25.2.09

El comediante


¡Alcohol¡ ¿Dónde hay alcohol? Muy bien… Vasos, vasos, vasos… por aquí hay vasos vacíos, por aquí medio llenos…, por aquí tres cuartos. ¡Disculpe! ¿Es por allá la cocina? ¿Recto por el pasillo? ¡Perfecto gracias! La cocina... Una botella de tequila sobre una mesa blanca y media botella de ron olvidada sobre una lavadora roja. ¿Y ahora qué?... ¡Ya sé! …Un shot de tequila para el frío y un vasito de ron para mantener el calor. ¡Ahora si…! ¡Dónde están las chicas!

(…) Observar, esconder el deseo, mantener la calma y dejar que las cosas sucedan. Los fracasos tempranos pueden desencadenar más fracasos y uno puede terminar siendo el apestado de la fiesta. ¿La táctica? Simple. Todos tenemos alguna gracia y la mía es ser gracioso. No me quejo. Aunque claro, antes de ser payaso profesional lo hacía con frecuencia. Llego a la sala y me deslumbro con un par de largas piernas envueltas en medias de seda negra. Escaneo de abajo arriba. Por encima de la rodilla aparece un vestido generosamente torneado por unas anchas caderas. Está de espaldas y no puedo ver su rostro. Doy la vuelta manteniendo cierta distancia y me hago invisible para poder observarla un poco. Luego de reconocer el territorio —el arte de la guerra— y de asegurarme que estuviera sola, me acerqué.

—¡Hola!
—Hola.
—¿Sabes? Te vi desde el otro lado de la sala y me pregunté si te molestaría que te pregunte algo.
—¿Eres amigo de Fulanito?
—¿Fulanito?
—¡El cumpleañero!
—No… la verdad no. Vine de colado. He llegado a la conclusión de que paso mejor en los lugares a los que no me invitan.
—¡Ja, ja, ja¡
—¿Tú que tal? ¿Eres su hermana? ¿su prima?
—No. Soy amiga de Fulanita, (…) …la hermana del cumpleañero.
—Vaya que gusto. Me llamo Menganito.
—¡Susanita! ¡mucho gusto!
—¿Eres casada?... ¿soltera?
—Casada, tengo dos hijas. Una de cuatro y otra de tres.
—¿Donde están ellas ahora?
—Supongo que con su padre. En casa de mis suegros. Seguramente están dormidas.
—Y… ¿te va bien?
—Supongo. Ja ja ja.
—Ja.. ja.

Un buen intento pero lastimosamente no me gustan los tríos. Regresé a la cocina y dupliqué el combo. Una falda verde buscaba sal para su tequila.

—¿Qué buscas?
—¿Qué te importa?

Eso fue grosero. Tenía que bajar mi nivel u olvidar mis principios. Entonces fui a la terraza. Tres chicas formaban un triángulo —si hubiesen sido cuatro habrían formado un cuadrado, dos, una línea— sus pies apuntaban a la puerta por donde entré y obviamente —aunque no lo hayan hecho notar— me vieron entrar y hacerme el tonto por el filo de la terraza. El trío estaba compuesto —no es del tipo de tríos al que me refería anteriormente— por un ceñido pantalón blanco acompañado con una fina-transparente camisa blanca con flores, zapatos blancos y diadema del mismo color; una falda de cuero negra, camisa negra y labios rojos enmarcados con graciosas ondas de cabello y; un vestido de encaje blanco-azul de bandas horizontales con ojos verde de mar.

Me acerqué un poco para escuchar su conversación. Hablaban de lo aburridas que eran sus clases en la universidad, criticaban a un tal Doctor M por dictar las clases más aburridas de la facultad y por ser novio de la más apestada del curso. Antes de que cambiaran de tema…

—¡Hola¡
—Hola (por dos, una ni siquiera se molestó en saludar)
—Les escuché hablar del Dr. M. (sus rostros empezaron a tornarse graves. La camisa negra cruzó los brazos sobre su busto y el vestido de encaje se tapó la mano con la boca).
—Sí, nos está dando unos seminarios. (La camisa blanca con flores)
—Qué curioso, es mi tío (Ni siquiera lo conocía pero sabría manejar la situación si no me daba un ataque de risa).
—Qué bacán… ¿tu eres? (La camisa negra)
—Menganito M.
—¿Y qué estudias? (El vestido de encaje)
—Actuación, ¿Cómo se llaman?
—(Una de ellas se apresuró a contestar por las tres) Marcy, Chali y Vero.
—Bueno, ahora estamos a mano —dije.
—¿Por qué? —preguntaron.
—Porque estoy tan seguro de que esos no son sus nombres como de que no conozco a ningún Dr. M. Es que vine solo y pensé…

Sin dejarme terminar, el vestido de encaje me golpeó con su bolso blanco. Las otras dos hicieron gestos desagradables y se fueron indignadas.

—Lo de la actuación fue cierto ¿verdad? —dijo el encaje blanco—
—Tambien fué una mentira —agaché la cabeza— ...soy diseñador gráfico.
—¡Oh, qué lástima! ...me habría gustado tener un novio dramático.

18.2.09

¿Fuego?


Los últimos trabajos del laureado guionista Patrick Jones han superado todas las expectativas. Su último film, Kamchatka´s dream, ha roto records de taquilla, superando con creces al bien ambientado film de Estéve Lafferson The road, the toad and the eagle .

La pantalla fundió al negro. La gente se apresuró hacia la salida. Me acurruque en la butaca y empecé a comerme las uñas. Cuando la sala terminó de drenar cinéfilos, crucé mi maleta al hombro y me dispuse a salir.

Parket sale del cine. Una cadenciosa e irritante melodía se suma al sonido de sus pasos. El pasillo está decorado con fotos de directores famosos. Groucho Marx fuma un habano y lleva puesto un sombrero; Sir Alfred Joseph Hitchcock enseña una claqueta a punto de choque; Woody Allen se abraza las piernas. Lleva puestos unos graciosos zapatos de boliche; Tarantino sonríe sardónicamente mientras apoya su carota sobre una de sus manos. Linch, Burton, Wenders, y George Lucas —entre otros— los acompañan. Al final del pasillo hay un hombre. Viste una gabardina gris y fuma con aire desinteresado. Cuando ve salir a Parket cambia bruscamente de actitud. Tira el cigarro y esconde las manos en los bolsillos. El ritmo se acelera. Los planos son cada vez más cerrados. Al llegar al final del vestíbulo, el extraño intercepta a Parket y le pide un cigarro. Parket contesta negativamente. Cuando éste se voltea con dirección a la salida, el hombre de gabardina saca un revólver y le dispara dos veces por la espalda.

Mientras más hacía memoria, más similitudes iba encontrando. No necesitaba más pruebas, estaba siendo espiado. Me sentía como Burbank en el Show de Truman. Tomé aire y apresuré el paso. El pasillo estaba casi vacío. Entonces lo vi, en toda su falsedad. Era el mismísimo bigote de Groucho Marx —Claro que no estaba posado en Groucho sino sobre la cara de un delgado hombre de negro—. Se me heló la sangre. Escuché un ruido detrás de mí y un hombre parecido a Alfred Hitchcock me pidió paso. Debió haberse quedado chorreado en su butaca, estaba seguro de haber sido el ultimo en salir de la sala. Revisé mis bolsillos: la fosforera, la billetera, el boleto, el dinero, todo menos los cigarrillos. Pensé en correr a buscarlos pero... ¿y si aparecía mientras intentaba huir? No tendría un cigarrillos que ofrecer. Di media vuelta y fui a buscar los cigarrillos.

Parket quedó inmóvil sobre la alfombra roja . La sangre reflejaba los destellos de las luces de neón.

Encontré los cigarrillos y me dirigí rápidamente a la salida, al llegar al pasillo fijé la vista en la alfombra. No quería encontrarme con Woody Allen, peor con Tarantino. El vestíbulo estaba silencioso y vacío. Salí a la calle riéndome de mi estupidez y de mi cobardía. Estaba haciendo señas para detener un taxi cuando escuché una voz a mis espaldas... ¿Tiene un cigarrillo? Rápidamente desenfundé la cajetilla de mi bolsillo y extendí el brazo. El extraño tomó uno y me dio las gracias. Di media vuelta y antes de poder dar un paso escuché... ¿Tiene fuego? ...¿Fuego? —contesté. Busqué en mi chaqueta, luego en el pantalón, luego otra vez en la chaqueta, nuevamente en el pantalón, en los bolsillos de la camisa...

17.2.09

De soslayo


Por más que intento incrementar el vuelo, el cinturón no me lo permite. Vuelvo a tomar impulso en veloz carrera y salto. Puedo distinguir bajo mis pies la plaza de toros, el redondel de la seis. Pierdo altura y vuelvo a caer. Me impulso más fuerte ésta vez. Abajo la iglesia, abajo la universidad. Caigo por última vez. El cinturón desaparece y me encuentro en la entrada de una curiosa fábrica —medio burtonesca medio linchesca—. Hay una vía central con una banda mecánica a nivel del suelo y a los lados desfilan paredes falsas y rieles transportadoras de más paredes o mecanismos. Algo así como una ensambladora de coches de juguete. Camino hasta la banda y me dejo llevar a través del interior de esa fenomenal maquinaria. Suceden cosas hacia donde se mire y otras más que uno se pierde. Después de un largo paseo, me encuentro fuera del jardín de una casa. Estoy exhausto. Rodeo el perímetro. Encuentro una puerta abierta y entro. En la sala —en el suelo— hay un colchón. El cansancio me vence y caigo como un árbol sobre el improvisado lecho. Al rato, despierto al escuchar murmullos y risas. Estoy acostado en una especie de loft. En el segundo piso hay un curso entero de niños recibiendo clases. El profesor está ocupado escribiendo algo en la pizarra. Los niños están intranquilos. Se han dado cuenta de que estoy despierto y comentan en voz baja mientras me miran de reojo.

16.2.09

No dejes para mañana (Cap. 2)


INTERIOR/NOCHE
Hipocresía visita a Orgullo. La habitación es tan pequeña que los personajes no pueden moverse con libertad.

HIPOCRESÍA: Mi estimado Orgullo ¿Cómo estás?

ORGULLO: Muy bien gracias. Excepto por una cosa...

HIPOCRESÍA: ¿Pasó algo?

ORGULLO: La última vez que hablamos, quedaste en pasar por aquí hace tres semanas. ...Pero ya no importa. ¿Qué te trae por aquí?

HIPOCRESÍA: !Orgullo¡ Lo siento en el alma. No debí hacerte esa promesa. He estado muy ocupada. No te miento. ¿Te enfadaste?

ORGULLO: Nunca es bueno faltar a la palabra.

HIPOCRESÍA: (...) Quiero explicarte el motivo de mi visita. ...Como bien sabes, Miedo ha estado saliendo con Calma, y Deseo está saliendo con Locura.

ORGULLO:¿Y qué?

HIPOCRESÍA: Pues que creo que tenemos algo en común. Ambos buscamos formar parte de la misma familia. ¿Sabes a lo que me refiero? Tanto Deseo como Calma están viéndose con sus respectivas parejas a escondidas de sus padres. Lo peor de todo es que ahora son cómplices. Creo que debemos unir fuerzas y creo que debemos actuar ya. ¿Estás conmigo?

ORGULLO: Nunca le perdonaré lo que me hizo.

HIPOCRESÍA:¿Qué es lo que te hizo?

ORGULLO: Me cambió por otro.

HIPOCRESÍA: La venganza es dulce. Para empezar, se como lograr que Miedo desaparezca de escena por un tiempo. Entonces tú me ayudarás con Locura.

ORGULLO: Esa mujer hace que se me ponga la carne de gallina. ¿Qué estás tramando?

HIPOCRESÍA: Necesitamos crear el ambiente para que Locura haga una de sus locuras.

ORGULLO:¿La que está loca eres tú? Esa bruja ni siquiera sabe que existo. ¡Nunca se fijaría en mi¡ Ni en un millón de años.

HIPOCRESÍA: Eso déjalo en mis manos que ya lo he tenido en cuenta. No tendrás que hacer nada. Te la entregaré en bandeja de oro. Pero eso sí, hay condiciones. Debes seguir el plan, pero eso ya te lo contaré a su tiempo. Bueno, te dejo. Tengo mucho, mucho que hacer.

ORGULLO: Un momento. ¿Qué pasará con Miedo?

HIPOCRESÍA: No le va ha pasar nada. Saldrá de escena con sus propios pasos.

LG


Mi celular tiene el tamaño del ancho de mi mano. Puedo hacerlo girar veinte o treinta veces mientras lo mando a volar por los aires. El noventa y nueve por ciento de los casos cae seguro en mi mano. El uno por ciento restante —nada despreciable ya que juego mucho con el teléfono— lo logro detener al menos un poco antes de que caiga al suelo.

Manipulo todo lo que cae en mis manos. Y claro… ¡Qué en este mundo no está diseñado para la mano!. Podría clasificar en este punto, el mundo de las cosas, según su relación con la mano. Para empezar, las clasificaré en relación con su permisibilidad.

Lo tocable: Desde una nuez hasta una montaña con todo lo que puede haber entre medio. Incluye turistas, osos de anteojos, botiquines de primeros auxilios, lanchas rápidas, etc... Lo intocable: Sierras en movimiento, cuchillas de guillotina en caída libre, sapos venenosos, ácido sulfúrico, arsénico, gas pimienta, etc. En esta misma clasificación también se encuentra: Penélope Cruz; la hermana de un amigo; la madre de un vecino, etc..

El celular —mí celular—es entonces, un artefacto tocable. El celular de otro se puede tocar pero hay que pedir permiso —no es lo mismo—.

Los objetos tocables se clasifican a su vez en: agradables y desagradables. Dentro de los agradables tenemos: Un barnie. Un casimir inglés. Una orca en un parque de diversiones. Una taza con chocolate caliente. La seda azul del forro de los asientos de un Chevy. Y… lo desagradable —aunque no me guste hablar del tema— como una multa, una babosa, o los restos del fregadero.

Un celular es del tipo agradable. Es un objeto tocable-agradable.

Los objetos tocable-agradables pueden a su vez clasificarse en objetos del tamaño de la mano o más pequeños denominados Palmares y, objetos más grandes que la mano o No palmares —o superpálmicos—. Luego, según la resistencia del material pueden ser clasificados en: inmortales, desechables y semiresistentes..

Y resumiendo. El celular —mí celular— es un artefacto tocable-agradable-palmar- semiresistente.

Dentro de este fabuloso grupo se encuentran los objetos más divertidos: Los controles remoto de máquinas y consolas. Los llaveros —palmares claro está—. El jabón. Una linterna. Una cuchara. Una fosforera. Una moneda. Un esfero. Una pelota. Unas baquetas. Etc.

Existen objetos que son más grandes que la palma de la mano pero que se los puede considerar como palmares por la forma en la que se utilizan. Este es el caso de paraguas, bates de béisbol, hachas, pliegos enrollados de cartulina, pan francés.

Los objetos palmares tienen tres tipos de libertades; Total: Celulares, Llaveros, pelotas; Parcial: palancas, picaportes; y, Nula: Cerraduras, seguros, corchos.

Los objetos palmares-libres están diseñados para ser manipulados.

Manipular. Viene del latín manipŭlus. [Manojo, unidad militar]. En el sentido tradicional, manipular es operar con las manos. Tiene una acepción que se refiere al exceso: [Trabajar demasiado algo, sobarlo, manosearlo]. Y otra al método: [Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares]. O también: [Manejar los negocios de alguien o mezclarse en los ajenos]. En fin, una palabra con mucha evolución.

Ser manipulador no es bien visto. Las manías no se quedan a atrás. Cuando un oponente captura una de tus piezas y empieza a manosearla te entran ganas de matarlo. Así las cosas. Lo mismo pasa cuando alguien tiene un tic nervioso, una muletilla o cierto tono de voz.

Cuando lanzo el teléfono por los aires —me he encontrado en la misma situación con un amigo más bestia que yo—. Los espectadores —impresionar es parte del show— en el fondo suelen desear que se me caiga el teléfono para poder soltar una sonora carcajada y poder pensar ‘eso te pasa por estúpido, celular cuesta plata’ y decir ‘que pena amigui, pero fresco, solo es un Nokia 12-80… mejor y te compras uno como el mío, ve, pantalla a color, ve, emepetrés’.

Lo lanzo mientras camino, a baja altura pero con bastantes revoluciones. Tengo que ser rápido. Me gusta ver el teléfono dar vueltas a la altura de mis ojos. Con eso es suficiente para saber donde atraparlo y seguir prestando atención al camino. Es raro. Muy raro que se me caiga. Nunca he roto un teléfono. Todos los que he tenido, o los he perdido o me los han robado. Lo máximo que me ha sucedido es tener que recoger el aparato en tres tiempos, empezando por el cuerpo del teléfono, seguido por la tapa de la batería y luego por la batería —que es la que suele volar más lejos—. Pero eso sí. En la mayoría de los casos, no han habido testigos —y eso se debe a que practico más cuando estoy solo—.

Necesito hacer algo con las manos. Tal vez por eso juego con el celular, con el control remoto del televisor. Y si tuviese una pistola. Por más intocable que pueda ser. Le sacaría las balas y jugaría como alguna vez jugué a ser vaquero —vaquero en una forma en la que me resulta difícil de explicar—ésta vez sería Travis en Taxi driver—. Are you talking to me? Are you talking to me?

Los seres humanos tenemos una manía con la muerte. Queremos morir de cualquier cosa menos de viejos —al menos se piensa así en la juventud y parte de la adultez— luego, ese ímpetu es mermado por la vejez y el adormecimiento del espíritu. Personalmente, cualquier cosa que ponga en peligro la existencia es muestra del espíritu que se mantiene indómito en el interior y por lo tanto un ejercicio de libertad —de rebelión—.

Poner en peligro a mi celular es mi forma de expresar al sistema que no me importa quedarme incomunicado. Que no necesito mensajes ni minutos para estar vivo. Que no soy uno más. —ojo que hablo del modelo global—. El mundo puede ser tan homogéneo como nos lo imaginemos. Si nos fijamos en el tamaño de las manos por ejemplo. Diestros, zurdos. Por qué todavía no nos ponemos de acuerdo. Claro, este modelo no sirve para las minorías. Por eso somos mudos en el plano mundial. Por eso tenemos que gritar. ¡Vamos zurdos del mundo¡ !Vamos a acabar con el sistema¡ —por si acaso soy diestro—.

En fin. Me lanzo el juguete de una mano a otra. De otro modo me estorbaría en el bolsillo del pantalón —en la chaqueta no estorba pero casi nunca lo llevo ahí—. Cuando no estoy jugando con él, el teléfono es un objeto inerte cargado de energía en reposo. Una forma de encontrar pero también una forma de evadir. El medio de las buenas y las malas noticias —generalmente de las malas—. Una alarma para empezar el día. Una calculadora para hacer cuentas —deudas, en el mayor de los casos—.

El otro día vía a un amigo discutir con su pelada por el celular. Apretaba el aparato con tanta fuerza que pensé que lo aplastaría. Me pregunto que hará con las manos cuando pelea con la chica en persona. Debe cerrar los puños y agachar la cabeza como un simio. Imagino que si tuviese una pistola en la mano, de seguro la apuntaría para que se calle o para que le dé la razón.

A ésto es a lo que yo le llamo pensar con la mano.

13.2.09

Otro incidente menor


Se observa en el espejo. Se lame desde la cabeza hasta la punta del rabo. Recuerda sus travesuras. El miedo le hace sentir vivo. Termina su limpieza y sale a la calle. Camina por los tejados, observando y olfateando el territorio. Levanta la cabeza y apunta las orejas hacia la casa vieja del final de la calle.

Sube al muro y se sienta a la sombra de una frondosa rama. Olfatea. El viento no ayuda. Salta desde el muro a la terraza de la casa siguiente y continúa su camino por el borde. El olor empieza a ser más fuerte. No hay duda. Es una gata y está en celo.

Abre muy bien los ojos y explora los alrededores. No percibe ningún peligro. Si el olfato no le falla, la gatita está en la planta baja o en el sótano. La casa es un perfecto cubo de cemento. Como no puede bajar desde la azotea, regresa sus pasos al muro para buscar un acceso desde la calle o desde el patio. Se queda sentado estudiando la situación. Un montón de niños persiguen una pelota en al frente de la casa. El patio trasero está custodiado por un gigantesco pastor alemán.

Exponerse a ser atrapado por los niños del barrio no resultaba ser una buena idea. Ir por el patio de atras sería un suicidio. Ahora busca un poco de sol. Levanta la nariz y sigue olisqueando el ambiente. Intranquilo, vuelve a la terraza de la casa y hace marcas con su orina y con sus uñas. Los gatos de los alrededores no tardarán en darse cuenta –piensa-. Tendrá que montar guardia hasta que llegue oscurezca.

La noche llega con un reflejo intestinal. El gato tiene hambre pero su instinto no le permite pensar en eso. Los niños son llamados por sus madres y la calle queda en completo silencio. Baja del muro y asoma la cabeza por la rejas del cerramiento. Nada. Solo la noche.

Toma aire y salta a la acera. Pega una veloz carrera y busca por donde colarse a la casa. La pared es alta pero no es obstáculo para un gato adulto. Después de trepar se queda sentado encima de la cubierta de la puerta del garaje. Hay gente en casa. A través de las cortinas ve dos siluetas yendo de la sala a la cocina. Después, una niña baja con una gata en brazos. Es blanca y tiene un ridículo lazo rojo en el cuello.

Se ovilla y permanece inmóvil. En el segundo piso hay una habitación con la ventana abierta. Tiene que esperar a que todo el mundo se duerma. Ve a la familia cenar. Tiene hambre y frío pero permanece en la misma posición. Escucha a la gata maullar y se le erizan los bigotes.

Después de comer, la familia recoge los platos y va a la cocina, permanecen un momento allí y luego suben a los cuartos. La niña entra a su habitación y a los quince minutos apaga la luz. La gata queda dormida sobre la cama, a los pies de la niña. La ventana sigue abierta.

Espera un poco y se anima. Baja al jardín y sube por la pared. La niña está profundamente dormida. Se coloca en el pie de la ventana y empieza a maullar. La gata lo escucha y se despierta. De repente se abre la puerta principal. El perro sale súbitamente y empieza a correr frenéticamente por el patio. Olfatea el ambiente y se pone nervioso. No tarda mucho en percatarse de la presencia del gato y empieza a ladrar hacia la ventana.

La niña se despierta. La madre enciende la luz y entra al cuarto. El gato, sintiéndose amenazado por los dos frentes pierde el equilibrio y se cae. El perro lo recibe en el suelo y con una letal mordida lo sacude como a un muñeco. El hombre hace que el perro suelte a su presa pero ya es demasiado tarde. La cabeza cuelga de su cuello como una flor marchita. La gata se acerca a la ventana y maúlla en tono casi inaudible.

La niña pregunta por el escándalo. La madre hace que la niña vuelva a la cama y cierra la ventana. Se sienta en la cama y le cuenta una corta historia de princesas, cuando la niña queda dormida, apaga la luz.

No dejes para mañana (Cap. 1)


INTERIOR/DÍA
Instalaciones del Nido de sentimientos. Deseo da encuentro a Miedo en un gran sala de espera. Lo invita a sentarse.

DESEO: ¿Por qué me temes? No te voy a hacer nada.

MIEDO: Nada personal, soy un tanto cobarde.

DESEO: Puedes estar tranquilo, nunca te obligaría a hacer algo que no quieras.

MIEDO: ¿Puedo preguntarte algo?

DESEO: ¡Faltaría más¡

MIEDO: Disculpa que me entrometa en tu vida.

DESEO: Pregunta sin miedo.

MIEDO: Me pregunto a qué le temes.

DESEO: Pues le temo a muchas cosas. ¿Y tú? ¿A qué le temes?

MIEDO: Temo que te aproveches de mi. Temo que no seas quien dices ser.

DESEO: Pero si ni siquiera sabes quién soy. ¿Acaso me conoces?

MIEDO: Claro que sí, nos conocemos desde hace mucho.

DESEO: La verdad es que no te recuerdo.

MIEDO: No me recuerdas porque no lo deseas.

DESEO: Muy bien ¿Quién eres?

MIEDO: Soy el miedo.

DESEO: Tienes razón, ahora te recuerdo. ¿Tiempo que no nos vemos verdad?

MIEDO: Mejor así.

DESEO: Bueno, que te trae por aquí.

MIEDO: No sé si deba.

DESEO: Por favor. ¡Cuéntame¡

MIEDO: Dame tu palabra de que no se lo vas a contar a nadie.

DESEO: Lo único que deseo en éste momento es que me cuentes de una vez por todas qué te trae por aquí.

MIEDO: He venido en busca de consejo.

DESEO: El miedo pidiendo consejo al deseo¡¡ vaya cosa tenebricosa. …Muy bien, tienes mi palabra. ¿En qué te puedo ayudar?

MIEDO: No sé, es difícil de explicar. Lo que me sucede compromete a muchos sentimientos.

DESEO: Si no me cuentas lo que pasa, no te puedo ayudar.

MIEDO: Muy bien…

DESEO: Muy bien…?

MIEDO: Estoy enamorado de tu hermana.

DESEO: ¡Te enamoraste de Calma¡

MIEDO: Me hace sentir en paz, olvidar el miedo.

DESEO: Muy bien. Te voy a pedir una cosa…

MIEDO: Sabes bien que si me amenazas, terminaré escondido por los siglos de los siglos en el corazón de los hombres. Además, tu hermana me esperará tranquilamente hasta que cambies de opinión.

DESEO: No me importa.

MIEDO: Si me uno con Calma, el miedo desaparecerá y el deseo crecerá en sus corazones.

DESEO: Qué dice mi hermana al respecto.

MIEDO: Puedo asegurarte que el sentimiento es mutuo. Aunque no lo demuestre en público.

DESEO: Cuanto llevan.

MIEDO: Solo un par de años.

DESEO: Vaya vaya. Qué guardadito se lo tenían…

MIEDO: Me vas a ayudar?

DESEO: Lo voy a pensar. Pero antes tengo que hablar con mi hermana.

INTERIOR/NOCHE
Deseo da encuentro a Calma en una gran sala de espera como la anterior.

DESEO: Hola hermanita. Estabas dormida?

CALMA: Hola hermano, que te trae por aquí.

DESEO: Bueno… quiero ser breve.

CALMA: A mi me da igual, ya me despertaste.

DESEO: Miedo fue a visitarme. Lo sé todo.

CALMA: No pretendo quitarte tu tiempo.

DESEO: He hablado con Miedo. Quiero que desistas de tus planes. Quiero que lo pienses bien.

CALMA: Lo he pensado bien. ¿Nos apoyarás?

DESEO: No es lo que había imaginado para ti…

CALMA: Tú tampoco has obrado según mis deseos. Ha llegado a mis oídos que estás saliendo con Locura.

DESEO: Somos amigos. Nos vemos de vez en cuando.

CALMA: Parece que no soy la única que sabe guardar secretos verdad. Sea lo que sea, creo que hacen bonita pareja.

DESEO: ¿Eso crees?

CALMA: Completamente. A los que no les va a gustar nada de esto es a nuestros padres. Debemos unir fuerzas. Si no, yo terminaré casada con Orgullo y tú con Hipocresía.

DESEO: Muy bien… ¿Tienes algún plan?

CALMA: Necesito tiempo para explicártelo.

DESEO: ¡Oh, no! Pero si ya son las ocho.

INTERIOR/NOCHE
Plano infinito blanco. Locura está vestida de blanco. Deseo viste de rojo. Están de pie. Muy juntos, frente a frente.

DESEO: Hola mi vidita. Llegó el tornillo que te falta.

LOCURA: Por qué llegas tarde? Me enloquece que te retrases.

DESEO: Buenas noticias. Miedo vino a visitarme y me contó que está lócamente enamorado de mi hermana.

LOCURA: ¡Qué romántico! …pero, …pensé que Miedo no te simpatizaba.

DESEO: Lo he pensado mejor.

LOCURA: ¿Se lo contarás a tus padres? …es decir, lo nuestro.

DESEO: Es lo que más deseo en el mundo, pero hay que tomar las cosas con calma.

LOCURA: Pues espero que sea pronto. No soporto las esperas.

11.2.09

El concierto


La alarma del reloj me trajo de vuelta a mi alquilado y compartido departamento. Desperté con un fuerte dolor en el lado proximal de la pantorrilla. Para no quedarme dormido —aunque con ese dolor no sé cómo pude dormir— me senté en la cama. En solo una hora tenía que estar en casa de P con los carnés del equipo.

Al ponerme de pie, un agudo dolor me recorrió desde la pierna hasta el cerebro. No puedo jugar así —pensé—. Después de revisar sin suerte el contenido de los vasos que acumulo en la habitación, tuve que resignarme a ir en busca de un poco de agua a la cocina. Cada paso por el largo pasillo era como un martillazo al hueso y de rebote a la conciencia. Bebí un litro de agua con la cabeza palpitándome por cada sorbo.

Regreso al cuarto y reviso los pantalones. En lugar de los veinte dólares que cargaba el día anterior, encontré el pedazo desprendible de la entrada al concierto. Después de varios intentos inútiles, hallo el teléfono debajo de la cama, escondido en el fondo de una de mis pantuflas. Estaba apagado y había dejado el cargador en la oficina. Si el partido se suspendía yo sería el último en saberlo. Eran las 7.30 de la mañana. Recorrí el largo pasillo una vez más para encender el calefón y poder darme un baño, luego —agotado por dos viajes a la cocina— me senté en la cama y aproveché para hacer memoria.

Trabajé como hasta las cinco. A las seis me junté con C para jugar ping pong en un club de la mariscal. Después de perder tres mesas seguidas nos sentamos a tomar cerveza y charlar. Más tarde logré convencer a C —aún no se como— para que me acompañe al concierto. Compramos media de aguardiente y marchamos para allá.

El redondel así como las calles aledañas estaban repletas de gente vestida de negro. Tres generaciones de aficionados y especialistas del trash metal se habían dado cita para ver a los maestros. Parqueamos el auto y fuimos a recorrer. Cuando se terminó la media C se despidió y se fue. Las entradas de reventa superaban mi presupuesto asi que decidí darme una vuelta a ver si encontraba a alguien. No sé cuanto tiempo habré estado deambulando —aquí la historia empieza a ponerse confusa— pero me encontré con K —la ex de R— casi en el mismo lugar en el que me despedí de C, me alegré tanto de ver una cara conocida que le saludé con un fuerte abrazo.

Del resto de la noche solo tengo instantáneas. Una calle vista desde el suelo con noventa grados de inclinación. Un policía guardando distancia de mi con la ayuda de un tolete. Un tipo rubio con una guitarra encima de un escenario.

Me dí un baño en agua tibia. Con ánimos recobrados —digamos en un cinco por ciento— busqué mi uniforme, mis pupos, mis canilleras. Guardé todo en la maleta —sin olvidar los carnés— y salí. Como no tenía ni un centavo, tuve que cojear hasta el cajero automático a tres cuadras de mi casa. Luego tomé un taxi —al mal paso darle prisa— para poder llegar a la hora acordada.

P tardó un buen rato en salir. El partido había sido suspendido porque se habían enterado de lo que me sucedió en el concierto —K había telefoneado a un par de amigos la noche anterior—. Para colmo, como no contestaba el celular, me pensaban muerto o herido.

—Y... ¿qué me pasó?
—Pues que te pegaron.
—¿Quiénes?
—Unos manes. K estaba contigo cuando sucedió.
—¿Por qué?
—K dice que estabas loco.

Hasta hoy no puedo hablar con K de lo sucedido. Los puntos perdidos casi nos cuestan la clasificación y el dolor de pierna me duró como dos semanas y media. Me encantaría saber lo que pasó. Esas cosas no suceden todos los dias.

6.2.09

Sexto sentido


Fumamos en el pasaje de mi casa, casi al frente de la fiesta en la casa del 'horse'. Ya de vuelta en la huevada, una man que me interesaba me preguntó si me pasaba algo; le respondí que todo estaba a la perfección, sin miedos ni titubeos, pero por si las dudas, decidí salir a tomar aire y relajarme un poco. Alejados de la puerta, un tipo que no cachaba y uno de mis panas sostenían una conversación. De repente, y por las huevas, este man se raya y le mete un quiño a mi pana. Me puse pilas y cuando quise saltarle encima al cabrón, un pana del man que había estado mirando se interpuso para ofrecerme disculpas. Le faltó llorar, pero estuvo muy cerca. Para cuando logré quitármelo de encima el insecto ya había logrado meterse al escarabajo. La gente empezó a salir a ver que pasaba. Al minuto, la fiesta entera participaba del escándalo. Finalmente, cansados de zarandear el auto al estilo de la selva dejamos que se larguen. Llámese sexto sentido femenino pero la chica nunca más me volvió a hablar.

2.2.09

La terraza


Como el noventa por ciento de las veces llegamos sin avisar. Andrés no pudo disimular su fastidio desde el otro lado del citófono. De seguro tenía algún programa y veía en nosotros una amenaza a sus planes. Tuvimos que insistir para que nos abra la puerta.

El departamento quedaba en el tercer piso de la casa, era un lugar amplio y luminoso. Pero claro, ya era de noche. Al entrar, vimos a un amigo de Andrés tocando sentidamente una balada. Andrés descansaba de medio lado sobre una de las camas con una vaso de cerveza en la mano. En la cama de enfrente, sentadas y aburridas, estaban un par de peladas.

La situación, en principio, resultó de los más extraña y absurda. El tipo de la guitarra estaba más preocupado por su guitarra que por otra cosa, Andrés, por su lado, estaría de seguro imaginando que en un momento u otro, alguna de las chicas saltaría a sus brazos muerta de amor.

Pasaron algunas horas y todo seguía igual. El amigo se tocaba un tema tras otro y ya estaba medio borracho, Andrés no se quedaba atrás y si tenía interes o intención de agarrarse a una de las peladas había sido un fracaso absoluto. Esperé una de sus incursiones al inodoro y jugué mis cartas. Me acerqué a una de ellas y le pregunté al oido si quería conocer la terraza.

Sin necesidad de entretelones empezamos a besarnos. A los cinco minutos salió Ronny con la otra. No pasó mucho tiempo antes de constatar que salieron a hacer lo mismo que nosotros. Cuando Andrés de percató de la situación se hizo el de la vista gorda y regresó con su amigo. Juntos entonaron una canción de Sabina. Cuando volvimos a entrar –media hora después- Andrés y su pana estaban profundamente dormidos. Un par de botellas vacías, un cenicero repleto de colillas y una guitarra.

Con toda la pena del mundo tuvimos que despertar a Andrés para pedirle un poco de dinero. Silenciosamente, sacó un par de dólares de su billetera y nos hizo un gesto con la mano a modo de despedida. Camino a casa no podíamos parar de reír. Rony se recordó una canción de ilegales que resumía muy bien el espítitu de la noche.

«Llegamos a la fiesta / Sin estar invitados / Llegamos a la fiesta / Sin estar invitados / Nos bebimos su bebida / Nos comimos su comida / Metimos mano a las chicas»

Al otro día nos invitaron a salir. Llegamos antes de la hora indicada. Estábamos preocupados, había que verlas sin el efecto embellecedor del alcohol. Cuando aparecieron, nuestro primer instinto fue dar media vuelta y regresar por donde vinimos. Saludamos con un besito en la mejilla —sacando el culo— y a los cinco minutos nos descolamos.

Cuentan que Andrés siguió llevándose con ellas. Me pregunto si ya logró meter mano.