29.1.09

Harriet


Teníamos amigos en común así que conocernos fue algo inevitable. Cuando lo vi por primera vez, pensé que se trataba de un gomelito de El Pinar. Saludé y me puse a escucharlo hablar acerca de alguna riña en la que forzosamente se había visto involucrado. Empezamos a charlar y nos hicimos buenos amigos. Al igual que yo, había pasado de todo y probado de casi todo.

Administraba un micromercado. Solía irlo a visitar después de clases. A veces, le ayudaba a atender a los últimos clientes, pero casi siempre lo esperaba tomando cerveza y fumando cigarrillos. A las ocho en punto de la noche, cerrábamos el local y tomábamos un taxi a La Ofelia. Yo esperaba en el automóvil mientras él hacía los negocios.

Alquilaba un departamento pequeño con dos cuartos en una casa mediana. En la habitación del frente vivía un psicólogo argentino de unos cincuenta años de edad y en el piso de abajo, un inglés y su esposa. Cuando nos escuchaban llegar, solían subir a saludar y en muchas ocasiones se quedaban de largo. Todavía recuerdo a Nicky (el inglés) contándonos de un tal Adam Günter y de cómo le había hecho la vida de cuadritos en su adolescencia. El argentino hablaba del Huracán, de Charly García, de Maradona. Cuando nos cansábamos de escucharnos jugábamos ajedrez. Así pasábamos las horas, sin decir una sola palabra. Uno tras otro, los cigarrillos se consumían, las botellas se terminaban.

Y así pasó el tiempo. Un día tuvimos una fuerte discusión que acabó de manera definitiva con nuestra amistad.

Poco tiempo después me enteré de que su familia había decidido vender el negocio y repartirse las partes. Padre e hijo se pusieron de acuerdo para abrir una billa, su madre y hermano, por su parte, prefirieron continuar en el negocio de los micromercados.

Un día como cualquiera, al presidente de la república se le ocurre liberar a los presos sin sentencia –no conozco bien los detalles—. Gracias a este decreto, un trío de antisociales es devuelto a las calles. Roban un taxi y matan al conductor, luego se cargan un par de guardias de seguridad y para terminar con broche de oro, deciden ir a robar el flamante club de billar Los Diamantes.

Un amigo me contó lo sucedido. Tres hombres armados habían entrado al local mientras disparaban al techo para infundir pánico. El robo se complicó cuando el padre empezó a forcejear con uno de los antisociales. Mi amigo quiso ayudarlo y le dispararon por la espalda, a la altura del corazón. Tardó media hora en morir.

No fui al funeral, tampoco al entierro. Cuando me encuentro con su hermano menor, le pregunto por mi tablero de ajedrez, ese cuyas fichas fueron talladas a mano por mi padre, ese que olvidé en la casa de su hermano y que siempre promete devolvérmelo. Luego esquivo sus ojos para evitar una situación incómoda y me despido deseándole suerte.

2 comentarios:

lappel dijo...

Suerte es lo propio de desear.
buen final!

Martín dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.