1.5.12

Ray-BanUSA


Un ciclista se frenó para ver el interior de la caja: sorpresa la suya al contemplar, nada más y nada menos, que a la segunda generación de las entrañas de mi adorada gata egipcia. Un regalo de los dioses, un cuarteto de peludos y amorosos gatitos. Me quedé dándole la espalda, sosteniendo el medio pliego de papel periódico con la leyenda: Se regalan gatos caseros. Nos ubicamos junto a la pista atlética, en donde numerables familias, mascotas, y vendedores hacían sus respectivas dinámicas. Vi pasar muchas chicas pero pocas con cuerpos bonitos. Más que deportistas, había gente normal tratando de bajar de talla, gente que a pesar de no mantener una rutina, se suministra una buena dosis de ejercicio para no mortificarse. Algunos desconfiados me apartaban la vista cuando los descubría leyendo el cartel. Punto menos para mis ojeras. Un par de niñas se acercaron a ver y se encantaron tanto con los animalitos que se quedaron con nosotros. El primer gato se lo llevó una colombiana, su hija mayor se encariñó con el ojiazul de aspecto siamés y no quiso cambiarlo aún cuando vimos que había una buena posibilidad de que fuese hembra. Hasta hace un par de horas pensaba que reconocer el sexo de un felino no sería un problema, ahora creo que es para entendidos. El parque era el de siempre, con la novedad de que había mucho cubano, una en especial, pasó tres veces por donde estábamos, traía una licra ajustada, una visera cuasi fosforescente y gafas oscuras de sol; un personaje llamativo, de esos que no se pueden pasar por alto. Esta mujer, morena, o mulata, no se llevó un gato, ni siquiera los vio, pero me dejó pensando en que los cubanos se parecen mucho a los negros. Algunos efectivamente lo son desde que nacen, pero claro, pareciese que los que no tienen esa suerte, de algún modo u otro, se la buscan. Su forma de adornarse los delata. A los negros, como a los cubanos, no se diga un negro cubano, les gustan las joyas, los aretes, los adornos, las cadenas, todo lo que reluce o cuelga, ni hablar de lo que reluce y cuelga a la vez. Entiendo que en el caso de los negros, este comportamiento se debe, por supuesto, a su pasado tribal, pero por qué no decirlo, a la necesidad de distinguirse, digamos, en el caso de una guerra. En cuba, en cambio, la necesidad de diferenciarse nace de la imposición, todos tienen el mismo pantaloncito, el mismo vestidito, y mueren de envidia con las fotos de los primos en Miami. Cómo la pasarán de mal que últimamente llegan por cientos. Ojo que no quiero despertar xenofobia, solo estoy criticando. La primera libertad que se dan, pisada esta tierra, es la de vestir uno de esos jeans americanos llenos de costuras con letras estampadas en el trasero. Este gusto obsesivo y miope por lo americano, es en realidad un grito a la libertad y al consumismo capitalista y se entiende: la culpa no es de ellos, la culpa es del sistema. Si uno no supiera que en el Ipiales abunda este tipo de ropa, y que media ciudad la viste, el lado sur especialmente, uno pensaría que los cubanos están llegando de Miami, de Phoenix, o de la Big Apple. Parches de I love esto, I love aquello. Gorras y camisetas de clubes de béisbol, natación, básquet, boxeo, remo. Sacos del tal Institute, de la tal o cual City, College, University. Motos con águilas, barras y estrellas conducidas por gordos aún-rebeldes americanos, marcas de computadores, vaqueros viciosos, personal de disney. Es extraño, cuando el mismo negro te asalta dos veces cambias tu modo de pensar, la paranoia puede hacerte ver su cara en la cara de otro, de otro negro por supuesto, y claro, ahora lo entiendo, no es que haya estado bizco de prejuicio, lo que sucedió es que en realidad sí se parecían. No sé si esto sea bueno o malo, camaradas, pero me dice mucho y me tranquiliza otro tanto. El segundo animal se lo regalamos a una señora y a su pequeña, la niña convencida, la madre no tanto, y el tercero, a otra y muy amable señora que hasta se ofreció pagar por la comida que L trajo en pequeñas bolsitas, una por cachorro. Cerca del Vivarium pasó esta mujer, francesa, belga, o algo por el estilo. Mis brazos, actuando por sí mismos, o actuando por todo el cuerpo, levantaron el cartel para llamar su atención. Ella lo miró displicente, asomó la cabeza para ver al animal, dijo algo en francés y siguió su camino sin regresar a ver ni por un segundo la cara de tonto que había puesto al presenciar tan vivamente, su belleza y juventud. Hay algo que es claro, y es que cuando de mujeres guapas se trata, el parecido carece de importancia. Una chica de su contextura, pero no tan regia, la acompañaba. Sentí algo extraño cuando les vi tomarse de la mano, mínimo eran novias y llevaban años. En Europa es de lo más normal, es cuestión de acostumbrarse.

5 comentarios:

anonimisima dijo...

esperaba una historia de amor detras de alguno de los gatitos.
sin embargo, me gusta!

So dijo...

Me encanta como desvarías.
El "camaradas" como preposición, y las críticas no xenófobas.

Martin Hervás dijo...

Me alegra que les guste, estaba temiendo que se me haya ido la mano.

L dijo...

te falto, el encuentro con el hombe guapo de la bicicleta, ja ja ja.

Martin Hervás dijo...

jajaja, empecé por el chico de la bici, pero sí, omití el detalle que señalas ;)