13.1.10

El efecto bolsillo


Estaba decidido. Empezaría por la sala, luego el dormitorio, el baño y para terminar, los platos mohosos de la pila. El bus no avanzaba así que me bajé para hacer el último tramo a pie. Entré al supermercado del centro comercial, estaba —como siempre— repleto de personas, que como a mí, les encanta hacer fila. Ese tipo de personas que guardan sus ahorros en el Pichincha; pobres y obedientes como yo. Pagué alrededor de cuarenta dólares por tres cartones de vino chileno, un par de bolsas gigantes de papas, queso maduro troceado, aceitunas verdes y chupetes de caramelo. Tal vez haya comprado algo más, seguramente algún artículo de limpieza; y es que la casa no había sido barrida en un par de semanas; hablo del tipo de suciedad que desaparece con la ayuda de bolsas plasticas; esas que te dejan asombrado por su peso y delicadeza; el efecto bolsillo te obliga a meter la mano para transformar algo inerte en un guante o una marioneta. Empiezo moviendo cosas de aquí para allá, llevo las sillas y las cajas al cuarto, barro la sala y luego hago todo en el sentido contrario para barrer el estudio. Puse todos los platos en un solo lavadero y enjuagué el trapeador. Lavé los platos y para terminar, limpié el baño y me puse en remojo por media hora en agua caliente. Salí del baño golpe ocho, revisé el celular pero nadie había llamado. Limpié el polvo, sacudí el rodapié; busqué un video musical, bajé las luces y me serví una copa de vino. Una hora después seguía sin tener noticia de mis invitados. El vino y las aceitunas eran cortesía de la asociación de empleados de la noble institución para la cual presto mis humildes servicios, pero de ahí no tenía ni un peso; no tenía saldo ni mensajes para preguntar que pasaría con el unito o por qué no llegaba el otrito. Me perdí en sueños y divagaciones, el tiempo pasó y para cuando retomé conciencia, me encontraba mirando las marcas de la pared en medio de un completo silencio. Escogí algo más fuerte para escuchar a continuación: la banda del finadito, la de los buenos coros. Angry chair desovilló sus primeras notas y por un momento me sentí solo en el mundo; acto seguido abrí la puerta y dejé entrar al perro.

7 comentarios:

lappel dijo...

"Vivir orientado al campo, acaso no es un problema de sensibilidad. Se escucha mejor desde el profundo silencio."
Tú, lo dijiste
me gusta!

lolita dijo...

JA! Encontré una pequeña frase de Loriga y me ha impactado que él, sin que yo haya leído algo de esto, haya utilizado a un loro y un perro... Ahí va

"Como no pensaba querer mucho más a mi loro, se me ocurrió soltarlo para que fuese en busca de algo mejor, pero lo único que encontró fue el perro del vecino. Uno puede querer mucho a su loro pero luego va un perro y se lo come. Por otro lado, uno puede no querer nada a su loro, pero luego va un perro y se lo come. Así que da igual cuánto quiera uno a su loro, porque eso no va a servirle de gran ayuda si anda un perro cerca."

Shakespeare siempre estará cerca...

Arbusto dijo...

IIIplesentido:

Por un momento, fuiste Lord Byron junto a su famoso perro Boatswain!

Eso lo dice todo.

lappel dijo...

y dibujaste, tú?
ahí?
o luego

Martín dijo...

lo dibujé más bien antes

liliana dijo...

AHORA ES MÍO.

I LOVE YOU dijo...

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