11.2.09

El concierto


La alarma del reloj me trajo de vuelta a mi alquilado y compartido departamento. Desperté con un fuerte dolor en el lado proximal de la pantorrilla. Para no quedarme dormido —aunque con ese dolor no sé cómo pude dormir— me senté en la cama. En solo una hora tenía que estar en casa de P con los carnés del equipo.

Al ponerme de pie, un agudo dolor me recorrió desde la pierna hasta el cerebro. No puedo jugar así —pensé—. Después de revisar sin suerte el contenido de los vasos que acumulo en la habitación, tuve que resignarme a ir en busca de un poco de agua a la cocina. Cada paso por el largo pasillo era como un martillazo al hueso y de rebote a la conciencia. Bebí un litro de agua con la cabeza palpitándome por cada sorbo.

Regreso al cuarto y reviso los pantalones. En lugar de los veinte dólares que cargaba el día anterior, encontré el pedazo desprendible de la entrada al concierto. Después de varios intentos inútiles, hallo el teléfono debajo de la cama, escondido en el fondo de una de mis pantuflas. Estaba apagado y había dejado el cargador en la oficina. Si el partido se suspendía yo sería el último en saberlo. Eran las 7.30 de la mañana. Recorrí el largo pasillo una vez más para encender el calefón y poder darme un baño, luego —agotado por dos viajes a la cocina— me senté en la cama y aproveché para hacer memoria.

Trabajé como hasta las cinco. A las seis me junté con C para jugar ping pong en un club de la mariscal. Después de perder tres mesas seguidas nos sentamos a tomar cerveza y charlar. Más tarde logré convencer a C —aún no se como— para que me acompañe al concierto. Compramos media de aguardiente y marchamos para allá.

El redondel así como las calles aledañas estaban repletas de gente vestida de negro. Tres generaciones de aficionados y especialistas del trash metal se habían dado cita para ver a los maestros. Parqueamos el auto y fuimos a recorrer. Cuando se terminó la media C se despidió y se fue. Las entradas de reventa superaban mi presupuesto asi que decidí darme una vuelta a ver si encontraba a alguien. No sé cuanto tiempo habré estado deambulando —aquí la historia empieza a ponerse confusa— pero me encontré con K —la ex de R— casi en el mismo lugar en el que me despedí de C, me alegré tanto de ver una cara conocida que le saludé con un fuerte abrazo.

Del resto de la noche solo tengo instantáneas. Una calle vista desde el suelo con noventa grados de inclinación. Un policía guardando distancia de mi con la ayuda de un tolete. Un tipo rubio con una guitarra encima de un escenario.

Me dí un baño en agua tibia. Con ánimos recobrados —digamos en un cinco por ciento— busqué mi uniforme, mis pupos, mis canilleras. Guardé todo en la maleta —sin olvidar los carnés— y salí. Como no tenía ni un centavo, tuve que cojear hasta el cajero automático a tres cuadras de mi casa. Luego tomé un taxi —al mal paso darle prisa— para poder llegar a la hora acordada.

P tardó un buen rato en salir. El partido había sido suspendido porque se habían enterado de lo que me sucedió en el concierto —K había telefoneado a un par de amigos la noche anterior—. Para colmo, como no contestaba el celular, me pensaban muerto o herido.

—Y... ¿qué me pasó?
—Pues que te pegaron.
—¿Quiénes?
—Unos manes. K estaba contigo cuando sucedió.
—¿Por qué?
—K dice que estabas loco.

Hasta hoy no puedo hablar con K de lo sucedido. Los puntos perdidos casi nos cuestan la clasificación y el dolor de pierna me duró como dos semanas y media. Me encantaría saber lo que pasó. Esas cosas no suceden todos los dias.

3 comentarios:

lappel dijo...

hay algo en el relato que parece inspirar ciega confianza. ja ja ja

diga si no se trata de un criterio SUIDESCO.

L.

Eclipse dijo...

opa, este señor sigue mi blog y escribe interesante
gusto pasar por acá
besos

L G dijo...

Hervvvvvvvvváás, , , zzzzzzzz
no te duermas, , , escribe otra mááás


Liliana