6.7.10

Hay cosas que nunca se cuentan


Desde que empezaron a gustarnos las chicas dedicamos todo nuestro tiempo y atención a su estudio. La suerte no premia a quienes nunca lo intentan. No recuerdo su nombre pero fue uno de los primeros en mi agenda telefónica. Mantuvimos una distanciada relación por el transcurso de un año y apenas nos vimos tres veces. Cuando me llamaba para preguntar si seguíamos le decía que sí. Recuerdo la vez que fui a visitarla en compañía de A; la pasamos de lujo haciendo que ella y su amiga nos pasen de un lado a otro de la mesa, las salsas, el pan y la carne de unas pequeñas hamburguesas. La última vez que la vi organizó una fiesta sorpresa por mi cumpleaños en la que también -sorpresivamente y como sacada de un sueño- vendría a aparecer una compañera del francés de la que había estado perdidamente enamorado desde hacía algunos meses. Hice mi apuesta y perdí el juego. Mis amigos, comedidos como el resto de mis conocidos, me propinaron una simbólica paliza esa misma noche en la puerta de su casa. Es gracioso, de nada sirvió haber soplado la velita.