
Pedro era un niño frágil y depresivo. Sus maestros vivían angustiados porque nada de este mundo le llamaba la atención y sus padres, —un matrimonio joven con buena posición económica— habían intentado de todo para divertirlo. Pedro era un niño poco expresivo. No sonreía en navidad ni se asustaba en noche de brujas. Cada vez que lo perdían de vista lo encontraban con la mirada perdida, inmerso en un mundo abstracto que solo el comprendía.
Pedro no estaba poseído, tampoco loco. Si se le preguntaba el porqué de sus reflexiones, respondía como lo haría un adulto con mucho trabajo pendiente. Jugaba seriamente y no le gustaba ser interrumpido. Su grado de ensimismamiento era tal, que muchas veces había que sacudirlo o echarle agua fría para traerlo de vuelta al mundo. Tenía gustos e intereses bien definidos, pero nada lograba distraerlo más de media hora. Era como si no quisiese perder tiempo hasta no lograr su desconocido propósito.
En la secundaria cambio su comportamiento. Empezó a socializar con sus maestros y compañeros. Por esos tiempos se dedicaba a leer y a escuchar música. Pedro ya podía concentrarse en una sola cosa. Sus padres se alegraron mucho al ver los progresos de su hijo. Ella dejó de despertarse por las noches y su padre pudo por fin ver un partido fútbol con su único hijo. No era el hijo que se imaginó tener pero lo respetaba mucho. A Pedro nunca terminó de gustarle su padre, peor el fútbol.
Empezó a leer sin parar. Su inclinación literaria tendió rápidamente hacia lo filosófico y en solo dos años se volvió un especialista en filosofía alemana del último siglo. Su personalidad se ensombreció. Su rostro se ensombreció. Su pensamiento se ahogó en la incertidumbre. Los pocos amigos que había hecho se fueron alejando, todos excepto uno, que ensombreció a la par pero de manera distinta.
Se vieron poco pero mantuvieron mucha correspondencia. Muchas de esa cartas fueron respaldadas digitalmente y salieron a la luz —junto con otras proezas literarias—nueve años después de su muerte. Mantuvo muchas enemistades por correspondencia. Participaba de foros y discusiones en línea y disponía de un servidor exclusivo para esta tarea. Visitaba blogs y estuvo registrado en más de seiscientas páginas, la bandeja de entrada de su correo electrónico recibía de manera diaria más de trescientos mensajes.
Si su personalidad apagada y tranquila lo dejó pasar por la vida completamente desapercibido, el contenido de su correspondencia llegó a escandalizar al mundo entero.
El caso se convirtió en tema de dominio público a raíz de la publicación de una de las más polémicas de sus cartas. Era la misma, —que fue utilizada como defensa ante el tribunal— Pedro manifiesta su clara antipatía por la religión y sus ejecutantes y se expresa de ellos sin pelos en la lengua. Las autoridades eclesiásticas pusieron el grito en el cielo para que semejantes barbaridades sean retractadas de inmediato por el acusado o en su defecto, que la carta sea anulada como evidencia en su proceso penal aunque esto conlleve su condena.
Para la comunidad religiosa en general, Pedro era culpable y no merecía otro destino que la carcel. Tuvo que enfrentar más de ciento cincuenta procesos penales además de una excomulgación, y una 'pérdida deshonrosa de la nacionalidad'. El proceso legal se extendió por meses, en este tiempo, fueron publicadas muchas de sus cartas en diarios locales e internacionales. Una editorial compró los derechos de su obra y tres meses después publicó un libro con todas sus cartas y unos cuantos dibujitos. El libro fue un éxito y mostró un lado de Pedro que la gente no conocía. Al poco tiempo surgieron grupos propedristas y la comunidad atea de la ciudad se organizó como nunca antes lo habían hecho. La consigna era clara: Liberen a Pedro.
Los sectores conservadores no oficializados volvieron a inclinar la balanza en contra de Pedro. El día de la sentencia, la corte y sus alrededores estaban repletos gente y medios de comunicación. El país entero seguía el proceso. Pedro, con un discurso que dejó muchas dudas, se declaró culpable de todos los cargos.
Pedro salió de la carcel a la edad de sesenta años, durante el tiempo que duró su condena, escribió cinco libros y diez manifiestos. Intentaron matarlo muchas veces, católicos, musulmanes, cientólogos, todos sin exito. Sobrevivió a balazos y cuchillazos, a bombas y envenenamiento. Para sorpresa de todos, Pedro murió atropellado al frente de su casa mientras paseaba a su perro. El auto que llevó a cabo el siniestro se dió pronto a la fuga. El único testigo ocular, aseguró haber visto pegados en la luna posterior del vehículo, un sticker de la pantera rosa y un escudito de la Academia.