27.1.12

Miel


Extraño mi americanino. El uso regular de la bici le abrió dos huecos en la entrepierna. Para no quedar peor que mal debía permanecer de pié o bien cruzar las piernas para sentarme. Esto es para leer y olvidar. Una mal follada mujer me sacó de quicio al final de una noche de encuentros y desencuentros. Quien me conoce, sabe que soy tan desprendido como derrochador y nunca, quiero decir, casi nunca, he tenido problemas por platas, deudas o egoísmos. El caso es que luego de hacerse más de media hora la loca yendo y viniendo de la cocina, asoma finalmente a la calle en donde la esperaba impaciente por mi vuelto de diez del que no había probado ni un puto sorbo; y poniéndome un poco de sueltos en la mano me sale diciendo —toma ve, ya no seas llorón—. Y nada, me rayo y le tiro las monedas al piso ante la mirada atónita de su 'gordo' maridito. La imagen de la bruja, corriendo detrás del auto, gritándome de qué me iba a morir, me llena de entera satisfacción. Hace poco me regalaron unos pasteles grasos y se me ha dado por pintar. Retraté lo acontecido en una entramada composición, la bruja aparece con la boca muy abierta, frente a sus narices hay una mano con cuerpo lanzando monedas, es blanca y está llena de pelos; un poco a la izquierda está el taxi, la calle y una luna que se convirtió en cómplice gracias al rostro de una señora.

23.1.12

De cabo a rabo


Como muchas veces, Sálem empezó con los sonidos roncos, seriados, que pueden prolongarse ad infinitum de no ser por las palabras mágicas. Resulta que al minuto de abrirle la puerta se escucha un maullido salido de tono. Este salvaje ya le está dando duro al gato de enfrente -pensé- y veloz -cual gacela- descendí con la intención de poner fin a la pelea y, de paso, salvar la vida del osado pero mal afortunado gato de vecino que gustaba de hacerse los polvos con las gatas del edificio. En la mitad del trayecto el quejido se repetió ahogado. Al llegar abajo no había rastro de ellos. Averiguando a los enternaditos del frente, me señalan las gradas del restaurante, y claro, ahí estaban, solo que no ha sido el vecino, sino la vecina. Banana, sin salida, y mi gato querido, robusto y sólido como él sólo, cuatro o cinco escalones abajo, exigiendo lo suyo y cortándole el paso. Al verse sorprendido, Sálem se tumbó en donde estaba y así que no me tocó otra que cargarlo de regreso. Entiendo que dada su condición de macho, responsable de una especie, tenga derecho a intentar algo con ella; pero a pleno día, a ojos vistas de los clientes del restaurante, era indecente hasta para un par de gatos. Apenas y pusimos una pata en la casa, la Suka, su pareja y madre de cuatro, se acercó a olerlo, y al ratito, los dos enanos se sumaron a la escena. Puedo asegurar que le hicieron /en la manera de hacer de los gatos/ una revisión exhaustiva, más propia de perros policía en aeropuertos. Efectivamente, el animal llegaba del exterior y traía algo más que el olor de las hierbas del patio. Pobre Sálem, sin saber bien por qué la sufría, al igual que ella. Lo he pensado pero lamentablemente no hay nada que se pueda hacer al respecto. Por lo menos, ahora entiendo mejor lo que quiere decir, de cabo a rabo.

Sillas


El frasco de nescafé vuelve a mi poder porque soy despistado, al menos, eso debió haber pensado ella al aceptar entregármelo; lo que sí dijo viendo mi casa fue: -Eres desordenado-. Eso, y claro: -Te manda el Gusano-. Las sillas que había venido a buscar estaban sucias y los gatos hacían cama de ellas. Ofuscado de la vergüenza pero parcialmente oculto por la pizarra que uso como bastidor sugerí que lo mejor sería utilizar las de abajo. Cuando aún podían escucharme /ups, omití al rubio/ les pedí que me den agradeciendo por el café. A veces lo imagino de pie, mirando mi ventana.

13.1.12

Orillas


Cuando me preguntan por ti prefiero callarme la boca, sin embargo, he creído una justa acción valerme del teclado y compartir este resentimiento que intranquiliza mi espíritu al punto de ser orden del día más de mil días después. Mi intención no es perjudicarte; si te reconocen a través de estas líneas se deberá a tu fama y no a mi falta de recursos para proteger tu devaluada persona. Hago esto porque quiero expresar mi descontento y no para cambiar el curso de las cosas. Tenemos lo que merecemos y tú andas debiéndole a la vida más de lo que puedes pagar. Es cierto que podrías cambiar y ponerte al día pero tanto tú como yo sabemos que a estas alturas de la vida, hacerlo sería tan difícil que me inclino a ratificar tu impotencia, tu imposibilidad. En este punto, para el cuál es muy posible que te hayas reconocido, te preguntarás cuál es, si es que no se trata de una venganza, el propósito de este escrito. Ya que he logrado captar tu atención, me encargaré de mantener el ritmo, sé que no eres buen lector y no quiero fatigarte con detalles intrascendentes o palabras de especialistas. Pasaron buenas cosas, no reniego, pero siempre con la sensación de haber sido utilizado o con el sentimiento de culpa de no haber reaccionado decentemente, haciéndome así cómplice de tus más variopintas fechorías. Como dije, no puedo quejarme demasiado, ya que a pesar de todo lo mencionado, lo más triste es no haber tenido nada mejor que hacer, alguien mejor para pasar el rato. Se compartieron cosas, claro, todo se da cuando nada se tiene. Ahora que ha pasado el tiempo, el desbalance natural, la selección de las especies, ha puesto en evidencia que ya no compartimos el mismo peldaño. Háblame de favores. Aprendí mucho de tu experiencia y de tu descaro. Hacer lo que haces es un arte que no merece respeto. Lo aprendido es mi beneficio y por supuesto, el haber sabido extraer lo positivo de las más de mil y un historias que escuché de tu bocaza mientras aplanábamos las calles en busca de los más exóticos ingredientes. Ahí estaba siempre yo, jodiendo a ratos y consumiendo poco. Siempre me hice el tonto para evitar discutir sobre ciertas cosas, y funcionó, por lo menos como prefiero recordarlo; pero hasta aquí te trajo el río, amigo.