12.10.10

El cazador oculto


Un tipo se subió a vender inciensos en el bus. Lo miré de reojo, con gesto de insatisfacción y retomé mi lectura. El hombre, vestido estilo jamaica, se salió de la media en aspecto y discurso. Repartió, a ritmo de florón, muestras de su producto, como parte de la fastidiosa rutina de los vendedores ambulantes. A su paso, ateos y cristianos fueron invadidos e impresionados por el poder de tan tradicional fórmula. Me da mucha gracia cuando lo pienso, tanto más cuando lo escribo; con este, ya eran siete los vendedores y siete las veces que perdía el hilo de la lectura; los culpables: los de siempre; fijos y novatos, y toda su artillería de productos. Como poco conocido en el tema, al menos hasta entonces, mi cabeza sólo alcanzó a pensar en pachuli y eso fue lo que compré. Lo silbé cuando daba el primer paso en las escaleras, un silbido apenas audible por el sonido del motor en marcha y un sin fin de murmullos y voces. Volteó su cabeza ciento ochenta grados con la ayuda de su cintura y me miró con las cejas levantadas y la boca entreabierta. Le hice un gesto con la mano y se acercó rápidamente para tocarme con su maleta. Saqué el dólar de mi bolsillo izquierdo con mi mano derecha y no entiendo por qué se me ocurrió dirigir la nariz a lo que me estaba enseñando. Mi cerebro solo tenía una palabra y esta vez la escribo de otra forma: patchouli. Guardé la cajita de cartón en mi bolso de mano y decidí bajarme en el centro comercial para hacer unas compras; ya en el supermercado, encontré un libro de Houdini y lo coloqué en el carrito para ir hojeando las fotografías. No pretendía comprarlo, y aunque luego cambiara de opinión, nunca llegué a hacerlo. La vida está llena de señales; excederme en la cuenta del supermercado pudo haber sido la primera, pero lastimosamente, no me di cuenta. Las compras fueron a parar en cinco fundas, uno de los empacadores me ofreció ayuda pero me negué; cargar las bolsas es algo que todo hombre debe hacer cuando tiene remordimiento por gastarse el dinero en golosinas; yo siempre gasto el doble y como buen vago, trabajo dos veces. Decidí tomar las escaleras y pensar que estaba en Esparta y que mi caballo fue entregado como parte de pago para la adquisición de un nuevo ejemplar. Entre tanta valentía, mi yo indeciso discutió con mi yo indomable y ya se imaginarán quien ganó. Así que decidí hacer el trayecto a pie y cuando ya me veía caminando la cuestita, me dejé subir en un autobús, tapándole la boca a mi parte intratable. Actuar como la gente espera me complace, pero me aburre. No sé si fue por las bolsas pero crucé la calle por el paso cebra, tal vez esto de escribir tiene un efecto urbanístico, en todo caso, me da la impresión de que adoro mis compras más de lo que valoro mi vida sin ellas. Escribir tiene muchos beneficios, pero estoy seguro de que bajo ninguna circunstancia mejora el olfato. Arreglé un poco, dispuse los aperitivos y me preparé para jugar un torneo de póker en línea. Ya en el estudio, sentado frente al computador, me sentí otra vez en el asiento del colectivo. Por cualquier duda, volví al baño a lavarme las manos y de regreso, me cercioré de que la inocente caja de inciensos siguiera en su lugar. La caja seguía dentro del bolsillo y lo supe sin necesidad de abrir la cremallera pero como todo buen escéptico... Las señales continuaban y en este punto de la historia, decidí tomar medidas drásticas, aplastar cualquier germen de duda y terminar con la fuente del problema que tan bruscamente vino a romper mi escasa tranquilidad. Repasando los hechos, un idiota me había vendido inciensos que necesitaban encenderse a patadas. Primero fue la maleta, lo cual es perfectamente entendible, pero después usé plástico, aluminio y hasta llegué a meter todo en el horno, sin embargo, el olor no desapareció. Tirar un dólar a la basura nunca pudo hacerme tan feliz, pero imaginen mi decepción, al ver esta mañana, la bolsa exactamente en donde la había dejado. El vecino del restaurante, con la intranquilidad que lo caracteriza, comentó en voz alta algo sobre los municipales. Es cierto que el vecino cumplía con su labor cívica y que pudo haber estado en juego el futuro de su negocio pero mi relación con él nunca será la misma. Acabo de enterrar la bolsa a dos metros de profundidad en el jardín y ahora me siento más tranquilo. Saqué muebles, cortinas y cualquier cosa que pueda retener olores y barrí, limpié y desinfecté. Me desperté con el primer rayo de sol apoyado en la mesa de la cocina. La casa entera patas arriba y nada para desayunar. Llamé al trabajo y dije haber sido atacado por un extraño virus; la compañerita entendió mi tono de voz y ofreció disculparme. Era claro que a pesar de todo el caos que se había formado a mi alrededor aún tenía un As bajo la manga. Llevo más de seis horas tratando de engañar mis fosas nasales con ron y chocolate; lo bueno es que acabo de pasar los cuartos de final y tengo un descanso de dos horas.