29.1.09

¡Bang, bang!


Nos ponía a leer en voz alta, mientras tanto se ponía a calificar pruebas, exámenes, cuadernos. De vez en cuando levantaba la cabeza y hacía enérgicos llamados de atención. Eran las peores horas de la semana. Para colmo, solía dejar como tarea la lectura de capítulos y capítulos del mismo puto libro. Esa clase era tan insoportable que desde la víspera sufría de terribles dolores de cabeza.

Desperté sudando y me senté en la cama para intentar visualizar el sueño. Leía en voz alta frente a mis compañeros. El aula estaba inundada de luz —parecía una locación recurrente de Linch—. El profesor me observaba con los ojos alarmantemente abiertos. Su boca estaba cosida con hilo y sus manos estaban atadas a la espalda con cinta de embalaje. Paulatinamente, la luz de la estancia ganó intensidad hasta que el blanco del papel deslumbró mis ojos. ¿Luego…?, luego nada. No lograba recordar.

Me retrasé siete minutos. El inspector general me puso a subir y bajar escaleras. Al sonar el timbre de cambio de hora, me dio una patada en el culo y me mandó a clase. El profesor de geografía entró inmediatamente detrás de mí. No había leído ni una sola hoja.

—Sr. Jérvas...
—¡Hervás!..., se dice Hervás.
—Tenga la bondad de pasar.
—No, mejor no.
—¡Vamos!, pase al frente ¡Hábleme del imperio Persa! ¿No querrá otro cero?...
—La verdad no, ya tengo tres.
—...puede empezar.
—Los persas eran muy valientes, destacaban en todo. Alfombras, persianas, gatos. Además eran estupendos cocineros...
—Siéntese, señor Jérvas. ¡Tiene cero!
—¡La madre que lo parió!
—¿Qué es lo que dijo señor?
—¡Hervás!... ¡Mi apellido es Hervás!

Harriet


Teníamos amigos en común así que conocernos fue algo inevitable. Cuando lo vi por primera vez, pensé que se trataba de un gomelito de El Pinar. Saludé y me puse a escucharlo hablar acerca de alguna riña en la que forzosamente se había visto involucrado. Empezamos a charlar y nos hicimos buenos amigos. Al igual que yo, había pasado de todo y probado de casi todo.

Administraba un micromercado. Solía irlo a visitar después de clases. A veces, le ayudaba a atender a los últimos clientes, pero casi siempre lo esperaba tomando cerveza y fumando cigarrillos. A las ocho en punto de la noche, cerrábamos el local y tomábamos un taxi a La Ofelia. Yo esperaba en el automóvil mientras él hacía los negocios.

Alquilaba un departamento pequeño con dos cuartos en una casa mediana. En la habitación del frente vivía un psicólogo argentino de unos cincuenta años de edad y en el piso de abajo, un inglés y su esposa. Cuando nos escuchaban llegar, solían subir a saludar y en muchas ocasiones se quedaban de largo. Todavía recuerdo a Nicky (el inglés) contándonos de un tal Adam Günter y de cómo le había hecho la vida de cuadritos en su adolescencia. El argentino hablaba del Huracán, de Charly García, de Maradona. Cuando nos cansábamos de escucharnos jugábamos ajedrez. Así pasábamos las horas, sin decir una sola palabra. Uno tras otro, los cigarrillos se consumían, las botellas se terminaban.

Y así pasó el tiempo. Un día tuvimos una fuerte discusión que acabó de manera definitiva con nuestra amistad.

Poco tiempo después me enteré de que su familia había decidido vender el negocio y repartirse las partes. Padre e hijo se pusieron de acuerdo para abrir una billa, su madre y hermano, por su parte, prefirieron continuar en el negocio de los micromercados.

Un día como cualquiera, al presidente de la república se le ocurre liberar a los presos sin sentencia –no conozco bien los detalles—. Gracias a este decreto, un trío de antisociales es devuelto a las calles. Roban un taxi y matan al conductor, luego se cargan un par de guardias de seguridad y para terminar con broche de oro, deciden ir a robar el flamante club de billar Los Diamantes.

Un amigo me contó lo sucedido. Tres hombres armados habían entrado al local mientras disparaban al techo para infundir pánico. El robo se complicó cuando el padre empezó a forcejear con uno de los antisociales. Mi amigo quiso ayudarlo y le dispararon por la espalda, a la altura del corazón. Tardó media hora en morir.

No fui al funeral, tampoco al entierro. Cuando me encuentro con su hermano menor, le pregunto por mi tablero de ajedrez, ese cuyas fichas fueron talladas a mano por mi padre, ese que olvidé en la casa de su hermano y que siempre promete devolvérmelo. Luego esquivo sus ojos para evitar una situación incómoda y me despido deseándole suerte.

26.1.09

Chacal


Hice una fiesta en casa. El primero en llegar fue el primo de mi prima y su cara de condescendencia. Empezó a darme consejos sobre el buen vivir y economía del hogar. Inventé una sed que no existía y fui corriendo a la cocina. Al salir te vi junto a un tipo bajito y moreno. Te sorprendiste, como si no esperases encontrarme en mi propia casa. Después de cruzar un par de preguntas, te propuse subir al cuarto a ver fotos viejas.

Se produjo un silencio incómodo. El pasillo interminable terminó con un beso antes de llegar a las escaleras. Fue una especie de reflejo. Un acto tan premeditado como inconsciente. Llegamos arriba y empezamos a hacer cosas de enamorados. Entonces tuve un mal un presentimiento. Cambié de posición y me apoyé en la puerta, frente a las ventanas. Para mi sorpresa, un águila gigantesca estaba mirándonos desde el edificio de la calle de enfrente. Cuando se vio descubierta, tomó impulso y voló hacia nosotros. Pude haber tenido tiempo suficiente para abrir la puerta y volver al pasillo pero no podía moverme ni hablar. Tú seguías sin percatarte de la situación y me dabas besos con los ojos cerrados.

El ave empezó a transformarse en un chacal. Vestías un kimono con un gran lazo rojo en la espalda. De un fuerte tirón, el chacal deshizo nuestro frágil abrazo. Te arrastró mientras tratabas de aferrarte a las cosas. Yo seguía inmóvil. Ni siquiera podía gritar.

El chacal desapareció de un salto en la noche oscura. En cuanto pude moverme fui al balcón. En la calle solo había un gato, que en medio de un tranquilo paseo, parecía estar completamente desentendido de la situación. No hay buena fiesta sin platos rotos.

21.1.09

Cuatro tiempos


Los autos y los niños son inseparables. Donde hay un niño, hay un carrito de juguete. Los hay por millones. Se los encuentra en los armarios, debajo de las camas, en la mitad de una escalera. Ultramejorados, supersofisticados. Ya no son lo que solían ser. Cuando era pequeño robé un Mustang verde que todavía conservo en el fondo de alguno de mis cajones. Lo lanzaba por las escaleras, lo chocaba contra las paredes.

Por suerte, ahora tengo Play Station. La mejor manera de correr sin cansarse y sin matarse. Puedo conducir donde me plazca. Visitar el castillo del Morro o dar una vuelta por El Vedado en La Habana vieja. Hacer carreras en Los Ángeles o pasear por Niza. Sintonizar buena música. Escoger la hora y el clima. Atropellar gente, saltar semáforos, destrozar las bancas de los parques.

La vida real es muy diferente. Estoy tan acostumbrado al reset y al try again que no sé si pueda conducir un auto de verdad. Podría endeudarme y hasta perder la vida. Prefiero quedarme tranquilo en casa fuera de todo peligro. Esperando que el ruido del motor de cuatro tiempos termine su ciclo en el mundo. Aspirar. Comprimir. Incendiar. Expulsar.

19.1.09

Naomi


Cuando tenía seis años y mi hermana siete, mi madre nos inscribió en un curso de natación. Era indudablemente verano. El instructor era un tipo grande y bronceado. No recuerdo su nombre. La piscina quedaba a la vuelta de mi casa. Al tercer día de clases, mientras estaba en la mitad de la piscina, el flotador se me escapó de las manos. Mientras luchaba por mantenerme a flote pude ver al socorrista lanzándose a rescatarme. Llegué a casa con un mal sabor en la garganta y con el claro deseo de que se terminaran las vacaciones o, en su defecto, el verano.

Si uno estaba en el parque, entre las diez y las once, podía ver a un socorrista persiguiendo a un niño flaco y moreno. No sin dificultad, lo bajaba de algún árbol y lo regresaba a la piscina. Mi madre y mi hermana se burlaban de mí. Para colmo, había una niña rubia llamada Naomi. Me dedicaba a observarla desde la piscina de los pequeños. Un día la vi jugando clavados con el niño más tonto y abusivo del parque. ¡Tenía que aprender a nadar!

Esa noche, entré clandestinamente a la piscina. Bajé por los peldaños y me solté. ¿Por qué nadie me dijo que podía nadar como rana?

Al día siguiente, asegurándome de que mi madre, mi hermana y el socorrista me estuvieran viendo, tomé carrera y me lancé a la parte más profunda de la piscina. Naomi ya había regresado a la ciudad. Era el fin del verano.

16.1.09

Alerta naranja


Oficina del alto mando de control de medianos espacios interestelares.

OFICIAL I: Es obvio que el planeta azul está a punto de la autodestrucción pero no tenemos autorización para intervenir.

OFICIAL II: Recordemos el caso del planeta naranja; fue una pérdida de tiempo.

OFICIAL III: No podemos quedarnos con los brazos cruzados, tenemos que enviar un voluntario.

OFICIAL II: ¿Un voluntario? ¿Al planeta azul? …Parece que usted ya ha olvidado lo que sucedió con el último (...)

OFICIAL I: Conozco la persona ideal. Es un asunto muy delicado. Pediré audiencia con el Coordinador Interestelar. Si todo sale bien, nuestro problema será analizado por el Gran Consejo.

OFICIAL II: ¡Por mí que se jodan! El planeta azul nunca me dio buena espina.

OFICIAL III: ¡Usted es como el perro del hortelano!*

OFICIAL II: (…) ¿Qué es un perro del hortelano?

OFICIAL III: No tiene importancia. ¿Nos vemos en dos practus?

OFICIAL I: Mejor que sean tres. Tengo que recoger a mi señora.

OFICIAL II: ¿Y si mejor lo dejamos para mañana?

*Expresión terráquea. Se le dice al que no hace ni deja hacer.

14.1.09

Medias tintas


Un hombre calvo entró de repente, se notaba claramente que traía prisa. Vino directo a hacia mí y me pidió un vaso de leche tibia. Cargaba un pequeño maletín y parecía estar poseído por una ardilla. Mientras calentaba la leche, lo veía de reojo. El sujeto hablaba solo y maldecía. Parecía repetir un código. Una sucesión de siseos en extremo audibles desde mi posición. Cuando le acerqué el vaso, sumergió su dedo en la leche.

—La leche está fría —dijo—. El vaso está caliente pero la leche está fría, eso sucede cuando se mezcla leche refrigerada, vaso de cristal y microondas.

Le pregunté si quería que se la calentara más, a lo que me respondió que era obvio ya que la leche estaba fría. Tomé el vaso y di media vuelta. Puse a calentar la leche treinta segundos más. Cuando di vuelta, el hombre calvo se había ido. En su lugar, había otro sujeto. Vestía abrigo gris y camisa negra. Pidió un café. Como debe ser. ¡El café se sirve hirviendo y punto! ¿Qué es eso de leche tibia?

13.1.09

Martes 13


Cuando era pequeño, vivía junto al cementerio. Entre tumbas y huesos, aprendió que los seres humanos hablan de los muertos como si estuvieran vivos y que en su gran mayoría se sienten mejor en la presencia de flores o ramos. Nunca los consideró una amenaza.

Una niña que acababa de perder a su madre lo recogió del cementerio y lo llevó a vivir a su casa. Su padre se negó al principio, pero no tuvo corazón para separar a la niña del gato. Nunca fue un buen padre. Cuando veía llorar a su hija no sabía qué decir. Pasaba la mano por su cabeza y le daba palmaditas en la espalda. Luego se iba a llorar en la habitación con la puerta cerrada.

Consiguieron un plato hondo para el agua y otro para la comida. Pusieron arena del jardín en una caja y la colocaron debajo de las escaleras del tercer piso. Le compraron un collar y le pusieron un nombre.

Así pasaron los años. La niña dejaba de ser niña. El gato desaparecía todos los días y no regresaba hasta la noche. A veces volvía con un pájaro o un ratón en la boca, pero la mayoría de las veces traía consigo hojas, ramitas o flores. Todas las ofrendas eran secadas cuidadosamente y colocadas en los numerosos arreglos que decoraban la habitación y parte de las escaleras.

Un martes trece, al volver del colegio, notó que su padre estaba más silencioso de lo normal. Se puso a ver tele hasta llegada la noche; el gato no asomó los bigotes. Al otro día, le preguntó a su padre por el gato pero no tuvo respuesta. Lucía extraño. Terminó de un sorbo su café y se marchó rápidamente. Antes de salir, le acarició la cabeza y le dio una suave palmadita en la espalda.

9.1.09

El comedido (Parte 2)


A pesar de haber dado una vuelta de campana, el auto se conservaba en estupendo estado. Acostada sobre el volante se encontraba una mujer. Abrí la puerta, liberé el cinturón de seguridad y la saqué del auto. Respiraba con dificultad pero parecía estar bien. Abrió los ojos y me miró asustada. La ayuda viene en camino –le dije—. ¡Por favor no llame a la policía¡ –respondió—. Tomó mi brazo y empezó a caminar. Dimos vuelta a la calle y nos detuvimos en la puerta de mi edificio. Le propuse entrar. Aceptó. Nos sentamos en el recibidor, estaba conmocionada. Le ofrecí un té. Aceptó. Subimos por el ascensor. Cuando entramos al departamento no me dejó encender la luz. Se dirigió hacia la ventana y cerró la cortina. Luego, empezó a espiar nerviosamente hacia el lugar del accidente. Ellos no tardarán en llegar —dijo— ¿Ellos? —pregunté— ¿Quiénes?

8.1.09

PNN-177


La Blazer estaba estacionada frente a la casa. Como era de esperarse, le faltaba la placa delantera. Toqué el timbre. Una voz habló desde el interior.

—¿Quién?
—Buenos días, busco al señor Flores.
—Soy yo. ¿Quién me busca?
—Soy el dueño de la perra que atropelló el domingo por la mañana. Vengo a devolverle su matrícula y, de paso, a pedirle una explicación.
—No sé de qué diablos me está hablando. Será mejor que se vaya. Yo no he atropellado a nadie.

Colgó el citófono; volví a timbrar, más fuerte esta vez.

-Mira, hijodeputa, si no te largas de aquí, voy a salir y te voy a sacar la puta.

Colgó otra vez. Sentí que mi cuerpo se incendiaba de la ira. Saqué el celular y llamé a un par de amigos. Di media vuelta y fui a casa para reunirme con ellos. Les conté lo sucedido. Se habló de todo. Desde atropellarlo –código de hamurabi— hasta de complicadas estrategias para hacerle perder todo su dinero –el arte de la guerra. No quería llegar a la violencia, pero quería darle una buena lección. Una que no olvide jamás.

Empecé a merodear la casa por las tardes. Al tercer día, a eso de las siete, vi llegar la Blazer. Estaba oscuro pero se veía perfectamente. Para mi sorpresa, un enano salió del auto y entró a la casa. No medía más de un metro veinte de altura, vestía camisa azul y pantalón blanco, tenía recogido el pelo en una graciosa colita. Una mujer esperaba al volante con las luces de parqueo encendidas. A los pocos minutos, Flores salió de la casa con un disfraz amarillo. Subió al auto, no sin cierta dificultad, dieron media vuelta y se fueron. El señor Flores resultó ser inocente después del todo. Al otro día, visité nuevamente la casa.

—¿Quién es?
—Busco a la señora flores si es tan amable
—Como no… ¿De parte de quién?
—Soy el dueño de la perrita que su esposa atropelló el domingo por la mañana.
—Otra vez usted. Voy a salir y le voy a enseñar a no molestar a la gente decente.
—Eso me gustaría verlo.
—Lárgese o llamo a la policía.

Colgó por tercera vez.

La situación me estaba exasperando. Saqué un libro de Ortega y Gasset y me senté en la acera de enfrente. Esperé dos horas; entonces, la puerta del garaje empezó a abrirse. Me coloqué a dos metros de la rampa, cerrándoles el paso. El vehículo no se detuvo y tuve que saltar para que no me atropelle. Antes de que el auto desapareciera por la esquina, pude ver de cerca el rostro de la señora Flores.

Me pregunté qué sería más duro para él: ser enano o tener que acostarse con ese monstruo todos lo días. Como si esto no fuera suficiente, tenía que usar un ridículo disfraz para ganarse la vida. Di media la vuelta y fui a la oficina, tenía un montón de trabajo pendiente.

7.1.09

El comedido (Toda historia tiene un comienzo)



Acostado en mi cama, mirando hacia el techo, escuchaba el ruido de los platos en el fregadero, allá por la cocina. El cd había dejado de sonar y los autos indecisos interpretaban para mí el Opus Transitus Vehicularis de las Siete en Punto. Escuché un frenazo y luego un fuerte ruido metálico. Alguien se había estrellado justo en frente de mi edificio. Rápidamente, busqué la cámara de fotos y abrí la ventana de par en par. El auto estaba destrozado, en él se encontraba una mujer. Parecía estar inconsciente, su cabeza descansaba sobre el volante. Un taxi pasó cerca del accidente, pero se fue como si nada. Cinco minutos y nadie se había acercado todavía. Por la seis pasaban autos hasta para regalar, pero por la Veintimilla no pasaba ninguno. Pensé en bajar, tal vez podría ayudar en algo. Era una pena haber dejado el trípode en la oficina. Empezó a llover. Segundos después se fue la luz en toda la cuadra. Por suerte mi edificio no se vio afectado. Podría usar el ascensor.

6.1.09

El señor del hielo


Para tomar el autobús del colegio tenía que caminar hasta la parada de Los Dos Puentes, a quince minutos de mi casa. El bus pasaba a las cinco y cincuenta, por lo que tenía que salir de mi casa a las cinco y media. A esa hora de la mañana todo seguía en la más completa oscuridad.

En el tiempo que me tomaba descender, el negro del cielo se pintaba de azul. En la cima de la cuesta se tenía la perspectiva de un palco. Los dos puentes parecían estar tan lejos como abajo. No se veía mucha gente. Tal vez por esta razón, un personaje extraño llamó mi atención. Era un hombre pequeño de mediana edad. Cargaba una caja de madera a la espalda, la cual sujetaba con un inmenso costal de yute. Le tenía un poco de miedo, pero por suerte él salía antes que yo.

Un día llegué a la calle y no lo vi bajando. La primera parte de la cuesta era rápida y conforme se descendía, la inclinación mermaba. De repente, apareció detrás de mí. En la parte más oscura del trayecto. Casi me muero del susto. Por suerte, un señor salió a lavarse los dientes en la puerta de su casa. Tomé valor y le dirigí la palabra, justo cuando estaba por adelantarme.

—Disculpe, señor… ¿Qué lleva en la caja?
—Está vacía.
—¿Y de qué la llena?
—Hielo seco.
—¿Hielo seco?
—Para que no se derritan los helados.
—Ahaaaa ¿Y por qué sale tan temprano?
—Vuelta tengo que ir a ver el helado.
—¡No le creo! ¿Se sube de nuevo la cuesta?
—Sí. Debo llegar a la escuela Espejo antes del recreo.
—¡Qué arrecho!

...Y así empezó la amistad. Cuando nos encontrábamos, bajábamos juntos. Veíamos salir el sol mientras él nos veía bajar la cuesta. Un día dejó de asomar, y no me refiero al sol.

5.1.09

Annonymous


Al norte de la ciudad, casi a una hora del centro, hay un parque con muchos árboles. Solía ser frecuentado por gente extraña en actividades no deportivas. Hoy, gracias a la floreciente iluminación, se ha expulsado a los personajes no deseados de manera definitiva.

Cuando este parque se convirtió en un lugar seguro, un vagabundo, decidió quedarse a vivir en él. A pesar de su horrible aspecto nunca resultó ser peligroso. Se ganó el aprecio y cariño de todos. Hace dos semanas, el viejo fue acusado de atacar a una niña de siete años. Los padres de la niña, hicieron una denuncia para expulsar al anciano del parque.

El sargento de policía Zambrano conocía muy bien al acusado. No entendía cómo un hombre tan inofensivo pudo haber cometido semejante acto de abuso en contra de una niña indefensa. Los encargados de tomar las decisiones estaban confundidos y no se decidían. Aunque la víctima tenía a sus padres como testigos del maltrato, en el expediente no figuraba ningún tipo de evidencia. El caso pasó a los tribunales. Con suerte, el sistema judicial no tardaría más de un año en dictar sentencia.

A la semana siguiente de la denuncia, el padre de la chica se contactó con unos cuantos parientes; fueron al parque en altas horas de la madrugada y le propinaron al viejo una paliza al puro estilo grecorromano. Ya por la mañana, el viejo fue llevado a un hospital público cercano. Murió a las doce del día.

Zambrano era el único que conocía la verdad. Pero decidió no decir nada. ¿Quién iba a creer en un sargento de policía?

Vecinos del parque, y simpatizantes, llenaron de flores la banca en la que el viejo pasaba sus noches. En un acto emotivo, se habló de la inseguridad, culparon a los skins, a los punks, a los emos, a la policía. Enterraron el cuerpo en el parque y pusieron una pequeña cruz. Como nadie conocía su nombre, la cruz quedó en blanco.

Hoy se la puede ver sin peligro. Siete municipales custodian el perímetro.

A minor incident



Regresaba con mi perra Daria de hacer compras en una tercena pequeña que quedaba a dos cuadras de mi casa. Mientras hacíamos la diagonal por el parquecito, una niña de cuatro o cinco años apareció y quiso tocar al animal. La perrita, espantada, emprendió súbitamente una veloz carrera de camino a casa.

Entre ella y su destino se interponía una avenida de cuatro carriles.

La perseguí asustado, imaginé la cara que pondría mi madre si le pasaba algo al animalito. Era pequeña pero muy veloz. Al llegar al final del pasaje, me sacaba por lo menos diez metros de distancia.

Los autos pasaban muy cerca de mi posición. Estaba, de hecho, interrumpiendo el tráfico. Tenía la camiseta manchada de sangre y sostenía a la perra atropellada en mis brazos.

En perfecto estado de shock, miraba en la dirección tomada por la blazer negra. ¿Por qué no se detuvo? ¿Por qué escapó? ¿Acaso no quiso ensuciar su tapicería? No lo sé. Tal vez estaba tarde para ver la función de títeres de su hija de cuatro años. En fin... la culpa era mía, solo mía.

Un hombre se me acercó y me recomendó ir en busca de un veterinario. Tenía que hacer algo por el animal, todavía respiraba.

Lo peor ya había pasado. Estaba mirando a mi Daria encima de la mesa de operaciones. Un mecanismo grotesco mantenía su hocico abierto. Tenía un pulmón destrozado y el otro –según el veterinario— seguía funcionando. Solo quedaba esperar ver si el animal se las arreglaba con un solo pulmón.

—Por la inyección y los cuidados, quince dólares.

Bajé hasta mi casa para conseguir el dinero. Mi madre veía televisión. Le conté lo sucedido y le pedí el dinero. Lo bueno en esta parte es que ya no me acuerdo lo que me dijo. Debió decirme de todo… Mi madre siempre ha sido muy creativa en ese tipo de cosas. Especialmente conmigo.

Al volver, la perrita estaba envuelta en una frazada. El veterinario me recomedó llevarla a casa y asegurarle un sitio caliente. Le pagué pero no le di las gracias. Caminé a casa muy despacio temiendo que la perra despertara, cómo había crecido esa perrita. Cuando la adopté, no pesaba más de dos kilos. Tenía la barriga hinchada por los bichos y la desnutrición.

Caminé con la perra sedada en brazos. No tenía prisa. Estaba cansado y furioso. La imagen del accidente se repetía una y otra vez en mi cabeza.

Al ver a la perra atropellada, mi madre casi se desmaya. Fuimos a su habitación y dejé a la perrita en un sillón bajo junto a la cama. La perra respiraba con dificultad, tenía los ojos cerrados y estaba como dormida. Me excusé con mi madre y salí a hacer unas vueltas, necesitaba distraerme.

No volví a casa hasta la noche. Mi hermana menor me abrió la puerta.

—¿Y la Daria?
—En el patio, mijo.

¿En el patio? ¿Qué hacía la Daria en el patio? Corrí al patio, pasando por sala y luego por la cocina. En el patio vacío, pegada contra la pared, había una bolsa blanca.

—Mamá dice que des tirando en la basura.

En ese perfecto cubo de cemento. En donde no hacían horas, días quizás, pudo haber estado dando vueltas y correteando mi pequeña perra blanca.

Cogí la bolsa-Daria. Caminé por el condominio de siete casas blancas, luego doblé al patio interior del edificio contiguo. Abrí la tapa del basurero. Desde esa posición se podía ver la avenida, el lugar del accidente. Puse la bolsa en el contenedor y me despedí. Antes de dar vuelta, vi que algo brilló en el parterre.