28.12.08

Inventario


Si uno es lo que le rodea. He aquí un poco de lo que tengo a la vista: Un viejo gato negro de felpa; un buda, una rana y un dragón de bronce; una camiseta roja del Manchester y un bolso blanco del Liverpool; un cenicero con un pollo amarillo; un desodorante, una fosforera y una pipa rota; un montón de rekortes de Miguel Varea; una caja de tela roja con bolas chinas; una guitarra roja con un sticker de bola de dragón; una memoria de un giga con toda la discografía de Django Reinhardt; las copias de tres manifiestos /dos de Bretón/; una fanta de un litro y un vaso con fanta; la vieja agenda amarilla con el viejo mapa del metro de Madrid; una raqueta de ping-pong; un muñequito de Bob Dylan acompañado de un perro y un conejo; un póster gigante de Interpol; una buena tele plagada de mala televisión; un basurero lleno de colillas de Marlboro rojo /provocando cáncer desde que se institucionalizó el vicio/ y muchos empaques de rapidito /combatiendo el hambre con alimentos precocidos/; una caneca llena de ropa sucia; un armario lleno de lo mismo; un dvd sin control remoto /Stop-stop-play/; un globo terráqueo con ciclos lunares; una lupa, un dominó cubano, un tablero de Risk sin Mordor ni Gondor; una bandera de España sin pedestal; una llama demasiadamente blanca del Perú; siete aviones de seis dólar, un libro pirata de Mafalda, dos tableros de ajedrez /uno de ellos vendido/; una chaqueta negra salpicada con pork with beans; una computadora con efisema pulmonar; un bono navideño escondido debajo de un desconectado escáner; unas llaves condenadas a cadena perpetua, una libreta del IESS con seis meses de aportes; una caja de herramientas, cuatro más abarrotadas de cine y series de televisión; cuarenta Gigas de música mal etiquetada; platos y cubiertos formando nuevas formas; un gran edredón sobre una cama que brilla por su ausencia y sobre todo polvo: mucho polvo.

23.12.08

Por si las moscas


Me disculpo por todas las lagartijas, por todas las moscas. Por todas las abejas que asfixié. Por ese cuy, perico, hámster, que reventé, aplasté, ahogué. Me disculpo por ser demasiado humano o por no serlo en lo más mínimo. Me disculpo por no poder dar la cara bajo ciertas circunstancias o ante la presencia de ciertas personas. Me disculpo por no poder responder a ciertas preguntas. Me declaro ignorante en temas de política, deportes y vida de famosos, pero no me disculpo por eso. Me declaro loco ante el loco y su discurso. Me disculpo por eso. Por los peces, las avispas, las arañas y las gallinas. Por no ser demasiado justo. Por no poner la otra mejilla. Me disculpo por la carretera, por la gasolina y por el plástico –aunque no tanto–. Me disculpo por pensar mal, por hacer volar mi imaginación. Por sucumbir ante la belleza. Por traicionar mis principios. Me arrepiento por sentir remordimiento cuando tengo que sentir rabia. Por no encontrar un norte. Por eso que tengo que hacer y no hago.

El kamión de los eskimo


Estaba revisando un libro y me encontré con esta obra de Fouquet. La virgen de Melún, también llamada La virgen con el niño, formaba parte del Díptico de Melún realizado para la capilla de Melún en el siglo XV. La virgen –tan rubia que parece tener afeitada la cabeza— tiene un pecho al aire. Sostiene a su hijo, medio de pie, medio sentada, en una especie de trono. El niño, medio acostado, medio de lado, señala a alguna parte, fuera de la composición. Melún hacía de rey en una corte, allá por Melún. Tenía esposa amarilla y muchos ángeles rojos. Su esposa, rapada a mate su cabeza. Daba de lactar a su bello primogénito. Realmente era el segundogénito, pero éste murió sin que nadie se diese cuenta. Además, la reina, no tenía seguro médico. El rey Melún no simpatizaba con su hijo Melún Segundo, al que no podía ni ver. El sentimiento era mutuo, el niño lloraba nada más al verlo, con el paso de los meses, el niño empezó a dominar el miedo, pero siempre guardó para su padre el más inocente odio que un niño puede guardar por su padre.

El calorcito de tus besos


Sus manos doblan el papel. Hay una gran mesa separándonos. El uniforme le hace ver mayor de lo que es. A sus espaldas, las ventanas dejan ver una enorme montaña repleta de árboles. Me deshago del paisaje y me concentro en ella. Está sentada en una enorme sillón negro. Al terminar, salta hacia mi posición y me regala un dulce beso.

El otro día me regaló un muñequito de famoso. Ahora tiene la medida exacta de mi sonrisa. No me importa que sus ojos sean como dos grandes incógnitas, o que su tiempo sea su tiempo y no el mío. Me tiene sin cuidado el salto generacional o la intensidad de la época. La obsolescencia de la moral o la caducidad del espíritu. Solo sé que cuando está conmigo... el tiempo pasa.

Parece que esta noche tampoco vendrá a dormir.

22.12.08

Inocente palomita, inocente palomar


Deshacer acciones es parte de nuestra cotidianidad. Las aplicaciones informáticas nos permiten participar de manera casi ilimitada, sobre el curso de los sucesos. La manipulación de la eventualidad, nos hace sentir semidioses.

Cómo me gustaría hacerle 'manzana zeta' a mi vida —dijo sentidamente. Era muy original y también muy inocente de su parte pensar que con una simple instrucción podría rehacer su vida. El contexto es fácil de resumir: se enamoró de una mujer, cuando despertó tenía dos hijos, una esposa irresponsable y una costosa carrera por terminar. Sucedió como suceden las cosas fuera de los cuentos infantiles.

...desde esta habitación, al espacio exterior


Olvidarse de sí mismo. Autosometerse. Dejarse llevar.

La lógica se cuelga en digresiones. La esperanza se abalanza a los hechos. La lengua juega con fuego y acero. El alma se incendia. Los abrazos cortos, los besos largos. Las palabras sobredimensionadas. El atrevimiento de la voz. La mueca absurda del confort. La mirada vacía del amor. Todo con un mismo boleto, sin derecho a devoluciones, sin seguro contra accidentes, sin premios de consuelo.

Amnesia o masoquismo.

19.12.08

Te declaro la guerra


Faltaban pocos minutos para las ocho. A llegó primero, cinco minutos después llegó F. Pusimos la cerveza en el refrigerador, sacamos platos y los llenamos de snaks, encendimos un porro y empezamos una conversación rápida. Minutos después esperábamos respuesta de la consola. Nada.

—Qué verga, no coge.
—Resetéale de nuevo y quédate ahí, que hay que estar jodiéndole.

Después de resetear y resetear nos dimos por vencidos. El aparato no valía para verga.

—Se dañó la huevada.
—¿Y ahora qué hacemos?

Yo quería jugar Risk, A quería ver Smallville, y F no se decidía. La situación me resultaba estúpida. Así que les dije:

—Si no jugamos a algo, prefiero ponerme a ver la tele.
—Está bien, tú ganas ¡Juguemos Risk!

Fui a buscar el tablero en mi cuarto. Al volver la mesa estaba despejada. El cenicero, las papas, la chicharra, todo estaba en su sitio. Había que empezar rápido ya que las partidas se pueden prolongar por horas. Le di un dado a cada uno para ver quién sería el primero.

—¡Empiezo! ¡Se cagaron hijueputas!

De uno en uno y por turnos, colocamos los soldados en el tablero, treinta y cinco por cabeza. Ni uno más ni uno menos. El proceso es silencioso, a menos que alguno se tarde mucho o se «tueste». Catorce territorios para cada uno.

—¡Muévete, ¡oye! ¡No te duermas!
—¿Dónde queda Irkuts?
—¡Asia Nororiental! Justo aquí.

Me dirigí al equipo de sonido y puse Simphony of destruction. Luego tomé los dados rojos y miré al F desafiante.

—Australia ataca a Filipinas.

Me fui con todo contra Filipinas. Lancé los dados, perdí, lancé de nuevo y volví a perder. Un rotundo fracaso. En su turno, F no solo acabó con todos mis territorios en Oceanía, sino que logró dejar en la India a modo de trinchera una pequeña reserva. Después todo sucedió rápido, acabaron con mis tropas en Asia, luego en América, luego en África. En solo media hora acabaron con treinta y cinco de mis soldados. No lo podía creer. ¡Cómo pude ser tan imbécil!

Cabreado, fui al cuarto y me puse a ver la guerra de Iraq.

La piscina


En un pueblo cercano a la capital, luego de haber sido denegada por más de diez años consecutivos la propuesta para la construcción de una plaza de toros. Los vecinos y la comunidad, en general, entendieron de una vez por todas que hasta que el pueblo no tenga cien mil habitantes, no se aprobaría dicha petición. En la carta de desaprobación del proyecto, les sugirieron alternativas más acordes a la realidad de dicha localidad. Entre ellas: una gallera, un coliseo polideportivo o una piscina.

La gallera fue inmediatamente desechada de las alternativas. No querían promover las apuestas, bastantes problemas tenían ya con los juegos de cartas. El polideportivo resultaba innecesario ya que dos de los tres colegios del pueblo contaban con coliseos techados equipados para cualquier exigencia deportiva. Y la piscina, aunque pudo ser una buena idea, fue desechada por alcalde, ya que, según sus propias palabras, podría propiciar antagonismos entre los que saben y los que no saben nadar.

Hace poco me enteré que el pueblo ya tiene 98 mil habitantes. He escuchado que no se venden condones en las farmacias y tampoco píldoras del día después. Que cada hombre del pueblo tiene al menos diez hijos. Que las escuelas tienen cursos de cien alumnos y que los profesores llenan los horarios con clases de educación sexual. Que el alcalde, aunque está viejo, aún espera ver su sueño hecho realidad, justo en el terreno abandonado, donde hace ya algunos años, se pudo construir una piscina.

16.12.08

Sunday's feber


Salía de la casa de un pana, un típico domingo por la tarde. Me paré en la esquina de la diez, a dos pasos del paso cebra. Un auto plateado curvó vertiginosamente con dirección sur y tuve que detener mis pasos. Desde la ventana de atrás del Honda, una niña de no más de quince años me observaba con gesto absurdo. Me miró descaradamente, todo lo que le dio el cuello, hasta que el auto desapareció con un movimiento uniformemente acelerado. La lluvia se comportó a la altura y empezó a menguar.

Crucé la calle pensativo. Buscaba justificar tan extraño comportamiento. La teoría tomó la forma de un guante y se ajustó a mi mano. Estaba claro. Ella quería ser yo. Aceleré el paso. Sentí el viento frío acariciándome las orejas.

A veces despierto con esa extraña sensación, recuerdos de mis edades tempranas. La falta de respeto, el contrapicado. Cuando esto sucede cierro los ojos y espero que llegue la noche. Los domingos existirán por siempre. Un domingo sucede al anterior y precede al que vendrá y éste al que está por venir, por los siglos de los siglos. Lo dice en la Biblia, solo resta esperar el apocalipsis, o en su defecto: una visita alienígena. Cosas que nunca, nunca van a suceder. ¡Quito con playa, a quién se le ocurre!

5.12.08

Happy ending


Cuando terminé el cigarrillo, el letrero luminoso del motel dejó de funcionar. Di media vuelta y entré al cuarto. Ella aún dormía. Busqué papel y escribí una nota: «Ya no puedo seguir con esto, es un absurdo; espero que si nos volvemos a encontrar, no me guardes rencor». Antes de cruzar el umbral de la puerta, una idea pasó por mi mente: se me antojó verla de nuevo, grabar su imagen en mi memoria. En medio de una completa obscuridad, una de sus largas piernas brillaba sobre el negro mate de las sábanas. Vi su rostro, su ropa interior que colgaba sobre la lámpara que a su vez colgaba del techo, la botella de vino que sedienta descansaba al pie de la cama. Antes de salir, me percaté de que las llaves del auto escapaban de su bolso. Acto seguido tomé mi abrigo y abandoné el motel. Mitad satisfecho, mitad arrepentido, me dejé llevar por la larga avenida, que parte en dos el valle de la montaña.

3.12.08

El jefe de planta


Cuando un veterano de las artes gráficas me narró la historia, para ser sincero, no me la creí. Dos días después, pude encontrar un recorte de prensa que hablaba del caso. La nota era muy corta.

«Mujer muere despedazada en una imprenta del centro». ¡Gran titular! Y la noticia: «En horas de la mañana de ayer, Rosa Lastenia Chávez perdió la vida mientras recibía una capacitación en la imprenta de la Congregación Agusto-franciscana de la capital. La autopsia fue terminada en horas de la madrugada. Murió instantáneamente cuando por accidente, su cabello fue atrapado por una máquina Heidelberg GTO/72. Sus restos serán velados en horas de la mañana».

Fascinado por tan extraño accidente, empecé una investigación. En los registros, encontré nombres del personal. Todos, exceptuando dos, estaban muertos. El primer sujeto tenía Alzheimer. Con el segundo tuve mejor suerte, conocía a la víctima pero no había presenciado el accidente. Le pedí que me contara lo que recordaba de ella.

Resumiendo, Rosa Lastenia tenía 35 años, cabello negro, trabajaba como secretaria, y acababa de terminar una licenciatura en derecho. Se mantenía esbelta y atractiva. Había sido contratada directamente por el presidente de la entidad. Era intocable a pesar de su falta de dedicación y de su claro descuido y despreocupación hasta en los detalles más tontos. Y aunque de tonta no tenía un pelo, le gustaba parecer sumisa, especialmente frente a los hombres. Roberto confesó que cuando llegó a trabajar en la editorial, a la edad de veinte años, todos –los hombres— se enamoraron de ella. A los seis meses de su llegada, el amor se convirtió en odio y envidia. Rosa Lastenia era la típica chica tonta y arrivista que a cambio de favores con los altos mandos, recibía inesperados aumentos, además de permisos indefinidos y licencias de trabajo que se extendían por meses. Aseguró que todos los que la conocían la detestaban y que nadie la lloró. Al terminar la entrevista le pedí que me diera los nombres de las personas que presenciaron el siniestro. Mencionó al jefe de planta, dos técnicos y al encargado de la bodega. Todos muertos y sepultados.

Entré a la base de datos de la policía para buscar cualquier dato importante. El caso, aunque fue investigado, fue abandonado a las pocas semanas. El oficial encargado acababa de retirarse de la fuerza policial a la edad de setenta años y vivía en uno de los valles contiguos a la capital. Me apresuré a localizarlo. Cuando le conté –por teléfono- el motivo de la entrevista, se mostró un poco parco. Me dijo que no recordaba nada y que no me podría ayudar, que su memoria no era la de antes. Me mostré insistente y le recordé que tenía una copia del expediente.

Me levanté temprano. A las ocho de la mañana estaba timbrando en la entrada de una casa grande frente a un terreno baldío. Un vagón de tren abandonado vestía incontables grafitis de pandilleros y grupos de hip-hop. Una chica, acompañada de un perro, me dió la bienvenida, me llevó hasta la casa y en una oscura sala, me esperaba un hombre mayor con una bata de cuadritos.

—Rosa Lastenia, creí que nunca más iba a escuchar ese nombre.¿Para quién trabaja? ¿Por qué está interesado en el caso de la Editorial?¿Por qué ahora?

—Soy escritor y me pareció una historia digna de ser contada. Traigo conmigo el expediente,si me permite.

Sostuvo el expediente en las manos, acercó su gran nariz hasta casi rozar el papel, luego empezó a hablar.

—Interrogué a cinco testigos; sus declaraciones coincidieron a la perfección. Mi instinto me decía que había gato encerrado.

—¿Cómo sucedió?

—Si mal no recuerdo, el técnico estaba explicándole el estado y la función de unas piezas defectuosas. Ella estaba detrás de él, entre las torres de la máquina. Todo sucedió muy rápido, se escuchó un grito. El técnico tardó un par de segundos en darse cuenta, un par de segundos, tardaron una hora en liberar el cuerpo, partes del cuero cabelludo y de la cabeza fueron arrancadas y aplastadas, no se pudieron recuperar.

—¿Por qué me dijo que había gato encerrado?

—El jefe de planta era un montubio pequeño y de bigotes. No parecía un jefe de imprenta, parecía el capitán de un barco, con pañuelo y todo. Apenas entendía lo que me decía. Hablaba rápido y parecía confundido. Declaró estar a dos pasos del accidente, dijo que sujetó a la víctima por los pies para que la máquina no se la tragara. El resto de testigos, exceptuando al operario de la GTO, no vieron directamente el accidente sino que acudieron al lugar, al escuchar gritar a la víctima.

—Al estar el operario de espaldas a la chica, el jefe de planta se convertía en el único testigo ocular así que decidí analizar el caso a profundidad. Pedí a todo el personal de la imprenta adoptar las posiciones en el momento del accidente. Con cronómetro en mano, les pedí que recrearan la acción. El técnico puso a funcionar la máquina, el voluntario gritó y el jefe de planta lo sostuvo con los brazos a la altura de las rodillas.

—¿Por qué le sujetó de las rodillas?

—La máquina tenía más de un metro de altura, en esa parte, justo entre las torres de impresión.

—Fue ridículo. Algo no me cuadraba. Pedí que hicieran listones de papel y le hice una peluca al voluntario, del mismo tamaño que el de la víctima. Otra curiosidad es que el tamaño del cabello causó polémica entre el personal de la planta. El conserje, por ejemplo, estaba seguro de que el cabello le llegaba hasta la cintura. Bueno, con listones de un metro de largo, hicimos nuevamente la prueba. La máquina tardó tres décimas de segundo en devorar los listones. El jefe de planta tardó un segundo en agarrar al voluntario por los brazos y el operario apagó la máquina en menos de un segundo. ...mi teoría empezaba a tomar forma. ¿Ha visto una imprenta offset?

—No, ¿por qué?

—Pensé que si le interesa el caso debería ver una.

Al día siguiente, tomé un bus, luego otro, y tras siete horas de viaje, llegué a la ciudad capital, la ciudad abandonada. Protegida por dos grandes construcciones, encontré la vieja planta editorial. Entre una vieja casona y un edificio, que en sus buenos tiempos estaba íntegramente recubierto de espejos, podía ver una concha acústica y un gran teatro. Las construcciones parecían islas de cemento en océanos de vegetación. No se parecía al lugar que recordaba. En sus buenos tiempos, zanqueros, músicos, poetas y artistas de toda índole recorrían sus senderos y recovecos.

Después de rodear el perímetro, encontré un acceso por el parqueadero. Ingresé en una especie de bodega cercada por una malla metálica. Las máquinas seguían ahí. Caminé hacia la primera de ellas, estaba oxidada y le había crecido musgo. Tenía diez metros de largo por dos de ancho, subí entre las torres y di un vistazo. ¿Habrá sido esta? —me pregunte—. Recordé las cruces de los accidentes de carretera, así que me puse a escrutar las paredes de la GTO. No tuve que buscar mucho para encontrar la placa, que rezaba: «Aquí falleció Rosa Lastenia Chávez el día 6 de diciembre de 2010. Sus familiares y amigos le desean paz en su tumba».

Hasta ese momento, tenía suficiente para armar mi historia. Así que me puse a trabajar.

Uno, dos, viene a por tí...


Ayer fui perseguido por el mismísimo Duende Verde en una extraña pesadilla. Para el que no lo conozca, es el archienemigo del hombre araña. Utiliza una especie de sidecar volador y hace explotar a sus enemigos con graciosos juguetes explosivos. La verdad, nunca me llamó la atención.

La cacería tuvo lugar en una especie de construcción. Lo que me pareció, en principio una trampa mortal resultó ser mi salvación. Me quedé como atrapado, colgando de unos alambres, suspendido en la parte alta del descanso de unas escaleras. Cuando el duende pasó, contuve la respiración, y no me moví. El duende pasó de largo, pero estuvo cerca, tan cerca que hasta pude oírlo respirar. No pude verlo con claridad, ni mi posición ni la luz lo permitieron, apenas alcancé a ver parte de su deslizador. Aunque no haya podido verlo, estoy seguro de que era él.

Una vez burlado el perseguidor, fui hacia una estación y tomé un autobús.

Está aquí, lo sé, en esta ciudad en construcción. Tiene sangre fría como todo buen cazador y el firme propósito de acabar conmigo. Sabe donde encontrarme y espera el momento adecuado. Aunque nunca lo haya visto, sé que lo reconoceré de inmediato. Siento sus anchas manos alrededor de mi cuello. Aunque preferiría uno de sus juguetes. Estoy seguro de que me va a doler.

2.12.08

¿Cuál patín?


La gente vive en su patín. No los culpo, a veces me subo en el mío. Cuando lo hago, tomo el carril de la izquierda y empiezo a rebasar. No siento miedo, me arriesgo demasiado. Por otro lado, nunca faltan los idiotas que se quedan como tontos y no ceden el paso. Para mí solo son estorbos, bultos en el camino, no los considero y, por lo tanto, no me enfadan. Esa es mi forma de combatir el estrés. Ignoro todo lo que está mal, todo lo que estorba, todo lo que no funciona. El mal estado de la carretera o la estupidez humana no me detienen cuando estoy en mi patín. Dejo atrás, tarde o temprano, cualquier mala curva o a cualquier imbecil con orgullo de otra vida. Cuando alguien, desde atrás, me hace luces, como todo un caballero que soy, le cedo el paso sin drama. No me gusta estorbar la carrera de otros, pero eso sí, les deseo suerte, pues si tienen más prisa que yo, pueden darse de cara con su destino. Una cosa es patinar y otra muy distinta, que te patine.

1.12.08

... y hacer burbujas de amor en tu pecera


Hay momentos de reflexión aguda en que las ideas bombardean la conciencia y el ser se retuerce en el inconsciente. En este estado de ingravidez, se desarrollan ideales, se calculan procesos, se construyen sueños. Cuando se agudiza el sentido, nada escapa al análisis, todas las posibilidades son consideradas. En fracciones de segundo nos hacemos una idea de las cosas y pocas veces nos equivocamos.

Abrí el correo electrónico, su nombre aparecía en el buzón de entrada. Tomé aire y di doble clic al mensaje. La ventana se desplegó. «Estoy embarazada. He repetido la prueba tres veces y en todas salió positivo. Quiero hablar urgentemente contigo porque he decidido tenerlo».

Cerré el mensaje y me puse a ver dibujos japoneses para luego quedar profundamente dormido. Me desperté asustado a eso de las tres de la mañana. Aún recuerdo el sueño. Estaba en la casa en la que viví cuando era muy pequeño. Fui hasta la sala y vi la hermosa pecera de mi padre, dos peces, uno de color negro y otro rojo, daban vueltas sin percatarse de mi presencia. Miré los peces, sus bocas se abrían y se cerraban. Tomé una silla y me subí a ella para ver mejor. Al lado de la pecera estaba el alimento para peces. Empecé a alimentarlos, primero un poco, luego otro tanto, así hasta acabar con el frasco, luego me fui a acostar. Cuando mi padre llegó, lo escuché lanzar un grito; sus pasos hicieron temblar el pasillo. Tapé mi cabeza con la almohada, y luego, todo se fundió en un profundo negro. Abrí los ojos, ya era de día pero seguía siendo un niño. Mi madre estaba desayunando en la cocina. Le hice una pregunta pero no me respondió, llamé su atención pero no se percató de mi presencia, le grité, pero no me escuchó. Parecía un robot sin tarea. Esa noche mi padre no llegó a dormir.

La primera impresión es la que cuenta


Recogió el equipaje y se dirigió a la salida. Una vez afuera respiró como abrazando una gran pelota. La puerta eléctrica, indecisa, se abría y se cerraba. Un hombre gordo y pequeño pasó golpeándolo con una enorme maleta. Olfateó su ropa, el olor era tenue pero estaba ahí: el algodón del casimir, el desodorante. Definitivamente no había perdido el olfato, o al menos no del todo. Fué entonces que pudo ver justo delante de su nariz el gigantesco volcán en cuyas faldas descansaba el nuevo mundo. Sacó un pañuelo de su bolsillo para deshacerse de cualquier duda. Buscó con la mirada y vió un kiosco a pocos pasos. Compró un cigarrillo y le dio una larga chupada, luego, anonadado, expulsó el humo muy despacio. Repitió la acción con más fuerza pero no logró sentir nada entrando o saliendo de sus pulmones. Algo parecido sucedía con el aire, carecía de substancia. Un sentimiento de angustia invadió su cuerpo. Agachó la cabeza y pensó en regresar por donde había venido. Si tomaba un vuelo de regreso nadie notaría que se había ido y no tendría que dar explicaciones. Tal vez por eso no le contó a nadie a donde iba. La vida en la ciudad lo había vuelto desconfiado.