
Era, sin duda, el chico más delgado del barrio. Mi participación hasta esa instancia del campeonato había consistido en sentarme a observar cómo mi equipo ganaba partido tras partido. El día de la final mis compañeros de banca brillaron por su ausencia; y entonces sucedió. Uno de los nuestros se lesionó y me cedió su chaleco para saltar a la cancha. Debí haberme visto muy gracioso ya que no faltaron las risas, no los culpo, la risa espanta la fatalidad. Y el árbitro pitó y el balón llegó a mis pies y el lugar se silenció para ver mis huesos en movimiento; entonces, alguien gritó /dále flaco/ y yo, sin pensarlo dos veces, tomé aire y le pegué con todo lo que tenía -que no era mucho-; el balón, como una mariposa, se paseó por los pies de propios y extraños y buscó la red como si buscara a la araña.