29.1.09

¡Bang, bang!


Nos ponía a leer en voz alta, mientras tanto se ponía a calificar pruebas, exámenes, cuadernos. De vez en cuando levantaba la cabeza y hacía enérgicos llamados de atención. Eran las peores horas de la semana. Para colmo, solía dejar como tarea la lectura de capítulos y capítulos del mismo puto libro. Esa clase era tan insoportable que desde la víspera sufría de terribles dolores de cabeza.

Desperté sudando y me senté en la cama para intentar visualizar el sueño. Leía en voz alta frente a mis compañeros. El aula estaba inundada de luz —parecía una locación recurrente de Linch—. El profesor me observaba con los ojos alarmantemente abiertos. Su boca estaba cosida con hilo y sus manos estaban atadas a la espalda con cinta de embalaje. Paulatinamente, la luz de la estancia ganó intensidad hasta que el blanco del papel deslumbró mis ojos. ¿Luego…?, luego nada. No lograba recordar.

Me retrasé siete minutos. El inspector general me puso a subir y bajar escaleras. Al sonar el timbre de cambio de hora, me dio una patada en el culo y me mandó a clase. El profesor de geografía entró inmediatamente detrás de mí. No había leído ni una sola hoja.

—Sr. Jérvas...
—¡Hervás!..., se dice Hervás.
—Tenga la bondad de pasar.
—No, mejor no.
—¡Vamos!, pase al frente ¡Hábleme del imperio Persa! ¿No querrá otro cero?...
—La verdad no, ya tengo tres.
—...puede empezar.
—Los persas eran muy valientes, destacaban en todo. Alfombras, persianas, gatos. Además eran estupendos cocineros...
—Siéntese, señor Jérvas. ¡Tiene cero!
—¡La madre que lo parió!
—¿Qué es lo que dijo señor?
—¡Hervás!... ¡Mi apellido es Hervás!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Oie Jérvas, me preguntaba si algún día serás profesor???

Beltrán

Martín dijo...

...Si no fuera por el papelito...