12.11.11

Entwisyon


No debería permitirse que un hombre tenga más dinero del que pueda gastar; así mismo, no se debería dejar tener sólo para decir 'esto es mío'. Lo que no se utiliza se estanca y lo que se estanca no sirve para un carajo. Ser pobre tiene sus ventajas y poder vivir de la suerte es una de ellas (si busca bien encontrará quien lo admita). El resto (que son tan pocos y tan gordos) depende de su fortuna como de Dios: de boca para fuera y mientras sea necesario. Vendida la ilusión, el resto se compra solo. Sucede que cuando me sobran recursos pierdo la sensibilidad. Tener calma el ansia y ayuda a matar el tiempo, pero no sabe a nada. Antes de ponerse en los zapatos de otro averigüe de qué se alimenta. La sangre viste del azul de los pocos escrúpulos.

11.11.11

La pequeña Lulú


Los excesos de la noche anterior casi me dejan en casa, pero resultó que saliendo a llenar el buche, tarde en la tarde, me encontré con unos panas y dejé que me vayan cargando lejos, allá por el norte de la capital. Llegué a la fiesta sin mayores expectativas, fumamos un bate antes de entrar y rápidamente buscamos un centro de operaciones. Escogimos una pileta seca entre dos secciones de la construcción no sin antes pasar tomando cervezas y tostado. A nuestras espaldas estaba siendo proyectado un video-arte en el que unas pequeñas divas semidesnudas eran paseadas en carritos de supermercado. Una chica salió por la puerta de la cocina y vino directo hasta donde me encontraba, tomó mi mano y me arrastró delicadamente hasta la pista de baile. Nuestros cuerpos se vieron forzosamente juntados en medio del tumulto y no podía creer lo que estaba pasando; si seguíamos a ese ritmo estaríamos en mi casa antes de media noche. Sus caderas danzaban y no podía quitarle la vista de encima. Dándome por vencido de pensar algo inteligente le pregunté su nombre. Me miró extrañada y se arrimó el cerquillo para que la vea bien; al ver que no reaccionaba respondió. Me habría encantado ver mi expresión cuando luego de un par de agónicos parpadeos pude reconocer finalmente a la pequeña Lulú, novia de toda la vida de un excéntrico fanático practicante de artes marciales. Una corriente invisible me atravesó el espinazo y poco me faltó para desmayarme. No estaba loco, no, tampoco quería morir, pero la había cagado al punto de merecer, en homenaje a la torpeza, un pasaje directo al otro barrio. ¿Ajá? Lulú no me quitó la vista de encima hasta entender lo que había pasado. Lo supe porque su gesto cambió súbitamente de la decepción a otra cosa. Se despidió de mí con una delicada palmada en la espalda y luego fue directo a hundirse en un sillón por lo que quedó de la noche. Siempre es mejor no tomarse las cosas en serio; es la única manera de nunca hacer el ridículo.