24.10.11

Liminar


Hace poco recibí el día bebiendo en la sala de mi casa con cuatro amantes de las letras. Motivo: el lanzamiento del libro de uno de los presentes. Comprendo que dadas las circunstancias, es posible que hayan aceptado mi invitación por no tener un lugar mejor dónde quedarse, el caso es que desde que los encontré /hablo de la noche anterior/ ya estaban todos borrachos. Lo afirmo sin temor a equivocarme ya que nada más llegando a mi apartamento se turnaron la cama para reponer fuerzas y así poder seguir bebiendo. Dado que mi cama es pequeña y que no existía otro lugar para acostarse puedo asegurar que hasta en el peor de los momentos estuve al menos con tres de ellos. Hay cosas que no se pueden negar y su solidaridad es una de ellas. Cabe mencionar también que la noche en cuestión nunca se habló de literatura, peor aún del libro que había servido de pretexto; como bien me apresuré a concluir, la velada se prestaba para cosas más interesantes; y eso fue lo que se hizo, o por lo menos, lo que se intentó hacer. Se tocaron temas como: la vida del uno vista desde el ojo del otro y viceversa, todo entre un surtido cúmulo de épicas como periódicas historias de ingestas de licor. Poco a poco, y en mi propia casa, fui convirtiéndome en un ser ajeno, y como pocas veces en la vida no me quedó de otra que guardar silencio y prestar atención al a veces caótico divagar de los letrados. El caso es que no dormí y escuché música que no me gusta. Es cierto que me animaron a sugerir un par de temas, sí, pero ninguno llegó a la mitad. En contraste con las letras de sus canciones mi música era anodina y extraña; bueno, al menos eso eso quise creer, es más, creo que hasta fue por eso que logré mostrarme sumiso y complaciente; no es de todos los días que el gran señor H, de buenas a primeras, se sienta un chico de gustos poco interesantes, y bueno, admitir de paso que mi malestar también se debió, en parte, a la incomodidad y al frío al que les viera expuestos en tan deplorable estado. A pesar de todo lo mencionado, no creo que la falta de un mejor anfitrión, un par de colchones, o un aparato de calefacción, justifique que con los primeros rayos de sol, a modo de homenaje, me vomiten la sala con todo el poder de un chaulafán especial y quién sabe cuánto güaro. He pasado el trapeador diez veces pero el olor sigue impregnado en la madera corrompiendo infamemente la atmósfera. He llamado a uno de ellos para contárselo y me ha dicho, entre risas, que se trata de un excelente tema para escribir un cuento; no conforme, añadió que por la gentileza y las molestias, podía apropiarme de lo dicho y animarme de una vez por todas a dar el salto y tratar de escribirlo. Es gracioso, pienso que aunque ganase un premio por la idea, de sospechar lo que iba a suceder, nunca habría ofrecido mi casa.

20.10.11

chachal


El hombre de Liliput se encaminó al nornordeste con popotes llenos de contrabando. Llegando a la mitad del camino sintió el peso de su joroba y se tiró del camino. —No de todo descharchado se hacen mulas. —Se dijo. —Hacer mula de otra, quizás—. Súbitamente, los recuerdos de las redadas en los tendederos de alfalfa, el gorgor del espíritu y las babas del chuchumeco por la psicoanalista. El club, las chelas, y la respectiva digresión filosófica entre canciones y tandas de chochos. El dadá y sus rodadas: —Ésto no es cháchara —decía como gran vividor que era—. Entonces, sólo entonces, Clavelina tomaba su chal y se arropaba las ñáñaras. —Tal vez haya sido cierto el rumor—. ¿Qué habrán querido enzarzar estos fifiriches?—.

11.10.11

Dominio


Desperté en las sábanas de un futuro daltónico. En la pantalla lisa del extremo opuesto de la habitación, un rostro severo me dio los buenos días. El himno de la nación bombardeó mi inconsciente con las instantáneas de paradas militares, banderas y uniformes. A los pocos minutos, como si fuese presa del continuo deja-vú de un mal sueño, la cabeza sin cuerpo me ordenó salir de la cama. Me levanté haciendo gala de obediencia; en contraste con algo que no podía más que intuir, sabía que debía dar las gracias y poner buena cara. Por lo demás, bastaron cuatro temporadas de exterminio. La resistencia terminó como alimento de ballena. Las cámaras se inundaron de representantes. El secreto se propagó y traicionó su nombre. La verdad fue revelada, sí, pero a un costo que nadie fue capaz de imaginar. La faz dominante ganó el juego y cambió la historia para mantener las buenas costumbres. La tierra giró y se enfrió, y con el tiempo, nos cansamos de llevar la contraria.

Sinsentido


Lo encontré como se encuentran las cosas estos días. El sinsentido partía con el dibujo de una caja abierta, en su interior se podía ver un telescopio y sobre la tapa, impreso sobre una placa metálica, un dado mostrando la cara del seis. Un niño observa el artilugio, luego camina hasta la puerta de la terraza y sale. Su rostro es macabro, sus dientes dientes brillan en la oscuridad de la noche. El ojo mira por la abertura; un ojo despierto y sediento que espía. Del otro lado hay algo, mitad mujer mitad otra cosa, y mirándolo directamente sin dejar de darle por el culo a un niño que pide ayuda completamente desencajado. Molesto por la intromisión, el demonio sale del edificio y cruza la calle. Su cuerpo crece al traspasar el umbral. A pesar del horror y de la impresión, el niño logra escapar y llega a las escaleras. La instantánea lo revela en la mitad del tramo; lleva la cabeza pegada al hombro y en su rostro, una mueca sonriente que ratifica que sus miedos ya no pertenecen a este mundo.