13.3.11

Más del abismo


Encontré un insecto en el vaso. He decidido dejarlo ahí hasta nuevo aviso. Las últimas gotas de una prolongada tormenta ensordecen el ronroneo de los gatos. El tiempo pasa y creo que empiezo a preocuparme. La suerte no me sonríe como me gustaría y pienso muy seriamente en dejar de burlarme de ella. Pobres de aquellos que viven de hacer reír a la gente. Quién sabe si perder el tiempo valga la pena. Una gran mentira es probadamente contundente pero no inmarcesible. Para dar el paso, hacer el cambio, es necesario respetar la verdad y vivir el aislamiento. Limpiemos el óxido de nuestras pulsiones y pensemos en recobrar fuerzas. El carrusel de la palabra levanta el polvo y somete al silencio. Cuánto ha de pasar que no valga la pena contar. La locura desde la visión cínica del desesperado es pura necesidad. Acabo de acompañar con voz de ultratumba un par de arpegios y me siento satisfecho. Es tan probable que aprenda a tocar el piano como que nunca lo logre. La conciencia tarda y no es una cuestión de fe, aunque de algún modo lo parezca.

Despertares


El televisor se encendió a las siete pero parecían las cinco. No había parado de llover en toda la noche y hacía mucho frío. Habría preferido permanecer en la cama pero tenía que dar clases en el instituto. Me incorporé y caminé al baño. Uno de los gatos se había cagado en la ducha. Tosí del asco y me dieron ganas de fumar. La culpa había sido mía por dejar la arena afuera y solo un estúpido culparía al gato. Me deshice del excremento con la ayuda de una pala y entré a ducharme. La presión de agua se mantuvo constante y nuevamente quise quedarme en donde me encontraba, direccionando el agua a todo el cuerpo y cuidando que no se escape el calor entre la pared y la cortina. La gata se metió al baño por la lavandería y se puso a maullar. No entiendo por qué lo hace pero por lo menos esta vez no se mojó. Apresuré a secarme para no torcerme y chancleta en pie, fui a buscar que ponerme. La ropa estaba mezclada, y tal era la situación /la ropa limpia nunca se terminó de secar y olía a húmedo/ que debí buscar; de entre lo limpio, algo sucio que combinar con el pantalón de la noche anterior. Finalmente encontré la camiseta del antipoema sobre el PlayStation y la chaqueta negra al pie de la cama. Busqué las llaves, las gafas, el celular, los audífonos, la billetera y unas cuantas monedas; prendí un tabaco, puse comida a los gatos, abrí la ventana, metí la arena, cerré la llave del baño, cogí la maleta azul, el marcador del mismo color, y me marché. No recuerdo nada especial del trayecto, salvo que el audio de mi nuevo celular es de primera. Llegué a la esquina del instituto faltando cinco minutos para las ocho y decidí pasar por la tienda de los vecinos para comprar una leche chocolateada. La señora me cobró los cinco centavos que me prestara la semana anterior sin darme oportunidad a declarar y me molesté mucho. Crucé la calle faltando siete segundos para el rojo. El guardia me ofreció gel de manos. Cruzamos un par de impresiones sobre el clima y luego de concluir que hacía frío me despedí y entré al laboratorio para chekear si había llegado alguien. Sin moros en la costa ni bautizados a quien adoctrinar encendí la compu y abrí mi correo: /Señores semifinalistas, le participo que nos jugamos el todo por el todo este domingo. El partido es a las diez pero traten de llegar antes para completar el arbitraje y ver cómo vamos a jugar mismo/. K llega primero y se sienta en la primera fila del otro lado del pasillo. No sé si le gusto o si siente lástima, pero sus ojos me expresan algo. Reviso ejercicios y tipo ocho y media se completa el quórum. Termino las correcciones y les paso un video sobre la naturaleza de las matemáticas. Dándome las diez me apresuro en cubrir las cinco cuadras hasta mi verdadero trabajo sólamente detenido por un par de semáforos que siempre son los mismos. El insecto azul sigue posado sobre la entrada del teatro nacional, tiene algo escrito en el pecho pero no se lee nada.