24.4.11

Transitorium


Tukson se encerró en el cuarto sin molestarse en responder los saludos. Encendió la computadora y en pocos segundos digitaba su nombre en el campo de búsqueda de la aplicación: Carol P.; Veinte años; Soltera; Busca amistad y contactos profesionales; Promoción 2009 de parvularia; STP; Fabulosos Cádillacs; Quentin Tarantino; Asociación de protección animal; No a las corridas de toros. Quiso escribir algo para adjuntar a la solicitud de amistad pero al cabo de veinte minutos de intentos, mitad pretenciosos mitad suplicantes, decidió dejarla así y esperar suerte. Pero como la espera desespera y la suerte no sonríe a los pobres, se propuso hacer algo para mejorar sus probabilidades de éxito. Si la primera impresión es la que cuenta, Tuckson estaba consciente de que la foto del lago era la que mejor podría despertar interés en ella. El alto contraste le permitiría apreciar su perfil afilado y el gesto contemplativo. Si en algún momento dudó de tener la opción adecuada, la opinión de veinte personas que habían dado su aprobación al puro estilo del pulgar romano no podían equivocarse, así que decidió que la foto se quedaría en donde estaba. En la siguiente, la segunda de cinco, Tuckson aparece de medio cuerpo en un taller pequeño, la pared está llena de cuadros, tiene los brazos cruzados y un par de mechas le ocultan una buena parte del rostro. La foto data de un período informal y transitorio al que siempre recurre. Viste un pantalón roto y una chaqueta deportiva americana con el número 55. La imagen es reciente y muestra un Tuckson seguro y confiado. Estas dos fotos, por sí solas, podrían llegar a definirlo o al menos eso pensaba; por un lado se encontraba su lado sensible y espiritual, y por el otro, su rebeldía y despreocupación para con la vida. Tan conforme como estaba, por el inteligente manejo de su propia imagen que se echó hacia atrás en la silla y descansó la postura para seguir pensando. Las dos primeras fotos se quedarían como estaban pero definitivamente tendría que hacer algo con las tres restantes. La primera de este grupo fue descartada por ser clara evidencia de su agitada vida nocturna. La segunda foto muestra a nuestro personaje con la mirada fija en un balón a pocos centímetros del suelo. La boca entreabierta y el pecho inflado, las piernas como brazos y los brazos como ramas. Si bien la desconocida podía valorar la intención técnica, la seriedad del gesto y la armonía de la ejecución, también podía ponerse a criticar el inusual vestuario, las malas condiciones del decorado y quién sabe si hasta la mala composición. Por esta razón y para no hacerse problema, Tuckson decidió dejar la decisión para el final y fijó su atención en un viejo dibujo digitalizado, en el cual, un personaje que bien podía ser un hombre como todo lo contrario, descansaba en una silla de plástico a espaldas de una gran ventana. El estilo era desenvuelto. Habían algunos objetos no reconocibles en el suelo y muy cerca de la base del asiento y casi fugando de la composición, había un pato mirando el techo como si este le fuese a caer encima. Las palabras de un amigo, opinando sobre la creación de Tuckson, fueron escuetas pero positivas: Si trabajases más en este estilo podrías lograr algo. Tuckson recordó esas palabras cada vez que al revisar algún cajón viejo, se lo reencontraba. Si bien esta obra /me permito llamarla 'obra' para no repetir dibujo otra vez/ mostraba su potencial artístico, también existía la posibilidad de que la muchacha entendiera la forma en la que el yo artístico de Tuckson se develaba de la manera más esencial a través de este ser asexuado y extraño cómodamente sentado en su habitación. Dicha interpretación, a su vez, traería dos posibles familias de respuestas, dejando la suerte a la mitad de las veces y por lo tanto, inseguro e impreciso. Escapando de la medianidad, de la mediocridad, incluso de la eurística, es decir, más allá de lo que se espera, Tuckson empieza a buscar, estando dispuesto a generar en caso de no encontrar, dos imágenes para lograr sus objetivos. Tuckson no es una joya en las matemáticas pero su pensamiento lógico lo guía al punto de hacerlo pensar que unos hilos invisibles lo tensan a actuar, hilos que solo el sueño corta. Empieza a revisar carpeta por carpeta, se sonríe, siempre que lo hace busca una cosa distinta. Necesita algo semi-formal semi-intelectual para completar su pequeña galería. Va por un café y frunce el ceño, nada de lo que ve le gusta. En una de las carpetas encuentra un trabajo universitario. La cabeza de Tuckson está montada sobre la cabeza de un literato en un parque del centro. La solemnidad de la fotografía se refuerza con el blanco y negro. El mensaje, lejano hasta para el propio Tuckson, crece mediante la simple observación en un geiser de significados. Probó la estatua en el conjunto y quedó medianamente satisfecho lo cuál fue más que suficiente ya que era consciente de que lo que estaba buscando no era más que una aproximación a lo que una mujer de ese tipo podría aspirar o alcanzar. El As de Tuckson residía, como ya mencioné, en su sensibilidad artística tan preciada en sociedades bárbaras como la nuestra. El caso es que Tuckson, con prisa obsesiva, buscó y rebuscó hasta encontrar una foto muy vieja en el interior de la carpeta menos explorada del disco. Sostenía un cigarrillo y miraba hacia el sur: distante, cerebral. Tal y como esperaría un tren, o un avión, a un nuevo mundo. De alguna manera, la foto dio en el blanco para reflexionar y eso fue lo que hizo durante la hora y media que se mantuvo editando. La imagen se retorció, la cabeza se hinchó y el ojo colapsó. El resultado superó las expectativas del propio Tuckson y colocando la última pieza en su lugar contempló el conjunto. La muestra virtual de Tuckson Morris N.16 estaba lista y ahora sí sólo le quedaba esperar. Con la resuelta idea de haber manipulado su suerte en la quinta dimensión, Tuckson se fue a acostar y disfrutó de la ansiada libertad que le brindaba el sueño.

14.4.11

#1

Esperé apretando el aliento,
hasta que mis dedos sangraron la espera,
salí a entretenerme al rojo de la desesperación
y cientos de cuerpos desfilaron ante mis narices,
percudidos de innumerables retrocesos,
de visiones de intrusos, ansiosos y resentidos.
Prefiero ser un cuerpo sin tierra,
comer del plato sin etiqueta,
apretar y aflojar hasta la enfermedad,
viajar por el mundo con la boca en la mano
y vomitarme en un espacio confortable
como un mal trago al revés,
con la fuerza del gesto del asquiento,
borrando toda huella que inculpe,
toda mancha indeleble,
o partícula desconocida,
desechando lo peor,
en donde el olor se desprende de la forma,
ante la imagen del futuro cierto
y ríe para espantar el llanto
o llora para olvidar la risa
y harta al más dibujado con cientos de cantos,
pintados de vergüenza,
delineados de sombras,
en la penumbra de la falsa réplica,
a la espalda del último resquicio de hombre.
Sangre fria para desayunar,
morder el anzuelo hasta romperse la boca
y perder los dientes hasta perder el habla
o cambiar la risa por el estertor
en profundos enclaves,
eléctricos, excesivos, innaturales
donde la seda no encaja ni se salva,
de destinos de sangre y granos.
Nunca falta la palabra de aliento,
que recuerda el sonido de la sangre,
realidades que vislumbran otras realidades,
aburridas, resignadas, gratuitas,
en donde el vértigo ya no perturba,
porque nada pasa del suelo.

6.4.11

7


Los lunes no le gustan a nadie, no sé por qué Chuck Norris permite que sigan en el calendario. Los martes no dejan de ser desagradables pero se soportan a sabiendas de que lo peor ya ha pasado. Los miércoles desconciertan, tanto así que cualquier cosa hecha el miércoles se celebra. Los jueves fácilmente se arruinan por temor de arruinar el día siguiente. Los viernes, a pesar de que frecuentemente se extienden hasta el sábado, pasan volando y se recuerdan poco; no sé si ésto sea bueno o malo. El sábado se prefiere descansar, pero quién no peca de ingenuo y termina haciendo lo que en el fondo quería. Desde la superficie, nadie es perfecto. Los domingos son los días más extraños de todos, el tiempo se extiende, la gente se peina y la ropa se plancha. Me gustan tanto como ir a dormir, o despertar, lo que mejor venga al caso.

3.4.11

Sin falta


Pero aguanta, que todavía no has escuchado el final. Entonces mi viejo se metió en la cancha con la camioneta como adivinando lo que iba a pasar y todos los hijos de puta se pusieron a perseguirnos a piedrazos. Ya en la calle, uno que ha de haber sido de atletismo le alcanza a bajar al Andrés y con otros cinco le empiezan a dar de cabeza contra una lanfor. Nos tocó bajar a ayudar y luego nadie nos ayudó a nosotros. Nos sacaron la entreputa esta vida y la otra. Mi viejo que por suerte tenía una llave de tuercas se alcanzó a bajar un parcito. Hasta el carro quisieron llevarse los pasposos. Sé que está mal generalizar y que habrá algunitos que se salven, pero desde ahí es que les odio a los de ese colegio de verga.