2.9.20

Last frontier

Tiempo atrás, cuando la hierba aún traía semillas, hice uso del buen sentido en su forma más común, y puse a germinar unas cuantas (las más gorditas y compactas) entre capas de algodón, dentro de una lata de sardinas. Algunas lograron superar la inconstancia con la que humedecí sus camitas y echaron raíces. La mujer de aquel entonces me animó a etiquetarlas. Es una lástima que no recuerde los nombres. ¡Qué alegría da cuando los tallos empiezan a bifurcarse! Y hasta ahí todo iba muy bien, pero fase posterior demandó algo de logística. Conseguí una maceta de buen tamaño  y trasplanté los retoños. Lastimosamente, solo dos se adaptaron. Un amigo que pasó a saludar me dijo que fue por la tierra. Tierra del patio era. Poco tiempo después, cuando apenas empezaban a tomar altura, sorprendí al gato comiéndose una y le metí tal puteada no le quedaron ganas de intentarlo con la otra (por el vuelo en el que andaba se asustó el doble). La ultimita se agarró con la uñas y dientes a la maceta y empezó a desarrollarse. Le puse todas las cáscaras que salieron de la cocina. De vez en cuando le decía: ¡Oye estás flaca!  …a pesar de haber leído en internet que no definen el sexo hasta que no se las deja en completa oscuridad  por ‘x’ horas al día por ‘x’ semanas, llegado el tiempo de germinación, ¿o es de maduración?, ¡Ah!, ¡da igual!, la verdad es que no lo entendí entonces y tampoco lo entiendo ahora. Mi planta no se parecía en nada a los enmoñados ejemplares de las revistas, la pobre no tenía mucha presencia, carecía del abrigo de enmarañados filamentos y no devolvía reflejos de tornasolados cristales. Su paleta de color se reducía a los verdes de un pantalón militar. Pero a pesar de su aspecto corriente, la desecada ramificación plantiforme atesoraba en sus fibras la fórmula de su consagración: Esa química infalible tan ancestral como la risa. Cuando alcanzó buena altura sentí la necesidad de presumir como se presume de un hijo. Pero no eran tiempos de redes sociales. Llegado el momento, despachó unos modestos cogollos y empezó a disipar sus esporas. Cuando el olor empezó a llegar hasta El Cremor Tártaro supe que su tiempo había llegado. Sentí algo en pecho cuando la arranqué de la tierra. La tuve colgada del techo una semana. Y después, ¿cómo explicarlo?: fue maravilloso. De camino a Santiago, llené hasta reventar una pipa grande y dejé el resto con la novia de entonces, en un tarrito navideño con olor a chocolate. A quince minutos de la frontera entre Perú y Chile, me entró el pánico con los pacos de la frontera. Cualquier perro entrenado me habría detectado esa pipa apestosa. Así que aprovechando la parada, me fui detrás de una gasolinera y carburé hasta que solo quedaron cenizas. Escondí la pipa bajo unas piedras y regresé bien tostado al autobus pensando en que la recuperaría en el camino de vuelta. Cuando la policía de migración me preguntó qué llegaba a hacer a Chile no pude contener la risa.



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