1.2.13

Lakes


El sueño empezó en un restaurante tradicional, cerca de una rústica iglesia, en un pueblo serrano que pudo haber sido cualquiera. Pedimos algo de comer y cuando quisimos ordenar bebidas resultó que no tenían. Me ofrecí de voluntario y encaminé mis pasos en busca de una tienda. Bajé por los escalones de piedra de un estrecho callejón, y luego de una corta pero entretenida caminata, encontré el ingreso a un pequeño establecimiento (en vez de rodapié había especie de palé y casi me voy de bruces). Atravesé el abarrotado lugar tratando de no llamar la atención. En el fondo, junto a una puerta por la cual se podía apreciar una soleada placita, encontré la refri, y junto a ella, a una extraña dependienta que me preguntó qué quería. Los colores y las marcas de las gaseosas eran extrañamente desconocidos pero en ningún momento se me pasó por la cabeza que se podría haber tratado de un sueño. Ante la insistencia de la jóven, me decidí por una de color rojo y logo misterioso. Y aquí empieza lo weirdo. Todo se funde a negro, y luego de una extraña elipsis, o laguna mental, aparezco en una calle de tercer orden, siendo reclamado a voces por la chica de las gaseosas. Nada del otro mundo, mis estimados, de no haber sido por que la chica sufría de un severo retraso mental; tanto que no le entendía lo que decía, tanto que no sabía lo que quería. Y se hizo de noche, y tuve que volver a pagarle con el último billete que me quedaba y cuando le reclamé por el vuelto, se tiró en la calle, boca arriba, y antes de poder hacer algo, le pasó por encima un camión. Observé impotente como su cuerpo era deformado por el peso de las ruedas. Me asusté mal: primero un eje y luego otro y otro; pero lo que más me impresionó fue que no le pasó absolutamente nada, tanto así que se quedó ahí tirada, tan campante, lista para recibir el castigo de los que venían detrás. Sin saber qué hacer me senté en la acera y encontré un pedazo de madera con un dispositivo conectado a un cable que parecía dirigirse a una casa de dos plantas. Accioné el dispositivo y como tontamente no pude prever, sonó el timbre. En estas instancias, vuelven a faltar onirogramas y lo siguiente que recuerdo es que me encontraba subiendo a grandes trancos por la escalinata que llevaba al restaurante. Crucé el umbral sin la menor esperanza de encontrar a mis amigos. No sabía cómo, pero sabía que me había tardado horas. La ex y el exvecino disfrutaban parsimoniosamente de la sobremesa y no se extrañaron de verme. No me preguntaron por la demora, ni siquiera por la gaseosa. Nada.

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