25.7.11

Cortocircuito


Sintió como su alma era sacada del cuerpo y puesta en el vagón de una montaña rusa. En cuestión de un minuto, todos los presentes observaba con ansiedad y morbo al silente personaje. Uno a uno, buscando el extremo ridículo de las cosas, fueron abriendo sus bocas para lograr el efecto de eco, la risa amplificada de la histeria, la mueca del gusto insano, desmedido, en un evidente y claro acto de abuso; un derroche gratuito de energía colectiva que no tardó en tomar factura. Y el silencio trajo consigo las primeras esporas de remordimiento y como ya se había hecho costumbre, es decir, sin mucho discutir, se decidió sacar al espectro de la vista y recobrar la compostura. Los hubierais visto. Imaginen la sorpresa de todos al cerciorarse que el personaje de la noche no los había estado acompañando; de caminar ni hablar, ajeno al bullicio que se había formado alrededor yacía frío y tieso como una estatua. El doctor Bones, hasta entonces encubierto, se aprontó a chequearlo. La pupila no reaccionó a la luz, pero el cuerpo latía y respiraba débilmente, tal y como lo haría un reptil en estado de hibernación. Don Espalda, devoto del ejercicio, se había reído tanto que se sentía en deuda, pero por más que soltó unos cuantos pedos y resoplidos no pudo moverlo del sitio. Ya no hubo risas, solo preguntas. La señora ardilla, un poco pasada de revoluciones, propuso tapar al fenómeno con un mantel y no entenderse más del asunto; suficientes problemas tenía ya para estar preocupándose por la vida de otro. (...) Un trueno hace temblar la casa fundiendo el sistema eléctrico. El señor y la señora Buck encienden velas con fósforos de madera. El tiempo parece haberse detenido ante la mirada atónita de los invitados. El maestro Migraña informa a la concurrencia sobre la pérdida total de contacto con el exterior. La noticia provoca el desmayo de Penélope, una muchacha que para la alegría de muchos se había dado el tiempo de pasar por el lugar. El viento hace silbar a los árboles y nadie puede entrar o salir. El señor Jones hace un llamado a la calma y desaparece escaleras arriba llevándose una de las velas.

17.7.11

El cerro del Chapulín


Compré unos chicles y crucé la calle para parquear la bici. Miré el reloj, C llevaba cinco reveladores y extraños minutos de retraso. Al rato me encuentro con B y confirma mi teoría: total ausencia de licor en el concierto. El caso es que el destino, de manera anticipada, trajo a mi presencia a la segunda invitada de la noche, alguien perfectamente enterada de mi encuentro con la chica que no terminaba de llegar.
—Oiga, y su amiga?
—Hablé con ella hace quince, dijo que llegaba en diez
—Se va a encontrar con esta chica que vino de Guayaquil cierto? …me lo contó su amigo.
—No, es otra.
—Uy pero usted sí que ha sido terrible marica. Oiga y hasta cuándo va a estar así?
—Así como.
—Así como quien no se decide
—Pues la verdad es que no se si esté listo para otra cosa.
—Vea marica yo de usted me iría a España. Allá se pasa increíble marica. Si va por Ibiza me llama y yo le digo en dónde encuentra de todo. Cambiando de tema le cuento que me estoy devolviendo para Medellín.
—Y cómo así…
—Es necesito estar haciendo plata marica. Tengo una deuda y viniéndome para acá me gasté un huevo marica. Además, estoy pagando la mitad del arriendo de la casa en la que vivo.
—Pero no llegaste recién la semana pasada?
—Es que yo me vine para montar un negocio de caterin marica pero la empresa se disolvió y nos quedamos sin el contacto...
—Chuta, mala onda
—Lo peor es yo aquí no conozco a nadie; para empezar un negocio de estos se necesita invertirle mucha plata. Ahora yo vengo de Bogotá tratando de dejar montando uno pero está difícil marica. En Medellín yo sé dónde hago las vueltas y le consigo todo más barato.
—Qué van a hacer más luego?
—Supongo que a dar una vuelta por la zona y ustedes?
—Vine en la bici, voy para mi casa.
—Qué le pasaría a su amiga marica?
—Ahí la veo llegando...
Se quedó del otro lado de la calle y me acerqué a saludarla. Traía el cabello perfectamente alisado. Le conté que me había encontrado con unas amigas y les hice un gesto para que se nos una. Caminamos hacia la tarima y nos detuvimos donde aún se gozaba de espacio. La música no estaba tan mala pero escucharla así, en seco, no ayudaba. Recordé la vez de un concierto cristiano al que me llevaron sin prevenirme. Algo que no me simpatizó en nada.
—Una chelita ha de ser...
—De ley.
—Dios nos libre de los abstemios.
—Oigan, nos vamos a ver chelas, nos esperan o qué onda?
—Les acompañamos, esto está muerto marica.
Caminamos a ver chelas en la Madrid y al volver seguíamos sin poder enchufarnos. Nunca lograré entender cómo es que en una ciudad tan fría como ésta hayan tantos grupos de reggae y ska, no se hable de ese 'rock latino tipo costa' que me cabrea. A, contó de su entrevista en la radio, J, de su marca de ropa y entre idas y venidas nos encontramos con muchas personas, entre ellas, y llegando hasta compartir un porro con él, un punkero que además de conocer a todas mis acompañantes, resultó ser el hijo de un profe de la U. Ya entonados y con Sal y Mileto en escena asomó otro amigo de C a quien J también conocía.
—Oh, marica, yo usted lo conozco. Usted es el que se vino a dormir a mi casa. Como era que le decíamos… Chapultepec.
—Como me hace la foca esta man.
Luego de muchas risas J me llevó a un lado y me sigió contando:
—Chapultepec! qué cague marica... este man me salvó una vez que yo no tenía como regresarme a la casa. Usted sabe que yo no conozco mucha gente acá y el tipo estaba del otro lado de la calle así que le ofrecí para que duerma en mi casa. Pero no pasó nada. Durmió con la cobija de mi hijo. Al otro día me despierta y le digo: oiga y usted quién es marica! y claro… era Chapultepec.
El plato fuerte recordó viejos éxitos y en la parte más próxima al escenario la multitud giraba como si alguien hubiese tirado la cadena. En el último tema, el vocalista marchó al estilo romano para terminar con la infaltable mandada a la verga a los chapas. Luego, el anuncio de la última banda de la noche y el disgusto general.
—Estos organizadores son una mierda. Vamos a la zona y le seguimos a las chelas.
—Estoy en la bici. Mándame un mensaje cuando sepas en dónde vas a estar.
—Acolítame a la puerta entonces.
Y eso hicimos. Al rato me encontraba camino a casa cortando el viento a ritmo de death metal. Todo estaba muy claro; así debía terminar la noche, sin embargo...

10.7.11

La memoria recobrada


Cuando tenía cinco años de edad levantaba castillos. Mi padre, conocedor del arte de la carpintería y el bricolaje, talló, pintó y lacó un buen surtido de columnas, cubos y prismas de diversos tamaños para que su hijo desarrolle nuevas destrezas, pero sobre todo, para que no note su ausencia; o mejor dicho, para que vaya acostumbrándose a ella por lo que le restara de vida. Cómo es de implacable la vida con los descuidos. En la mitad de un día cualquiera aparecieron dos hombres con la noticia. Mi madre corrió a su habitación y cerró la puerta. Edificaba altos castillos y luego buscaba a mi hermana para que se siente encima con sus enormes pañales. Desde temprana edad entendí que la destrucción era un factor determinante en el desarrollo de cualquier técnica. También recuerdo que por esos tiempos, entre un montón de cursilerías que no vale la pena mencionar, dibujé un dragón rojo de la serie animada Calabozos y Dragones. Hace poco revisé un par de capítulos en internet para probar el estado de mi memoria y me encontré exactamente con lo que había esperado. El arquero era afeminado, el mago muy tonto y el bárbaro demasiado bruto para mi gusto; luego estaba el amo del calabozo; un demonio pálido que acechaba los cielos sobre un imponente corcel negro. Escogí la bestia, sí, las cabezas parlantes con identidad propia, las lenguas viperinas, el aliento de fuego. Mi memoria está repleta de largas caminatas, al principio por la urbanización y luego más allá de sus límites; caminaba con la vista al suelo buscando monedas y rebuscaba los basureros; nunca me sucedió nada malo y ahora que lo pienso me sorprende. Recorría las calles en busca de objetos de valor o de intercambio. La colecta tenía un propósito, un vicio del que hasta hoy no me desprendo. Al gusto por lo oscuro y la comprensión del poder de la destrucción se añadió un ingrediente de carácter lúdico y perfil adictivo. Primero me envicié con los submarinos; poco más tarde encontré un juego de comandos en un bar cerca del parque, hasta que finalmente, del otro lado del puente y en dirección a la estación, abrieron una sala de máquinas que se convertiría en mi segundo hogar. Recuerdo que una de tantas veces, en que luego de haber realizado con éxito alguna productiva fechoría, llegara dispuesto a lograr la acrobática patada aérea en el juego del karateka y fuera recibido por las mágicas notas de la más sugestiva canción de Eurithmics. Habiendo perdido el miedo a los mayores y el respeto a lo privado, empecé a ayudarme de un destornillador que robé en una carpintería, pero como muchas veces en el futuro fui víctima de mi éxito. La frecuencia se volvió una rutina y luego una necesidad. Fue entonces que fui descubierto y de la segunda casi no vivo para contarlo. En un acto de conciencia, cuya madurez nunca terminaré de celebrar, me puse de espaldas al río y no de muy buena gana, pero en gesto firme, me deshice de la herramienta. Apenas escapó de mis manos sentí el deseo de recuperarla pero ya era demasiado tarde, los ojos que observaban atentos el flujo de la corriente tenían un brillo distinto. Un brillo que solo desde la oscuridad se percibe.