4.3.12

All is full of love


Llegué al abismo cuando aún se imponía la magia y de nada habría servido la capa, la espada, o el escudo que hoy no dejo ni para dormir. No es extraño vestir una armadura cuando se es aislado por llegar al conocimiento de forma intuitiva. Saber enloquece y la locura es temida como la muerte. Tal vez lo mejor sea olvidar la espera y abandonar el cuerpo en el blanco de la idea fija, pero sé de antemano que eso no me gustaría. El frío de la página, el lienzo omnipresente en el que desparramo mi vida espera ansioso e insolente el impostergable ajuste de cuentas; siempre receptivo, atento al menor de los roces. Seguimos como perros, olisqueando las hojas en las que se frotan, compitiendo contra semejantes por algo que bien se puede aprender a compartir. Hacemos lo que nos piden y nunca es suficiente, hemos cambiado, sí, pero nunca permitiremos que abandonen la tierra que tan fecunda esperma les administra. Es simple: la especie infectará el planeta hasta que se desista a renacer. Cosa extraña pero entonces sí tendrán que subirse los calzones y buscar nuevos perros que les ladren; a menos que, claro; eliminen este y fabriquen de una vez otro universo. Si se trata de una misión, o de un llamado, me da exactamente lo mismo. No lo sé, pero cuando decida bastar con todo esto extrañaré mis sueños, nada como el trance absurdo de la vida inocente.

Deudas firmes


La gente empezó a murmurar. Cualquier pendejo sabe las cosas que no se le pueden discutir a un cajero. —Patroncito de corbata es: sin su acolite quierde platita—. Y la voz del apuro colectivo no se hizo esperar: —Siga siga que hay que volver al trabaju—. Me cago en dios: como si uno no supiera quién es el que siempre ríe al último. En ese momento me sentí de manera opuesta a cuando uno siente que no puede pedir más. Ahí estaba yo, mi dinero, y mis putos formularios llenados al revés que me habían secado el cerebro la noche anterior. Maldita sea la rendición de cuentas mal cobradas y maldito mi orgullo matemático: ese bebé mal alimentado que chupa de la teta de quien se cruce por sus narices. Detesto a los cobardes que se abusan del número, sí, nunca terminaré de entender a la gente que va al estadio a empaparse en las olas de la histeria colectiva.