14.12.13

The call of Cthulhu


Enquistados en pequeños cuartos sin ventanas o escondidos en subsuelos de edificios, los fumadores de basuco comparten con miedo el silencio.

Desde pequeños y marginales locales cuya puerta sólo se abre por fuera hasta los lujosos departamentos con la mejor vista de Guápulo de la gente ‘in’, el olor de la mierda química busca sus rutas de escape tras dejar al soplo las bocas de los volcanes humanos que disfrutan el humo de la mentira.

No creo que exista ciudad sobre el planeta, que no incluya entre sus ofertas, entre sus fragancias nocturnas, el singular olor de la pasta base.

Me cuesta tanto imaginar marihuaneros egoístas como basuqueros generosos. Uno puede dejar de fumar weed por días y ‘fresco’; se puede compartir el último cogollo con un extraño y ‘no hay drama’, porque la weed se va con el humo y vuelve en las mil formas del karma. Pero con el basuco la huevada es muy diferente. Por eso molesta que los que no tengan una idea digan: -Ese tipo anda en drogas-: Como si el marihuanero, el basuquero y el jalón, fueran la misma pendejada.

Los fumadores de basuco no confían en nadie y nadie confía en ellos. En su mundo, nada se regala, ni se comparte, nadie se fía ni se paga por partes.

Le debo al basuco la peor experiencia con el mejor aprendizaje. De no haber experimentado este vicio, no sabría, a ciencia cierta, reconocer cuán cerca ando del suelo. Le debo al basuco una sombra de humo que cuida mis actos. Le debo al basuco, y más específicamente a sus contumaces consumidores: la certeza de la insustancialidad de un vicio y la noción de inconmensurables pérdidas; pero sobre todo; la certeza de que con la droga nada se cura ni nada se arregla; todo se suspende.

El basuco es la mentira, como bien canta Manu Chau, pero algo bueno debe tener…

No recuerdo haberme topado con mucha gente alegre en ninguna ‘fumetiza’. La gente anda tan tiesa y tan atenta a las escurridizas fundas que vienen y van que apenas y pueden pronunciar palabra. Las caras de miedo se evitan por horas, hasta que por esas cosas del vicio, o de la vida, el temor del unito se incrementa por la cara de muerto del otro, y en el momento menos pensado: el pánico.- ¡Pilas, pilas! ¡Los chapas! Mal contenidos en sus propios cuerpos, comiéndose las uñas o espiando por las ventanas, angustiados por un supuesto operativo que nunca llega a suceder.

La familia me animaba a sacar adelante la carrera, me buscaban cursos de inglés, pero yo no estaba para hacer ni lo uno ni lo otro.

El basuco es algo de temer y de no creer; recuerdo haber escuchado a más de uno pedorreándose con la sola idea de ir a ver si se consigue; recuerdo gente aguantando el vómito, o las ganas de cagar, por no dejar de seguir fumando hasta que se termine. El cuerpo enfermo que no sabe engañarse envía señales de auxilio: tembladeras, sudores, calambres; mientras que el pobre cerebro, agotado de lidiar con tanto desencanto, no hace más que dar el visto bueno, y sin pensarlo dos veces, pone en marcha la repetitiva como enfermiza cadena de acciones del Manual del Basuquero.

El egoísmo tiene jurisprudencia en todos los rincones en los que el humo del basuco penetra.  

No importa cuán solo estés, en el mundo del polvo siempre hay alguien tan solo como tú para hacerte compañía. Y cuando el roto y el descosido se juntan, y acuerdan juntar fuerzas, no falta la ocasión para sapear, madrugar o arranchar: los relojes o los celulares, que más temprano que tarde, terminan en manos de un brujo, tan o más ladrón que ellos. Y es que ‘ciertas personas’ en necesidad son capaces de cualquier cosa. Recuerdo a un destruido personaje que habría sido capaz de acompañarme caminando hasta Carcelén con la sola condición de dejarle fumar un par de pipazos de la funda que tan comedidamente se había ofrecido acompañarme a comprar.

Por el consumo del basuco, ves a gente valiente volverse descarada.

Cuando fumas basuco no te importa el pasado ni el futuro; no dudas en lo que haces, no te preocupa lo que dejaste de hacer ni lo que dejaste para mañana. 

Las drogas, aunque parezca lo contrario, no mienten. Uno les entrega por voluntad todo lo que les reclama.

Mientras tanto, en los más insospechados escondites, el olor de la mentira lucha por mantenerse lejos de las narices de los sapos (toallas e inciensos son bienvenidos). Solo así, suspendidos en el vacío de lo inmediato, las almas de los moribundos se codean con los espíritus de los muertos en la sorda dinámica de fuego y humo del polvo base. 

4 comentarios:

LG dijo...

tengo un primo médico basuquero vecino, tengo toallas e inciensos, también a ratos tengo iras, , ,

Martin Hervás dijo...

je, je :)

Ducke Ballmin dijo...

jaja, me gusta mucho la poesía moderna, la poesía whatsappera. La twitera, es una nueva forma de leer poesía, frases cortas que forma contienen. En fin, yo participo en varios de estos grupos, prefiero usar el whatsapp para pc porque de otro modo el teléfono todavía me incomoda para escribir.

Martin Hervás dijo...

y a mí qué me importa?