3.12.08

El jefe de planta


Cuando un veterano de las artes gráficas me narró la historia, para ser sincero, no me la creí. Dos días después, pude encontrar un recorte de prensa que hablaba del caso. La nota era muy corta.

«Mujer muere despedazada en una imprenta del centro». ¡Gran titular! Y la noticia: «En horas de la mañana de ayer, Rosa Lastenia Chávez perdió la vida mientras recibía una capacitación en la imprenta de la Congregación Agusto-franciscana de la capital. La autopsia fue terminada en horas de la madrugada. Murió instantáneamente cuando por accidente, su cabello fue atrapado por una máquina Heidelberg GTO/72. Sus restos serán velados en horas de la mañana».

Fascinado por tan extraño accidente, empecé una investigación. En los registros, encontré nombres del personal. Todos, exceptuando dos, estaban muertos. El primer sujeto tenía Alzheimer. Con el segundo tuve mejor suerte, conocía a la víctima pero no había presenciado el accidente. Le pedí que me contara lo que recordaba de ella.

Resumiendo, Rosa Lastenia tenía 35 años, cabello negro, trabajaba como secretaria, y acababa de terminar una licenciatura en derecho. Se mantenía esbelta y atractiva. Había sido contratada directamente por el presidente de la entidad. Era intocable a pesar de su falta de dedicación y de su claro descuido y despreocupación hasta en los detalles más tontos. Y aunque de tonta no tenía un pelo, le gustaba parecer sumisa, especialmente frente a los hombres. Roberto confesó que cuando llegó a trabajar en la editorial, a la edad de veinte años, todos –los hombres— se enamoraron de ella. A los seis meses de su llegada, el amor se convirtió en odio y envidia. Rosa Lastenia era la típica chica tonta y arrivista que a cambio de favores con los altos mandos, recibía inesperados aumentos, además de permisos indefinidos y licencias de trabajo que se extendían por meses. Aseguró que todos los que la conocían la detestaban y que nadie la lloró. Al terminar la entrevista le pedí que me diera los nombres de las personas que presenciaron el siniestro. Mencionó al jefe de planta, dos técnicos y al encargado de la bodega. Todos muertos y sepultados.

Entré a la base de datos de la policía para buscar cualquier dato importante. El caso, aunque fue investigado, fue abandonado a las pocas semanas. El oficial encargado acababa de retirarse de la fuerza policial a la edad de setenta años y vivía en uno de los valles contiguos a la capital. Me apresuré a localizarlo. Cuando le conté –por teléfono- el motivo de la entrevista, se mostró un poco parco. Me dijo que no recordaba nada y que no me podría ayudar, que su memoria no era la de antes. Me mostré insistente y le recordé que tenía una copia del expediente.

Me levanté temprano. A las ocho de la mañana estaba timbrando en la entrada de una casa grande frente a un terreno baldío. Un vagón de tren abandonado vestía incontables grafitis de pandilleros y grupos de hip-hop. Una chica, acompañada de un perro, me dió la bienvenida, me llevó hasta la casa y en una oscura sala, me esperaba un hombre mayor con una bata de cuadritos.

—Rosa Lastenia, creí que nunca más iba a escuchar ese nombre.¿Para quién trabaja? ¿Por qué está interesado en el caso de la Editorial?¿Por qué ahora?

—Soy escritor y me pareció una historia digna de ser contada. Traigo conmigo el expediente,si me permite.

Sostuvo el expediente en las manos, acercó su gran nariz hasta casi rozar el papel, luego empezó a hablar.

—Interrogué a cinco testigos; sus declaraciones coincidieron a la perfección. Mi instinto me decía que había gato encerrado.

—¿Cómo sucedió?

—Si mal no recuerdo, el técnico estaba explicándole el estado y la función de unas piezas defectuosas. Ella estaba detrás de él, entre las torres de la máquina. Todo sucedió muy rápido, se escuchó un grito. El técnico tardó un par de segundos en darse cuenta, un par de segundos, tardaron una hora en liberar el cuerpo, partes del cuero cabelludo y de la cabeza fueron arrancadas y aplastadas, no se pudieron recuperar.

—¿Por qué me dijo que había gato encerrado?

—El jefe de planta era un montubio pequeño y de bigotes. No parecía un jefe de imprenta, parecía el capitán de un barco, con pañuelo y todo. Apenas entendía lo que me decía. Hablaba rápido y parecía confundido. Declaró estar a dos pasos del accidente, dijo que sujetó a la víctima por los pies para que la máquina no se la tragara. El resto de testigos, exceptuando al operario de la GTO, no vieron directamente el accidente sino que acudieron al lugar, al escuchar gritar a la víctima.

—Al estar el operario de espaldas a la chica, el jefe de planta se convertía en el único testigo ocular así que decidí analizar el caso a profundidad. Pedí a todo el personal de la imprenta adoptar las posiciones en el momento del accidente. Con cronómetro en mano, les pedí que recrearan la acción. El técnico puso a funcionar la máquina, el voluntario gritó y el jefe de planta lo sostuvo con los brazos a la altura de las rodillas.

—¿Por qué le sujetó de las rodillas?

—La máquina tenía más de un metro de altura, en esa parte, justo entre las torres de impresión.

—Fue ridículo. Algo no me cuadraba. Pedí que hicieran listones de papel y le hice una peluca al voluntario, del mismo tamaño que el de la víctima. Otra curiosidad es que el tamaño del cabello causó polémica entre el personal de la planta. El conserje, por ejemplo, estaba seguro de que el cabello le llegaba hasta la cintura. Bueno, con listones de un metro de largo, hicimos nuevamente la prueba. La máquina tardó tres décimas de segundo en devorar los listones. El jefe de planta tardó un segundo en agarrar al voluntario por los brazos y el operario apagó la máquina en menos de un segundo. ...mi teoría empezaba a tomar forma. ¿Ha visto una imprenta offset?

—No, ¿por qué?

—Pensé que si le interesa el caso debería ver una.

Al día siguiente, tomé un bus, luego otro, y tras siete horas de viaje, llegué a la ciudad capital, la ciudad abandonada. Protegida por dos grandes construcciones, encontré la vieja planta editorial. Entre una vieja casona y un edificio, que en sus buenos tiempos estaba íntegramente recubierto de espejos, podía ver una concha acústica y un gran teatro. Las construcciones parecían islas de cemento en océanos de vegetación. No se parecía al lugar que recordaba. En sus buenos tiempos, zanqueros, músicos, poetas y artistas de toda índole recorrían sus senderos y recovecos.

Después de rodear el perímetro, encontré un acceso por el parqueadero. Ingresé en una especie de bodega cercada por una malla metálica. Las máquinas seguían ahí. Caminé hacia la primera de ellas, estaba oxidada y le había crecido musgo. Tenía diez metros de largo por dos de ancho, subí entre las torres y di un vistazo. ¿Habrá sido esta? —me pregunte—. Recordé las cruces de los accidentes de carretera, así que me puse a escrutar las paredes de la GTO. No tuve que buscar mucho para encontrar la placa, que rezaba: «Aquí falleció Rosa Lastenia Chávez el día 6 de diciembre de 2010. Sus familiares y amigos le desean paz en su tumba».

Hasta ese momento, tenía suficiente para armar mi historia. Así que me puse a trabajar.

4 comentarios:

LilianaGutiérrez dijo...

Para mi sorpresa:

"en el quinto párrafo encontré esto y no se si le falta una letra o de sobran 4 a la frase."

DE HECHO PUEDE PASAR A CUALQUIERA diga?, total y ni el word nos alcanza.

en el quinto párrafo encontré esto y no se si falta una letra o sobran 4 a la frase.
ESTO ES, ASÍ LO PREFIERO

Martín dijo...

Gracias por las sugerencias.

Martín dijo...

Todo arreglado.

Martín dijo...

Cómo ha pasado el tiempo y como han cambiado las cosas en estos últimos nueve-diez meses. La persona que inspiró este relato -a quien detestaba mucho- resultó ser una persona muy agradable... me disculpo por haberle inventado tan cruel final.