8.1.20

Terror bajo el sol


Miraba tres musas proyectadas en un sofá cama, decidiendo cuál estaba más regia. Y como pasa cuando se nos obliga a escoger entre dos cosas igual de buenas, me estresé y pedí en voz alta por la dueña de casa. Al instante estaba, aunque dudo que de vuelta, en la sala, meditando sobre mi lentitud y rumiando las fibras de una tenebrosa sospecha. Entonces apareció ella, fresca y olorosa como acabada de salir del baño. Sus dotes de anfitriona hicieron brillar el momento y me sentí amado y feliz bajo las sábanas que aparecieron, como por arte de magia, para envolvernos, mientras jugueteábamos en los sillones. Como lo bueno dura poco y lo muy bueno dura mucho menos, algo en medio de esa diversión se quebró. Me levanté, y disimulando buscar en donde arreglarme las mechas, caminé hasta el lustroso mueble de roble al que habíamos estado dando las espaldas. Como ya temía, no pude verme en el reflejo de sus cristales. ¿Para qué me habré salido del cuarto en un principio? me pregunté con furia: ¿tan mal acostumbrado estoy a la felicidad? ...Y no, señor, ya habría querido yo que esta fuese una historias de vampiros y contarles que ese mismo rato le había saltado al cuello a la una y que luego había ido al cuarto a hacer lo mismo con las que quedaban, total, con el alboroto, el orden no me habría importado. Pero no, preferí dar unos pasos de costado y verificar que no haya sido un efecto óptico o una falla ocular por la incipiente iluminación. Hecha la comprobación, supe que tenía un veredicto, así que como buen comedido, le dije a mi acompañante que estaba en uno de mis mis sueños y que si quería podía irse. ¿Irse? ¿que no estaba yo en su casa? Así que recuerdo haberle dicho: !Podemos hacer lo que queramos!, pero el efecto era obvio, ¿no habíamos dejado ya de hacer lo que allí se hacía?, sin lugar a dudas aquello no tenía futuro, y yo sabía muy bien por qué.


Reaparecí en una urbanización a la que me gustaba llevar mis pasos, por allá temprano, en la infancia. Dos niños caminaban conmigo. La niña me hablaba de muchas cosas, el niño se mantenía cerca pero no decía nada. No consigo recordar nada de la charla: sé que filosofamos y que reflexionamos hasta llegar a una especie de cuarto de lavandería. En este punto, la conversación fue cambiando de tono y el niño empezó a no quitarme la vista de encima. Mi sexto sentido onírico (que funciona como un reloj atómico) me mandó un aviso: algo va a suceder !prepárate!, y como canchero que soy, y como Juan sin miedo que soy, decidí esperar a ver qué pasaba. La pequeña rubia me hablaba cada vez más cerca ¿Qué me decía? No lo sé y creo que no quiero saberlo. Si hubiese sido una peli de miedo, se habrían escuchado las disonantes notas que anteceden a los momentos más terroríficos, pero no; ese pequeño patio soleado no asustaba a nadie, ...a nadie que no haya flipado con el grotesco-sublime de Linch. La niña se fue acercando hasta quedar muy cerca, y como ya mencioné, no recuerdo lo que decía. Ya me esperaba algo raro, lo admito, mi inconsciente me había venido alertando. Contenía la respiración y me preparaba para lo peor. Entonces, ante mi cuerpo paralizado, la niña estiró su boca y luego todo su rostro para envolverme. La miré como quien no teme la muerte hasta que tapó por completo mis ojos, y cuando todo se hizo negro, le escuché decir: Nosotros no somos los demonios de este universo.

Denegri's dream

Me levanté asustado por el sonido de dos voces. Lo curioso es que estaba soñando: soñando que soñaba y que me despertaba. No pude ver mi cue...