18.6.09

Serpientes y escaleras


Una niña queda colgada en la mitad de una escalera china. Bond, que por casualidad había seguido el incidente, le da una palmada a Jackie Chang y le señala hacia afuera. —¿Vas tú o voy yo? Como accionado por un mecanismo de resorte, Óscar Wilde se levanta de la mesa y exclama: —¡No se molesten caballeros! para esta misión, mis habilidades son más que suficientes. Federico toma un sorbo de su café y se moja el bigote. La luz juega a iluminar todo a su paso, a través de los cristales de la cafetería. Wilde abandona a sus compañeros y llega a buen paso hasta donde se encuentra la niña: —¿Qué pasó pequeña? ¿Te quedó larga la escalera? La niña no contesta. Wilde la abraza y la deja delicadamente en el suelo, luego, poniéndole una mano en el hombro le dice: —Eres una chica muy valiente, ahora ve con tu madre. —Gracias señor. —Responde la niña. Sintiéndose como un héroe, o por lo menos, con la satisfacción de haber realizado la buena acción del día, Óscar regresa a la mesa y mientras tomaba asiento, escucha decir al bigote con filósofo: —La gentileza puede ser la máscara de los peores espíritus. Jackie fue el siguiente en intervenir: —Los pelsonajes de mis películas son hombres gentiles. Eso gusta a las mujeles. —A las mujeres de verdad no les gustan esas tonterías de las que hablas, —replica Bond— tu público está conformado de amas de casa y no cuentan. Si a las mujeres les bastase la gentileza no habría tantos libros en las bibliotecas. —Apuesto que en menos de dos minutos van a estar hablando de sexo —Masculle Wilde, entre dientes. Jackie rasca su nariz asiática y cierra aún más los ojos para darse aire de perspicacia. —Fedelico calificó de indecolosa la folma en que bajaste a la niña de la escalela. —Un momento caballeros —se apura a decir el perjudicado. ¿En qué mente oscura puede reprobarse tan inocente muestra de amabilidad. No los entiendo. Las niñas son las más delicadas criaturas de la creación y nunca sería capaz de... Federico, creo que usted tiene la lengua muy afilada y pienso que debe ofrecerme de inmediato una disculpa. Federico mira fijamente a su interlocutor y hace escuchar su voz sin mover aparentemente la boca. —¿Cuando, señor Wilde, ha visto usted que yo me disculpe?. El dandy de los dandys, tan enfadado como consciente de la altura de su oponente decide buscar opinión en quien de algún modo, aún no lo había atacado. —¿Tú qué piensas James, te pareció inapropiado? —Todo hombre carga con una brújula cuyo norte es el instinto. La educación deforma la naturaleza y educación es lo que menos le falta señor Wilde. —¿Qué piensas tú? —pregunta finalmente a Jackie. —Cleo que estuvo un poco folzado. De habel estado en una filmación, el dilectol hablía dicho: ¡Colten! Federico vuelve a mojar su bigote y enuncia: —La mente humana es perversa, y créame Sr. Wilde que en un espíritu libre lo es más. Antes de que pierda la compostura innecesariamente, déjeme decirle que en ningún momento he pronunciado contra usted criterio alguno de valor, por el contrario a lo que usted piensa, mi intención nunca fue deshonrar su imagen, mi objetivo, como siempre, es el de analizar el comportamiento humano a partir de los signos que los entes significantes me proporcionan. He de confesarle además que su indignación me ha dejado ver una faceta de usted que no había detectado antes: su inseguridad. Por otro lado, creo que debería sentirse orgulloso. Por si no se ha dado cuenta, acabo de reconocerlo como un espíritu libre y eso parece haberle pasado rozando como si nada. Wilde, rojo de la ira con la mirada fija en quien alguna vez respetó, inquiere en alta voz: —Me gustan los niños, lo admito, y está claro que a usted no tanto, pero déjeme advertirle que no hable de mí como si me conociese. Usted no tiene la menor idea de lo que soy capaz así que por favor, nunca más vuelva a compararse conmigo poniéndome en una de sus estúpidas clasificaciones. Nietzsche parece ajeno a la discusión y espía con aire melancólico a través de la ventana. El patio de juegos descansa y el smog de la ciudad opaca la mañana. La taza se inclina por última vez, y al secar su bigote, toma conciencia de que su dolor de cabeza lo está esperando a la vuelta de la esquina. —Caballeros, —dice— lamento no poder continuar con tan agradable conversación pero temo que me están esperando. Un instante después toma su abrigo, hace una pequeña reverencia a modo de despedida, y ante la mirada absorta de los presentes, desaparece.

7 comentarios:

liliana dijo...

dignos compañeros diga?, ahí cabe regresar.
Saboreo contigo Federico —La gentileza puede ser la máscara de los peores espíritus.—

Martín dijo...

y sirve para Ladies and Gentlemen.

ffandra dijo...

jajaja como me diveltí leyendo...

Martín dijo...

bueníssima onda!!!!!!

JOHN dijo...

"-Algy, eres un canalla. Debes irte de aquí lo más pronto posible. No te permito bumburyzar en este lugar.-"

The Importance of Being Earnest,
caballero

Martín dijo...

¡Pero si acabo de llegar!

lappel dijo...

ja ja ja, re-leo me re-divierto