7.3.14

Auto-desk


La letra en el cuaderno me dice todo lo que la gente calla, me ayuda a aceptar lo que intuyo y que no termino de reconocer. Su imperfección me resulta ajena, sus rasgos no reconocibles. Mi letra dice lo que todos me censuran (amigos que prefieren callar antes que meter la cara y dar la talla para criticar): críticos autosilenciados en pompas de jabón, náufragos a quien nadie busca, extraviados también de sí mismos, en cuyos cuerpos como playas calculan el costo de la vida que no tienen, arrecifes como límites y en cuyo seno han decidido hacer patria. Esos, que somos nosotros y que vivimos el día, agotados de ir y venir de ninguna parte sin más más obligación que la de seguir en el camino, sin perro al que ladrar ni alambique que ordeñar. La virtud abandonó el barco al primer grito de alerta; en cubierta quedaron sus pequeños hijos bastardos (flacuchentos engendros con el abdomen hinchado por el parásito del orgullo y la maladopción), entes perezosos curtidos al sol de mediodía, afiebrados de besos y autoabrazos en sordos colapsos mentales; delirantes en la inmensidad del mar abierto: sin viento que les sople o corriente alguna que les empuje (despertados por el olor del yogurt rancio, reanimados por el olor agrio de una ensalada de frutas tropicales que otro se comió, asediados por necios mosquitos suicidas, atacados por hongos como impuestos mutantes, linces para una mitosis y fieles como el mal aliento). Mi amiga, la de la buena letra, se marchó diciéndome que no la veré de nuevo. Su tristeza quedó en el aire como pesadas partículas que nunca se disipan y que de vez cuando veces se ponen de acuerdo para entrar al cuerpo en bocanadas. El recuerdo evoluciona como un elemento pesado de núcleo inestable y órbita incompleta, siempre ansioso de enlazar nuevas partículas. Un olor que empuja desde atrás hasta dejarte frente a la ventanilla de los mil y un depósitos; depósito de agujeros sin rellenar, de reclamos de piezas faltantes, de letras mal cambiadas, de cheques sin firmar. Vivo el momento, pero también espero. Cuando esto sucede, la letra acusa a la falta de ánimo, al famélico estado del presente. La letra transparenta la piel y pone en bochornosa evidencia las costillas del hambre a pesar de los rasgos de fábrica que despistan como vestiduras (letra que no es estúpida y que se sabe, inevitablemente y sin otra opción, en la tarea de tener que juzgar a la mano que le da forma); letra que se desconoce y que trata de meter reversa para ser como en algún momento sintió orgullo de ser; letra que se desdobla y se observa a sí misma: infaliblemente torcida, travestida, fachosa y estúpida. Es entonces que se recae en el mal ánimo, asumiendo la escasez, la falta de atmósfera que sufren los de a pie, reconociendo el espejismo de unas ruinas venidas del futuro para decir lo que no se termina de tragar. La gasolina de la incertidumbre presta sus ojos a los que no quieren ver y antes de que se enfríe la noche, manadas de orcos con ojos de elfos se toman las calles como espíritus. Se recae entonces, en viejos hábitos, y con la ayuda de una red que no tejió araña alguna se establecen las viejas empresas (tontas pero efectivas) desordenadas y superficiales, en un desesperado intento de acelerar la partitura de las circunstancias, o para sortear la vida haciendo una elipsis que pase por alto lo que no se necesita ver (que no es poco). A veces, es imperativo catapultar las corazonadas a nuevas instancias. En ciertos puntos del camino (generalmente en períodos de sequía; extrañamente en los de abundancia) eclipsan los infinitos ojos de la cautela ante astronómicas cifras, los malos pensamientos, (como barcos a los ojos del náufrago) sucumben ante la precariedad de la moral, dejando el pasado enfundado en la acera sin darse la molestia de separar lo que se puede reciclar de lo que no. Y se hacen chocar contra el suelo las esperanzas para desprender el piso flotante de la cotidianidad (como regar cloro en el rubor de lo establecido). En busca, quizás, de un retorno buscado (pero siempre inesperado) a viejas prácticas (sabotaje, alquimia en reversa), escondiendo las ganas, jugando a ser Tarzán con un cordón umbilical que luego se echará a los perros del disimulo; siempre del otro lado de la calle, o más allá; el caso es no hacer ni caso. No hacer ni puto caso y soltar la lengua en la letra, y hablar de lo que a nadie le gusta (sobras, migajas, descosidos); y aunque sea sobre el papel, vengar el mal hábito de conseguirse un pato, ponerlo como un Ekeko de tareas y mandados y cuando no pueda más: echarlo a patadas, pero eso sí, elegantemente. Siempre adelante, como burro, o como cabra, pero siempre hacia adelante: reír y olvidar lo malo, porque claro, la memoria siempre va a preferir agarrarse de lo que le conviene a la vida: `los finales felices´ (que no son finales ni son felices); memoria que se aferra a la vida funcionando como una aguja que sólo toca lo que conviene; memoria como un buscador inservible para lo fallido, para lo inacabado, para lo viciado o lo eminentemente ridículo en donde el mar de lo negativo se evapora hasta dejar charcos que rara vez se pisan; memoria que colecciona infinitos errores de búsqueda o marcado, recuerdos como extensos directorios sacados de sus carpetas y enviados al más allá de la papelera de reciclaje en acciones que no pueden deshacerse. Una dinámica fantasma que termina cuando los archivos despiertan y reaparecen frente a nuestras narices cuando menos lo esperamos; hecho ante el cual no queda más que observar y esperar (como en un sueño) hasta que les de la gana de desactivarse para poder confinarnos (nuevamente y con desconfianza) en las inútiles cárceles de las que ya se escaparon. Los cucos de la memoria gustan dar de coces cada vez que nos damos la vuelta para pensar en el futuro. Ahora sé que ellos tienen una mansión allá afuera (calle desconocida; número incierto). Sólo el cochero de los malos recuerdos o el barquero del río del olvido conocen el camino; sólo ellos deciden si llevan o traen, si cruzan y llegan o si vuelcan y se hunden. Sin la caprichosa convocatoria a la que asisten los recuerdos de los que nos valemos como plastilina para modelar nuestro yo; en la sombra, en fantasmales espacios inhabitados: inmateriales; la vida detona en su ahogado mutismo: otras vidas. Instancias paralelas en las que se celebra la ignorancia y se sufre el orgullo, atmósferas en las que destellan los agujeros negros de la conciencia, en donde el ser se yergue con cada cabello perdido (con cada caries); en donde los bocetos de la mujer embellecen a la par que conmueven y nunca envejecen ante los ojos de quien las alimenta.