18.12.13

Auster recalentado


Por más de treinta años, Auster creyó que las mujeres malvadas (todas menos su madre). El bueno de Auster, contrario a lo que suele a decir la gente (y que tienden a bien creer algunas damitas en apuros) no nació con pan alguno sobre o bajo el brazo. Auster no tuvo un hermano con quien jugar, ni primos que visitar. La vida, hasta casi entrada su mediana edad, solo le dio migajas. La influencia de su madre, fue determinante. Ella supo disfrutar de avergonzarlo frente a las chicas cuando no se encargó de espantarlas. Porque, deba decirse, Auster no era feo, algo que no lo hacía guapo, pero sí muy atractivo para las feas. Auster era además, al igual que su padre debió ser, un pequeño volcán listo para hacer erupción. Al menos, eso pensaba su madre y no se equivocaba. Así, veía en cada niña una enemiga, en cada mujer un potencial, en cada personaje un gélido como fértil valle en inestable alerta naranja. Y es que para mala fortuna de su madre, Auster era copia viva (aunque un tanto mejorada con sus genes) del galán de poca monta que hubiera sido su padre. A la vieja le gustaba tenerlo a la vista porque Auster era un niño muy inquieto: «Auster no te comas los mocos», «Auster sácate el dedo de la oreja». No obstante, y a pesar la constante atención, Auster desarrolló un sinnúmero de singularidades para engañar a la ansiedad, manías que despertaban a la sombra de la vista de su madre. Auster, sin saber bien por qué, odió a su padre con el mismo coraje con el que lo odiara su madre. A pesar de su lucha interior, Auster nunca supo controlar del todo lo que la sangre y los genes le dictaban, y frecuentemente se veía haciendo lo que su madre más detestaba; actitudes que no le trajeron más que palazos, bofetadas y pellizcos; escarmientos que no sólo le hicieron arrepentirse de sus acciones sino que llegaron a hacerle odiar su misma naturaleza. Nada se supo con certeza del antes ni del después del sujeto que fue a pasar vacaciones en la fatídica Vilcabamba. Fatídicas para Auster, que nunca conocería a su padre, pero sobre todo para la vieja, que a pesar de no haber conocido lo suficiente al sujeto como pare darse cuenta de la clase de la que procedía, coqueteó y conspiró hasta lograr su atención, para luego, sin permiso de dios ni protección, acceder a sus tontos caprichos. Pero, ¿qué hacía Auster que tanto enfadaba a su madre? En realidad, nada en especial, cosas de niños, como: aburrirse e impacientarse, perderse de vista, tropezarse, encapricharse con el juguete de otro niño, o simplemente: llorar. Y así, la cansina responsabilidad y cuidado del infante, sumado a la inevitable asociación con que sus rasgos y actitudes traían del pasado al hombre ausente, hicieron de la madre de Auster, algo peor que una bruja. La bruja no siempre fue bruja ni fue una bruja con todos. Las personas que la conocían desde pequeña aseguraban que algo tenía que haberle pasado. Es cierto que ella también había sufrido de violencia familiar, pero de sus hermanos, ella fue la única en cuyo breviario de control y educación de menores, mantuvo vigente el uso del palo de escoba, del cable de plancha y de la chancleta de doble suela, entre un sinnúmero de métodos de escarmiento: como el baño de agua fría; que le funcionaba a la perfección y que lo hacía temblar del arrepentimiento con la misma cara de pollo asustado que habría puesto su taita de haber tenido la oportunidad de contarle lo que se le venía. Auster nunca contempló una vida sin su madre, por eso, tras su irremediable pérdida se quedó miope ante la posibilidad. Auster no se lo creyó cuando le mandaron un mensaje con la noticia, tampoco cuando reconoció el cuerpo ante el forense. –¡Ya no se haga la muerta! ¡Vieja infeliz!, ni piense que me puede dejar aquí solo–. –Se dijo. No reconoció que su madre estaba muerta cuando bajaron el cofre ni cuando llenaron el foso de arena. En la mitad de la ceremonia (justo cuando Ricardo Perotti arrugaba su cara para dar la última nota): en parte por no haber desayunado, en parte por el sol, alucinó ver salir de la tierra la mano arrugada de la vieja, pidiendo socorro. No lo aceptó esa noche ni el día después ni el siguiente, en el que, apenas consciente de su propia locura, se dirigió al cementerio para asegurarse que la señora que fuera su madre siguiera en el lugar en el que la habían dejado. Auster estaba demasiado acostumbrado a hacer lo que su madre le ordenaba. Es por eso que asintió sin protestar, a todos los que le pidieron algo por esas fechas. El empleado de pompas fúnebres supo sacar provecho de la situación, no así el abogado que se culpó por no haber olisqueado un posible fraude. Desde que Auster tenía memoria, las chicas le habían parecido insoportables. La primera mujer en la vida de y que lastimó a Auster se llamó Rebeca. Auster recuerda levemente a esta niña del jardín de niños, pálida y pecosa muñeca de oscura melena y mirada letal. La recuerda subida a una malla a la que Auster quería subir. Para sostenerse en la cornisa Rebeca debía sostenerse con sus manos a las mallas. La cara de Auster estaba a la altura de sus rodillas. Auster insistió y cuando se cansó de pedirle que se mueva para poder subir, empezó a tirar de su falda para que se baje. La niña lo golpeó con lo que tenía a mano, que en este caso era el pie, y fue más letal que su mirada el poderoso taco de la bota ortopédica que descargó con furia contra la nariz del pobre Auster. Auster contemplaba sin reaccionar el sonriente y semi-diabólico rostro de Rebeca mientras su sangre se desparramaba como un tributo a la tierra. En la escuela lo sentaron junto a otra pecosa, pero pelirroja; una muñequita inquieta y terriblemente competitiva a la que no le gustaba nada, que el tonto de Auster se le adelante en los dictados o que le haga preguntas a la profesora. Simbólicamente, fue la primera novia de Auster y la segunda en darle de pellizcos. Muy pocas mujeres podían permanecer cordiales ante la presencia de Auster, pocas fueron también las que no se sintieron incómodas por al trato áspero con que el tonto de Auster las trataba. Sacaba lo peor de ellas. Encontraba brujas con la misma facilidad con la que otro (más simplón y con distinta suerte) encontraba reinas. Auster despierta solo pero despierta segundo, antes de poner un pie en la alfombra, piensa en lo que le repitió su madre hasta el cansancio. –Pie izquierdo Auster. No querrás arruinarnos el día–. Auster se lleva a sí mismo al baño. Frente a frente con su reflejo, la voz en su cabeza le dice: –Primero los dientes Auster–. Auster reencuentra a su reflejo con la pasta de dientes y el cepillo en la mano. Auster abre la boca y apoya el cepillo en los dientes. Retira el cepillo y se observa sin mover un solo músculo de su cara, y el reflejo se ve a sí mismo como a un perfecto imbécil. Relaja el rostro y por más que persiste en su intento, no logra cambiar de opinión. Es un idiota para el que no cabe disimulo. Los que se burlaban de él, lo hacían con justa razón. Se sacude. Se moja la cara y vuelve a mirar. Sus ojos no aceptan lo que ven hasta que finalmente luego de otro largo rato de mirar y mirar y por primera vez en treinta y pico de años, se le prendió el foco. Auster suelta de golpe lo que tiene entre manos, y en vez de cepillarse los dientes, como todos los días, decide cagar primero. Sentado en el llamado trono de los pobres, Auster se atreve a reflexionar sobre su futuro y decide hacer lo contrario a lo que había venido haciendo, por lo menos, hasta ver qué mismo. Lo que antes fuera bueno ahora sería malo y viceversa. Auster recibió golpes a casi a diario hasta la muerte de su madre. El último moretón no desapareció por completo de su brazo hasta una semana después del entierro. Tiempo para el que entonces, Auster ya no era Auster (o era Auster al fin, eso nunca lo sabremos). El caso es que una vez sepultada la fuente de su comportamiento misógino, Auster volvió a nacer; y, como un delantero que luego del primer silbatazo corre impaciente a buscar el balón, Auster se puso a perseguir, cual esférico, a cuanta chica se cruzara en su camino; como si en todas y cada una de ellas se disputase, el último minuto de la gran final de su vida. Si me preguntan ¿qué sucedió después? Pues no lo sé. Pero un amigo que sí logró verlo en su nueva forma (porque Auster ya no jugaba solo) lo visitó hace poco. –¿Oiga Auster, y cómo es la cosa con la Pandora? Me contó que usted se la llevó para el Aguijón y luego a comer y que terminaron en el Epicentro. Hasta ahí todo bien mi brauster. Está del putas que la lleves de farra, que le pegues las muchas, que la chumes hasta que no sepa cómo se llama y que te la folles por donde te dé la gana. Pero ¿pedirle que se case contigo? ¿Así, de la nada? ¿y en la primera cita? ¡eso sí es de locos! Especialmente con la loca de la Pandora que ya va por los cuarenta. Bueno, al menos se ve que te estima… pero ese es otro tema. No entiendo cómo puedes tomarte cosas tan serias a la ligera. No quiero exagerar ni menospreciar a Pandora pero tienes mucha suerte de que ya no pueda tener hijos. ¡Es que hay que ver para creer! ¡Anda, Auster! ¡Cuéntame qué pasa por tu cabeza, por el amor del hombre con la tierra! Final Alternativo: El sol traspasa las ventanas sin cortinas y calcina la cara de Auster. Un Auster rojo como un tomate es llevado al hospital, pero muere en el camino. Sus últimas palabras fueron dedicadas a la paramédica bizca que lo socorrió, y fueron: –Sus ojos me mueven el piso. No. Es en serio. Sus ojos me mueven el piso ¿Se casa usted conmigo?–. El segundo paramédico no pudo contener la risa y sintiéndose mal consigo, ofrece disculpas y convence a su asombrada colega de: 'darle al pobre hombre lo que pide'. La mujer de ochenta kilos no lo entendió al principio, pero finalmente y con un poco de asco por la cara que Auster traía (que sería la última), se acercó al ají que tenía por oreja y le respondió: –Sí. Me casaré usted–. ¿Tendremos hijos? –preguntó él. –Claro que sí–. –Respondió ella. –En ese caso –añadió el gracioso– ...por el poder que el Club de Paramédicos de Pichincha me ha dado... Los declaro marido y mujer. Ahora puede besar a la novia… ¡Un momento! Creo que ya se murió… ¡Oh! lo siento mucho Estelita, pero creo que eres viuda de nuevo ¿Qué se siente?–. –Se siente…–Contestó ella, muy seria. –Se siente como que lo llevamos directo a la morgue: así se siente–.

14.12.13

The call of Cthulhu


Enquistados en pequeños cuartos sin ventanas o escondidos en subsuelos de edificios, los fumadores de basuco comparten con miedo el silencio.

Desde pequeños y marginales locales cuya puerta sólo se abre por fuera hasta los lujosos departamentos con la mejor vista de Guápulo de la gente ‘in’, el olor de la mierda química busca sus rutas de escape tras dejar al soplo las bocas de los volcanes humanos que disfrutan el humo de la mentira.

No creo que exista ciudad sobre el planeta, que no incluya entre sus ofertas, entre sus fragancias nocturnas, el singular olor de la pasta base.

Me cuesta tanto imaginar marihuaneros egoístas como basuqueros generosos. Uno puede dejar de fumar weed por días y ‘fresco’; se puede compartir el último cogollo con un extraño y ‘no hay drama’, porque la weed se va con el humo y vuelve en las mil formas del karma. Pero con el basuco la huevada es muy diferente. Por eso molesta que los que no tengan una idea digan: -Ese tipo anda en drogas-: Como si el marihuanero, el basuquero y el jalón, fueran la misma pendejada.

Los fumadores de basuco no confían en nadie y nadie confía en ellos. En su mundo, nada se regala, ni se comparte, nadie se fía ni se paga por partes.

Le debo al basuco la peor experiencia con el mejor aprendizaje. De no haber experimentado este vicio, no sabría, a ciencia cierta, reconocer cuán cerca ando del suelo. Le debo al basuco una sombra de humo que cuida mis actos. Le debo al basuco, y más específicamente a sus contumaces consumidores: la certeza de la insustancialidad de un vicio y la noción de inconmensurables pérdidas; pero sobre todo; la certeza de que con la droga nada se cura ni nada se arregla; todo se suspende.

El basuco es la mentira, como bien canta Manu Chau, pero algo bueno debe tener…

No recuerdo haberme topado con mucha gente alegre en ninguna ‘fumetiza’. La gente anda tan tiesa y tan atenta a las escurridizas fundas que vienen y van que apenas y pueden pronunciar palabra. Las caras de miedo se evitan por horas, hasta que por esas cosas del vicio, o de la vida, el temor del unito se incrementa por la cara de muerto del otro, y en el momento menos pensado: el pánico.- ¡Pilas, pilas! ¡Los chapas! Mal contenidos en sus propios cuerpos, comiéndose las uñas o espiando por las ventanas, angustiados por un supuesto operativo que nunca llega a suceder.

La familia me animaba a sacar adelante la carrera, me buscaban cursos de inglés, pero yo no estaba para hacer ni lo uno ni lo otro.

El basuco es algo de temer y de no creer; recuerdo haber escuchado a más de uno pedorreándose con la sola idea de ir a ver si se consigue; recuerdo gente aguantando el vómito, o las ganas de cagar, por no dejar de seguir fumando hasta que se termine. El cuerpo enfermo que no sabe engañarse envía señales de auxilio: tembladeras, sudores, calambres; mientras que el pobre cerebro, agotado de lidiar con tanto desencanto, no hace más que dar el visto bueno, y sin pensarlo dos veces, pone en marcha la repetitiva como enfermiza cadena de acciones del Manual del Basuquero.

El egoísmo tiene jurisprudencia en todos los rincones en los que el humo del basuco penetra.  

No importa cuán solo estés, en el mundo del polvo siempre hay alguien tan solo como tú para hacerte compañía. Y cuando el roto y el descosido se juntan, y acuerdan juntar fuerzas, no falta la ocasión para sapear, madrugar o arranchar: los relojes o los celulares, que más temprano que tarde, terminan en manos de un brujo, tan o más ladrón que ellos. Y es que ‘ciertas personas’ en necesidad son capaces de cualquier cosa. Recuerdo a un destruido personaje que habría sido capaz de acompañarme caminando hasta Carcelén con la sola condición de dejarle fumar un par de pipazos de la funda que tan comedidamente se había ofrecido acompañarme a comprar.

Por el consumo del basuco, ves a gente valiente volverse descarada.

Cuando fumas basuco no te importa el pasado ni el futuro; no dudas en lo que haces, no te preocupa lo que dejaste de hacer ni lo que dejaste para mañana. 

Las drogas, aunque parezca lo contrario, no mienten. Uno les entrega por voluntad todo lo que les reclama.

Mientras tanto, en los más insospechados escondites, el olor de la mentira lucha por mantenerse lejos de las narices de los sapos (toallas e inciensos son bienvenidos). Solo así, suspendidos en el vacío de lo inmediato, las almas de los moribundos se codean con los espíritus de los muertos en la sorda dinámica de fuego y humo del polvo base.