1.12.08

La primera impresión es la que cuenta


Recogió el equipaje y se dirigió a la salida. Una vez afuera respiró como abrazando una gran pelota. La puerta eléctrica, indecisa, se abría y se cerraba. Un hombre gordo y pequeño pasó golpeándolo con una enorme maleta. Olfateó su ropa, el olor era tenue pero estaba ahí: el algodón del casimir, el desodorante. Definitivamente no había perdido el olfato, o al menos no del todo. Fué entonces que pudo ver justo delante de su nariz el gigantesco volcán en cuyas faldas descansaba el nuevo mundo. Sacó un pañuelo de su bolsillo para deshacerse de cualquier duda. Buscó con la mirada y vió un kiosco a pocos pasos. Compró un cigarrillo y le dio una larga chupada, luego, anonadado, expulsó el humo muy despacio. Repitió la acción con más fuerza pero no logró sentir nada entrando o saliendo de sus pulmones. Algo parecido sucedía con el aire, carecía de substancia. Un sentimiento de angustia invadió su cuerpo. Agachó la cabeza y pensó en regresar por donde había venido. Si tomaba un vuelo de regreso nadie notaría que se había ido y no tendría que dar explicaciones. Tal vez por eso no le contó a nadie a donde iba. La vida en la ciudad lo había vuelto desconfiado.

2 comentarios:

LilianaGutiérrez dijo...

Igual que Magritte tu relato, me seduce en imágenes que huelen, tomo tu honestidad por sentado,consciente de la falsedad: ¿se regresó?

Martín dijo...

Indudablemente.