21.9.11

Frogs


Odio el agua fría o cualquier cosa que me la recuerde. Es por eso que detesto las ranas o cualquier cosa que se le parezca. Una vez me enfurecí tanto con ellas que cometí el error de pedirles que se callen; eso sí, enérgicamente. Me sentía mal y luchaba por pensar positivo. La noche estaba helada y las ranas seguían jodiendo la vida como si toda la tarde de aguas no hubiese sido bastante. El anfibio teme al humano. La prueba es que me obedecieron al unísono, dejándome de golpe cien veces más solo. Asombrado como estaba, me puse a reflexionar sobre mi naturaleza especial y tras mucho meditarlo, concluí que podría ser divertido mientras no me descubran. De un momento a otro y sin darme cuenta, ya me encontraba pensando en lo de siempre; cosas que el clima no resuelve. Decepcionado, invité a los anfibios a continuar, pero hasta ahora no llueve.

20.9.11

Ultramarinos


El conversatorio se retrasó por falta de público. Terminadas las palabras del director, el encargado de la logística se apuró en mover el pedestal hasta donde visiblemente estresada, esperaba la anunciada artista. Luego de varios intentos fallidos y a pesar de la intervención de un comedido, decidieron hacer lo que debieron haber hecho desde el principio, es decir, prescindir de la base. Tras breves palabras de agradecimiento, la residente de París dio un adelanto de lo que estaba por verse; en principio: Retratos de famosos y video poemas con todo lo que se pueda meter en el medio. Abriendo el primer video, la conexión con el proyector se interrumpe y las ventanas se cierran. Entendiblemente ofuscada y disculpándose por los inconvenientes, la artista buscó nerviosamente entre sus archivos, pero, ¡oh sorpresa!, los videos no se ejecutaron. Un amigo periodista, con muy buena fe de mis conocimientos tecnológicos y por supuesto, conocedor de mi debilidad por el acento francés, me animó a ayudarla. No le di atención y seguí en lo que me encontraba. Dos minutos después, entre la impaciencia murmurante de veinte gatos, se me ocurrió de qué podría tratarse. Me senté a su lado y con la voz muy baja le pedí que cierre todo las ventanas, doce en total y por supuesto, la aplicación. Simple como efectivo. Cuando ya parecíamos disfrutar las fachadas ondulantes y de la gente duplicada, el cable de señal empieza nuevamente a fallar, acompañado de vez en cuando por el protector de pantalla. Pintura cuadrimensional en Venecia. Música y movimiento, bueno, el cable del audio no funciona y hay que amplificarlo desde la portátil con el micrófono. Terminado el video, la pintura, y como si se tratase de una maldición, o de una broma, el proyector se apaga antes de llegar a la docena. El aparato, perceptiblemente sobrecalentado, resucitó tres veces, cada vez peor que la anterior, y terminó muriéndose ante el asombro de todos y la resignación sonriente del responsable. Nuevamente las disculpas y la preocupación. Con la valentía de quien no tiene remedio, la artista llevó su charla a las diferencias existentes entre su país de origen con respecto al país de residencia. Un profesor de universidad fue el primero en hablar, lo hizo por cinco minutos y no preguntó nada. Hubo una respuesta, pero no la recuerdo. A continuación pide la palabra un antiguo colega quien luego de expresar su admiración, criticó un par de cosas. La respuesta vino acompañada de interrupciones y nuevas preguntas. Para no elevar más el tono, la artista decidió dar por terminada la participación del conocido y darle la palabra a una señora sentada a mis espaldas. Por fin una pregunta normal, pensé al oírla empezar, pero por cómo se habían dado las cosas esa noche no me dejé engañar. Sí, la conocía desde pequeña, había seguido su progreso y visto su obra, decía admirarla como mujer, pero algo en el tono la delataba, ese tono que se antepone al ‘pero’ y que es el tono del ‘pero’ mismo. Y claro, al rato la adulación se tornó en crítica y posteriormente en reclamo. En resumidas cuentas: ingratitud; luego las felicitaciones y el sincero interés de un par de jovencitas; y finalmente; las palabras de una señora matemática que flipaba con los números de uno de sus videos. Muy sobre la hora, el impaciente encargado de la sala encendió las luces.

19.9.11

Jumping someone else’s train


El mañana se advierte pesado y confuso. Celebro la certeza de la distancia mientras escucho las notas de la interminable despedida. El esplendor deslucido de la ahogada posibilidad yace transformado en jirones de ropas que nunca vestí. Ahora que no podemos hablar, mucho peor vernos, entiendo que sigues tan lejos como siempre. Cómo objetar el vacío si mi intención siempre fue levantar el polvo, estornudar hasta la última partícula. No sé lo que me espere, quizás deba seguir rondando los bailes de máscaras; o tal vez, y a modo de despedida, deba visitar el templo y asegurarme de que nada haya quedado encendido. Cansarme, y de una vez por todas, de contentarme con lo que nunca quise encontrar. Si existiesen pruebas de vidas anteriores diría que venimos haciéndonos daño desde la gran explosión, pero claro, eso sería improbable, ya que teniendo en cuenta las buenas relaciones que mantengo con los que deciden, no se entendería tanta mala suerte.

7.9.11

uh..?


No sé por qué si se divierte me evita. Es delgada y no demasiado rubia. Cometí el error de decirle que me gustaba. Criticó mi falta de experiencia y se lo negué sin mirarla a los ojos. Dejé que juegue conmigo como en los viejos tiempos. —No es tu día de suerte. —dijo. Y no le creí. Al día siguiente me lancé a vivir un feliz día de mierda. Por la tarde un mensaje —no te despediste. Y su inmediata contestación —te di muchos besos antes de marcharme. Días después escribí sin recibir respuesta. No entendí nada. Le tengo tantas ganas que dejaría que me lleve a su país en una maleta; le desafiaría a comprobarlo, obviamente con algo encima, por eso mejor borré su teléfono. Sé bien que insistir empeoraría las cosas pero hay algo que finalmente me quedó claro. De haber sido mi noche, este texto no aburriría tanto.