25.3.13

Nitrogenoideo


La vida está perdiendo su capacidad de sorpresa. Últimamente nada me sorprende y me preocupa que sea de este modo. La protección superó todas las expectativas, aún luce como una pared virgen vacunada contra los efectos del paso del tiempo. El agua sacia la sed, no el vaso. Me sugieren, me proponen, me invitan, y no tengo nada que dar. Vacío de derrochar no he encontrado el alimento, ni siquiera el relleno, y me retuerzo de la vergüenza cuando algo me sobra y no me da la gana de biengastarlo. La sombra me sabe estúpido, por eso no gasta fuerzas quejándose. Las picadas, enemigas del olvido, madrastras de costras que nunca se secan, en permanente resistencia y rebeldía, solitarias en sus insospechados tálamos, infinitas en su esperar de miles de muertes y resurecciones. El vaso vacío recuerda el sentimiento de saciedad. El espacio vacío busca la fuente pero sólo encuentra sed. El vacío es bebido dejando un vacío al cuadrado, vacío que se tornará cúbico, cuadrático, para después transformarse en un vacío complejo, imaginario, exponencial. Los vacíos sucesivos no generan masa. Todavía no ha nacido el analítico que tabule y calcule estas pendejadas. No hay claves, ni fórmulas para explicar el vacío místico de los espacios, pero cuando estos espacios vacíos ocupan el lugar de chakras, de caracolas o de crucifijos, nunca faltan los entendidos. Falta aliento para avivar el fuego del ánimo. La vida sigue por sí misma mientras no se ofrezca resistencia. Es fácil, no hay que pensar, es un ponciopilatismo progresivo, una mamada contínua del propio órgano, un lactar del propio seno, un andar entre pisadas que llevan al mismo ningunaparte. Regresar los pasos nunca será una alternativa. Nunca he necesitado volver para recordar el porqué de mi partida. A veces, regreso mis pasos en busca de algo que he olvidado llevar. Recorro los viejos espacios con la certeza de ser visto como un extraño. No quiero ser llamado a la mesa, no quiero jugar a la casita, lo único que deseo es encontrar lo que fui a buscar y marcharme. Nadie es imprescindible, pero muy pocos lo entienden, cuando la situación lo requiere, reemplazan un tornillo por otro sin pestañear y se llenan la boca diciendo que sin esa pieza todo se derrumbaría. Si la vida es el pastel del que todos se alimentan, los pobres de bolsillo, los ricos de cara y los graciosos de espíritu aportan sus polvos al decorado. Qué bien se siente tomar la forma de la masa inflada y caliente; más cuando se tiene la suerte de reposar sobre vainilla o chocolate, más cuando por acción de la cuchara lo esponjoso y lo maliciosamente dulce se mezcla, justo antes de terminar en la cañería de algún tragamonedas. Puedo ser el entremés, pero nunca el postre. Muchos me llaman para terminar, a claras leguas de la del estribo. Yo, como idea recurrente, posterior a la insatisfacción, en respaldo a un creciente desequilibrio. Me llaman para terminar pensando que es lo único que puedo hacer, pero yo soy el entremés, y quiero que todos me olviden antes de pagar la cuenta. La amabilidad es un guante que nos salva de muchos etcéteras. Maniquíes al por mayor, en las calles, madrugando a hacer brillar los ojos de los que son y de los que no son. Faros inexpertos en todo lo que no es superficialidad. Fascinantes como paraboloides, siempre dispuestas a hiperbolizarse por un sueño o por algo mejor. Inestables cuando no encuentran su peor no es nada, trastornadas de adioses y formateos. Musas preocupadas, siempre preocupadas por la gravedad y por el decantamiento de los segundos. A veces, me enfada no encontrar charcos para salpicar los castillos de arena que ahogan el paisaje. Sé que no soy el único aburrido, amargado, deshidratado. Pronto haremos de las nuestras y los curiosos tendrán que despedirse para no tener que colaborar con los perjudicados. He escrito tanta paja que haré un fogata, así tendré fuego para encender los últimos tabacos.

13.3.13

Flor de relós


No hay flores en el abismo de la tristeza porque ya no hay imbéciles que las rieguen con su llanto. Recuerdo claramente al último de ellos: Un muchacho de aspecto macabro y mirada dulce. Una sombra de hombre que cargaba con una inmensa pena. Viví al pié de este abismo desde que tengo memoria y nunca, nunca, conocí a nadie tan aplastado en su angustia, tan ensimismado en su dolor como ese pobre infeliz. Lo único bueno, y prueba de que dios existe, es que tuvo la suerte de encontrar la última flor del abismo para llorar su pena con ella. Yo mismo lo acompañé hasta donde se encontraba. Me pagó el favor con toallas de ‘Los ricos también lloran’ perfumadas. Al principio me alegré un montón y pensé que haría una pequeña fortuna, pero antes de llegar a casa y de manera tardía, digo, por las señales que el abismo ya me había dado, pude por fin darme cuenta de que la desaparición de los peregrinos y la escasez de flores eran las dos caras de una misma moneda. Cuando volví al templo había otro sujeto esperándome. Sin hacerle las preguntas de rigor lo llevé al abismo para probar suerte. Al rato, el extranjero empezó a sospechar y a preguntar, ¿no sabía que este lugar fuera tan grande? o, qué extraño, esperé ver más gente por aquí. Me sentía muy cansado pero no podía hacer nada más que tenerlo dando vueltas. Finalmente, su paciencia llegó al límite y en un repentino ataque de ansiedad, me abofeteó hasta hacerme cantarle toda la verdad. Luego preguntó: ¿Quién es este hombre al que tanto protejes? ¿Qué ha hecho por ti? ¿Él te regaló esas bonitas toallas que venías cargando? Francamente, y basado en simples conjeturas, me esperaba esa reacción. Sin embargo, no podía renunciar ni tampoco enseñarle el lugar, quería que se diese por vencido, pero como ya dije, el sujeto no tenía la apariencia de dejarse vencer por los benignos linderos de mi pequeño abismo. Ahora confieso: por cómo se resolvieron las cosas, finalmente se lo agradezco, aunque sólo de recordarlo, me duela. En escasos trancos lo conduje hasta donde se encontraban ellos. Ni siquiera nos miraron. Tengo algo que llorar, si me permite, dijo el hombre. El otro no le hizo ni caso. La flor se inquietó un poco sin dejar de hacer su trabajo. Tengo algo que llorar, repitió el forastero, y abrió su capa para dejar en descubierto su pecho de paloma. La luz violeta de la flor hizo del pálido desconocido un espectro. Mientras lloraba, repetía entre dientes algo que sólo con la ayuda del forastero pude descifrar ya que se trataba de una lengua de la ciudad. Decía: Quiero regalarte el yo que mereces sin desconocerme, para luego dejarte ir y decirme que no te necesito. Nos quedamos en silencio el tiempo suficiente como para memorizar la letra, el ritmo y la entonación de su rogativa. Luego nos miramos y nos preguntamos, sin decirnos, el significado de las palabras que ese descorazonado hombre repetía. Hablamos una sarta de estupideces, de eso no me queda la menor duda. Desde mi punto de vista, el problema fundamental radicaba en que el yo no es una cosa que se pueda regalar porque el yo es de una forma exclusiva e intransferible, por lo tanto, tratar de entender el resto, eso de dejar ir lo que se va a extrañar, sería imposible ya que era obvio que una frase complementaba a la otra. Y viceversa, comentó el pecho de paloma; discrepó y me interrumpió al punto de hacerme sentir incómodo. Para él, el problema era otro; habló de la necesidad de conocerse para desconocerse, habló sobre la teoría del yo múltiple, habló de un tal Strogoff, de la necesidad de sinceridad, de la renuncia a la libertad. En medio de su discurso una luz brilló en sus ojos. Me moví un poco para cerciorarme que no se trataba del reflejo de la flor que se veía mejor que nunca. Se calló por un momento y luego levantó el brazo muy lentamente. Este tipo va a sacar un libro, pensé, diablos, pero no, con mucha delicadeza; sin dejar de ver el infinito; colocó el botón en el segundo ojal de su capa, luego el segundo en el tercero y el tercero cuarto, mientras empezaba a hablar con una solemnidad casi militar. Señor guardián y protector del abismo, no entiendo bien lo que me acaba de suceder pero puedo asegurarle que estaré enteramente agradecido con todos ustedes. Entonces dio media vuelta y se marchó. Nunca más lo volví a ver. Y eso fue todo. El amigo está bien y la flor también. Ahí siguen. Sí, en el abismo. Llorando por todos nosotros.