
Tiré la cámara sobre la cama, cogí las llaves y la chaqueta; al atravesar el marco de la puerta, me dio un mal presentimiento. Regresé a buscar mi linterna y salí rápidamente. Al abrirse la puerta del ascensor, apareció la señora del quinto piso con su perro Wisky. Notó mi nerviosismo y me preguntó si me pasaba algo. Le conté del horrible accidente que había presenciado desde mi ventana y le confesé que bajaba a ver en qué podía ayudar. Con un alto grado de practicidad y liderazgo, y en el tiempo en que un ascensor desciende ocho pisos, me capacitó sobre todo lo que tenía que hacer al momento de llegar al accidente. En primer lugar, debía sacar a la víctima del auto, luego debía acostarla boca arriba y tomar su pulso, debía asegurarme que respirara, y en el caso de que no lo estuviera haciendo, hasta me dio
tips de resucitación -al menos de lo que me acuerdo-. Luego me dio una botella grande de agua que sacó de su gran bolso y me dijo que ella se encargaría de llamar a una ambulancia y a los bomberos. ¡Qué bien! —pensé— ¡A los bomberos!