7.4.14

1,2,3



Sin contar las veces que escucho su nombre en los centros comerciales, o en las paradas de bus, su recuerdo me asalta a diario. En frascos de perfume, en letreros de tiendas y supermercados, en vallas de urbanizaciones, en stickers de fulano ama a mengano; en paredes inmundas y cortezas de árbol (también inmundas). Muchas de esas veces, termino pensando en ella pero su nombre no es el único detonante. Desde una pareja de mandriles hasta una tonta canción de reguetón, mucho me refiere a ella, a su recuerdo que viene por partes: (empieza en su rostro y termina en su generoso trasero) como un grupo de instantáneas que en su evocación ganan en intensidad (y sobre todo en dimensión). Nunca pude conseguir nada igual. A unas les sobraba el porte, a otras, gracia. Todas cayeron en cuenta de una forma o de otra: que no pasaba un día sin orbitar el pensamiento de mi musa eterna (de pensar en arreglar, de creer que se va a volver) y la demostrada imposibilidad (ya sea por un pretexto estúpido o por culpa de un orgullo aún más estúpido que nunca me permitiría llamarla, peor ir a buscarla. Doscientas semanas desde aquel portazo y la lluvia. Una relación cuya profundidad aún desconozco (a pesar de nunca haber perdido de vista el fondo). Como si lo nombrado (por el mundo) no fuera poco, y como si no me siguiera tropezando en las huellas que sus pasos dejaron por (sobre) mi vida.