de vez cuando veces se ponen de acuerdo para entrar al cuerpo en bocanadas. El recuerdo evoluciona como un elemento pesado de núcleo inestable y órbita incompleta, siempre ansioso de enlazar nuevas partículas. Un olor que empuja desde atrás hasta dejarte frente a la ventanilla de los mil y un depósitos; depósito de agujeros sin rellenar, de reclamos de piezas faltantes, de letras mal cambiadas, de cheques sin firmar. Vivo el momento, pero también espero. Cuando esto sucede, la letra acusa a la falta de ánimo, al famélico estado del presente. La letra transparenta la piel y pone en bochornosa evidencia las costillas del hambre a pesar de los rasgos de fábrica que despistan como vestiduras (letra que no es estúpida y que se sabe, inevitablemente y sin otra opción, en la tarea de tener que juzgar a la mano que le da forma); letra que se desconoce y que trata de meter reversa para ser como en algún momento sintió orgullo de ser; letra que se desdobla y se observa a sí misma: infaliblemente torcida, travestida, fachosa y estúpida. Es entonces que se recae en el mal ánimo, asumiendo la escasez, la falta de atmósfera que sufren los de a pie, reconociendo el espejismo de unas ruinas venidas del futuro para decir lo que no se termina de tragar. La gasolina de la incertidumbre presta sus ojos a los que no quieren ver y antes de que se enfríe la noche, manadas de orcos con ojos de elfos se toman las calles como espíritus. Se recae entonces, en viejos hábitos, y con la ayuda de una red que no tejió araña alguna se establecen las viejas empresas (tontas pero efectivas) desordenadas y superficiales, en un desesperado intento de acelerar la partitura de las circunstancias, o para sortear la vida haciendo una elipsis que pase por alto lo que no se necesita ver (que no es poco). A veces, es imperativo catapultar las corazonadas a nuevas instancias. En ciertos puntos del camino (generalmente en períodos de sequía; extrañamente en los de abundancia) eclipsan los infinitos ojos de la cautela ante astronómicas cifras, los malos pensamientos, (como barcos a los ojos del náufrago) sucumben ante la precariedad de la moral, dejando el pasado enfundado en la acera sin darse la molestia de separar lo que se puede reciclar de lo que no. Y se hacen chocar contra el suelo las esperanzas para desprender el piso flotante de la cotidianidad (como regar cloro en el rubor de lo establecido). En busca, quizás, de un retorno buscado (pero siempre inesperado) a viejas prácticas (sabotaje, alquimia en reversa), escondiendo las ganas, jugando a ser Tarzán con un cordón umbilical que luego se echará a los perros del disimulo; siempre del otro lado de la calle, o más allá; el caso es no hacer ni caso. No hacer ni puto caso y soltar la lengua en la letra, y hablar de lo que a nadie le gusta (sobras, migajas, descosidos); y aunque sea sobre el papel, vengar el mal hábito de conseguirse un pato, ponerlo como un Ekeko de tareas y mandados y cuando no pueda más: echarlo a patadas, pero eso sí, elegantemente. Siempre adelante, como burro, o como cabra, pero siempre hacia adelante: reír y olvidar lo malo, porque claro, la memoria siempre va a preferir agarrarse de lo que le conviene a la vida: `los finales felices´ (que no son finales ni son felices); memoria que se aferra a la vida funcionando como una aguja que sólo toca lo que conviene; memoria como un buscador inservible para lo fallido, para lo inacabado, para lo viciado o lo eminentemente ridículo en donde el mar de lo negativo se evapora hasta dejar charcos que rara vez se pisan; memoria que colecciona infinitos errores de búsqueda o marcado, recuerdos como extensos directorios sacados de sus carpetas y enviados al más allá de la papelera de reciclaje en acciones que no pueden deshacerse. Una dinámica fantasma que termina cuando los archivos despiertan y reaparecen frente a nuestras narices cuando menos lo esperamos; hecho ante el cual no queda más que observar y esperar (como en un sueño) hasta que les de la gana de desactivarse para poder confinarnos (nuevamente y con desconfianza) en las inútiles cárceles de las que ya se escaparon. Los cucos de la memoria gustan dar de coces cada vez que nos damos la vuelta para pensar en el futuro. Ahora sé que ellos tienen una mansión allá afuera (calle desconocida; número incierto). Sólo el cochero de los malos recuerdos o el barquero del río del olvido conocen el camino; sólo ellos deciden si llevan o traen, si cruzan y llegan o si vuelcan y se hunden. Sin la caprichosa convocatoria a la que asisten los recuerdos de los que nos valemos como plastilina para modelar nuestro yo; en la sombra, en fantasmales espacios inhabitados: inmateriales; la vida detona en su ahogado mutismo: otras vidas. Instancias paralelas en las que se celebra la ignorancia y se sufre el orgullo, atmósferas en las que destellan los agujeros negros de la conciencia, en donde el ser se yergue con cada cabello perdido (con cada caries); en donde los bocetos de la mujer embellecen a la par que conmueven y nunca envejecen ante los ojos de quien las alimenta.