¿Que qué veo a través de la ventana? Pues no la gran
cosa. La culpa es, en parte, de los dos pedazos de tela negra que
uso en reemplazo de cortinas. En parte, porque el paisaje no me deja ver más que una montaña seca de cimas tristes y un
poco de edificios, tampoco muy alegres. En la casa blanca de manchados filos verdes hay un centro
cristiano. Lo patético inscrito en pequeñas células con vida propia. Parásitos
de esta tierra como cualquiera, pero ‘sanos del corazón’ y ‘tranquilos de espíritu’ por eso de la felicidad
prometida. Me dan asco este tipo de
prácticas. No les creo nada. Espero no llegar a tener que extrañar esta vista. Viéndolo bien,
el ventanal es amplio y el ángulo de visión es privilegiado y a pesar estar en
un nivel bajo, nada, excepto las cortinas, impiden su contemplación. Ahora
entiendo por qué no las encontré en ese color. En la noche te libran de curiosos,
pero en el día, no te dejan ver lo que hay detrás. Supongo que si tuviese la
costumbre de abrirlas y cerrarlas no estaría considerando todo esto,
pero nunca lo hago. Puerta abierta y cortinas cerradas, así han sido las cosas desde
que llegué a este lugar. Veo también desde aquí, no sin poner algo de imaginación ya que está detrás de
la susodicha, la casa de una ex novia con la quedamos como suelen quedar las parejas: ella
nunca leerá esto y yo nunca miraré su casa. El edificio alto del fondo y el que queda junto a él
albergan bastantes personas que raramente encuentro, sí, recuerdo la última; habían venido
persiguiendo a un par de ladrones desde su calle y se proponían a
quemarlos en plena República. Por suerte para ellos, para los negros, llegaron
los policías. Hubo muchos palazos y forcejeo hasta que los uniformados lograran
meter a los delincuentes en la camioneta. Nunca imaginé una
reacción tal de los vecinos. Me quedé con una primera sensación de asombró ante
el grado de organización y respuesta del colectivo. Todos armados
con grandes palos que parecían haberse mandado a diseñar para la ocasión. Y
vaya que los utilizaron. Por las mañanas, la montaña se puede ver más verde y el
cielo más nítido y azul, pero generalmente me lo pierdo porque suelo estar dormido a esas horas. Por las noches, las luces de los departamentos se encienden
y la montaña desaparece, dejando como testimonio de su inamovible existencia,
esa tintineante luz de la que huyen los
aviones.
7.9.13
4.9.13
Cristiamh vs. ilyas1234
No te castigues por hacer lo que te gusta.
No importa si
nadie lo valora o si resulta una pérdida de tiempo.
No importa el esfuerza vano si es en consecución
de la satisfacción de hacer lo que a uno le gusta.
El oriundo de Pakistán empezó el ataque con uno de sus caballos. Acepté
el cambio y me comí su equinidad. El pakistaní procedió a comer mi alfil con su peón y dejó amenazando a mi
pobre caballo que no se enteraba qué estaba pasando. Lo retrocedí al cobijo de la dama y del rey pensando que lo dejaría en paz, pero me equivoqué.
Contrario a lo que dicen los libros envió a su alfil contra mi caballo como si se le hubiese metido en la mollera comérselo. No es raro en el ajedrez ver caballos con el rabo entre las piernas y esta no fue la excepción, pero finalmente, logré hacer correr a su puto alfil con mi peón, dejando armada una estructura triangular en el mero centro del tablero, apenas un escaque del lado de la dama.
Contrario a lo que dicen los libros envió a su alfil contra mi caballo como si se le hubiese metido en la mollera comérselo. No es raro en el ajedrez ver caballos con el rabo entre las piernas y esta no fue la excepción, pero finalmente, logré hacer correr a su puto alfil con mi peón, dejando armada una estructura triangular en el mero centro del tablero, apenas un escaque del lado de la dama.
Me enroco like a sir.
Escucho, O pouco que sobrou de Los hermanos.
El pakistaní enroca, luego adelanta su torre a la tercera
fila y se desplaza sobre esta para dejar amenazado al peón del rey. Mientras hace esto, adelanto el rey y el peón y pongo a mi torre detrás.
Saca su caballo y yo acoplo el mío al grupo del rey.
Adelanta a su caballo una vez más y aprovecho para
desarrollar del otro lado del tablero.
Voy al baño, y cuando regreso, veo que su
caballo, el inquieto caballo que venía de dar tres saltitos consecutivos, el
mismo que venía sin desvíos desde su mismísimo punto de origen, estaba, oh a
merced de mi reinita, de mi hambrienta reinita que apenas y había tenido tiempo de calentarse.
El pakistaní mueve un peón central y regreso a mi reina a la
posición inicial.
Saca peones, quiere más intercambio de material, parece avanzar, logra meter la cabeza de su fila de peones hasta
la sexta fila.
Un tanto confiado, adelanto el peón del extremo
del rey. Cambio de música. Pataleando el nuevo ritmo lo veo, o mejor dicho, no lo veo, al peón devorado por su reina, y claro, como tenía a la torre amenazando al rey no
pude responder.
Luego de la pérdida, arreglo la estructura de peones del rey, mientras ilyasfog posiciona su alfil en dirección al supremo líder (por sus mil victorias
por errores forzados).
Me hace una jugarreta en el medio para hacerme mover el peón
que protege a la torre y al rey de su alfil. Lo consigue sacrificando en la
acción un caballo. Mi rey queda expuesto y debo interponer el mío.
Adelanta un peón hasta la séptima, dejando amenazados a la reina
y al caballo del rey.
Un enredo de película con el pinche peón.
Hay un momento temido en lo más profundo del ego de ajedrecista y ese es el momento en el que uno se da cuenta y admite que la partida no tiende a otra cosa que a empeorar.
Una vez que muevo la reina, por ahí mismito no más. Usa finalmente su alfil, sacando de la partida a mi caballo y poniendo
en jaque a mi majestad. Reposicionado el rey hace lo mismo con mi torre
y me voy detrás para vea que no se puede asesinar en las narices del rey, sin que este
salga en defensa de los suyos.
Adelanta su reina a la sexta fila. Jaque. Meto el caballo (tiene
a mi torre pero no se la come), usa el alfil para apoyar el peón de la séptima.
Lo sigo con mi rey, encendido de ira que no olvida por
ese alfil de las tres mil putas.
Pone la torre en la columna del peón más aventajado, amenazando
al mismo tiempo, a mi caballo. Este movimiento fue, desde mi modo de ver, el
principio del fin de mi querido pakistaní.
Amenacé su reina, protegiendo al mismo tiempo mi torre. Y, santo remedio, la reina pone pies en polvorosa. Posteriormente, puse presión
a su peón favorito con mi milagrosamente viva torre.
Se come a mi pobre, pobre caballito, con su torre. Mi rey aplica
vendetta inmediata y se come a la insolente. Como si no fuera bastante, después
de este mortal episodio, usa la torre que le queda contra un peón que había
permanecido fuera de la situación, el rey, aún encendido de cólera, se va en su
contra. La torre se abre un toque y aprovecho para amenazar a su peón de rey, colocando
la torre en esa fila y apuntando a la diagonal del alfil que antes
amenazara a su reina.
Sacó el peón cerrando perfectamente su defensa y tras un
breve lapso de triste impotencia y resignación. ¡Eureka! ¡Reina mía para qué te quiero, trabajo tienes que hacer!
En vista del peligro, el oponente reacciona poniendo en
jaque a mi rey con su torre, pero logro escapar, vuelve a hacerme jaque, con su dama
esta vez, pero escapo otra vez. Escapo y amenazo con mi insaciable rey, a su torre. Está
perdido.
Sube un segundo peón a la séptima fila.
Jaque mate.
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